sábado, 17 de octubre de 2020

Élites criollas: la diferencia española

 




El término “criollo” refiere en el uso normal a las personas nacidas en Latinoamérica cuyo origen familiar era el de la metrópolis de los imperios hispano o portugués. En las luchas por la independencia denotaba también una voluntad de identidad propia que originó las sublevaciones y dio nacimiento a los actuales estados, que poco se corresponden con las sociedades nativas. Cabe un punto de vista decolonial donde el término se transforma en figura de una cierta subjetividad desgraciada, doble, en la que se entrecruza una suerte de imaginario nacionalista independiente con otro poderoso imaginario de pertenencia a la cultura de la metrópoli, del imperio. En este trabajo lo usaré con una intención figurativa para describir la conciencia desgarrada de las élites del Estado español que explica ciertos rasgos persistentes de la economía, la cultura y, sobre todo, de la articulación política del estado que se caracterizarían por la incapacidad para desarrollar políticas de soberanía, entendidas como proyectos autónomos, incluso bajo la condición de hegemonía y dominio de clase de estas élites.

La literatura sobre las élites es inacabable desde los inicios de la sociología. Todas las acepciones que la historia del concepto ha depositado en los usos cotidianos tienen sus justificaciones y puesto que no pretendo convencer a nadie de la superioridad de uno de estos usos sobre los demás me limitaré a aclarar cuál es la referencia y el alcance que pretendo dar tanto al sustantivo (élites) como al adjetivo (criollas). Estos usos pueden resumirse en tres categorías que agrupan las diversas connotaciones y características con las que clasificamos a una parte de la sociedad en este apartado.

La primera es la concepción elitista que está en el origen del nombre y que predomina en la literatura y filosofía política de comienzos del siglo pasado. Refiere a una minoría con capacidad movilizadora sobre las masas de un país. Élites y masas son dos maneras complementarias de mirar a una sociedad que generan una misma concepción de la dinámica de la historia de orígenes románticos y naturaleza autoritaria. No es ya una concepción tan de moda como en otros tiempos, pero reaparece ocasionalmente en las quejas superficiales sobre la decadencia de una sociedad, o más habitualmente en las legitimaciones ideológicas del poder de las élites reales mucho menos movilizadoras que lo que representa el modelo y mucho más ordenadoras de la sociedad. La llamada a las “élites” para transformar la sociedad que se escucha de vez en cuando o se lee en la prensa, sin cualificar la naturaleza del poder de estas supuestas fuerzas, es o una llamada vacía o simplemente ideológica.

La concepción más habitual de las élites es la concepción funcional, que refiere al conjunto de cargos intermedios que modelan el funcionamiento de la cultura, la economía, la política y en general las instituciones sociales. “Élite” connota aquí sin más el ejercicio de un cierto grado de influencia e incluso de poder. El problema de esta noción, como todo el funcionalismo, es que supone tanto un orden armónico de la sociedad como una gradación continua del ejercicio del poder que termina diluyendo todas las responsabilidades en las crisis cíclicas y en los daños y agravios que organizan estructuralmente la sociedad.

La tercera y mi opción preferida es la concepción que sostiene que “élite” es un nombre para el poder que garantiza el dominio de clase a través de instrumentos políticos, económicos y culturales. En lo que se refiere a los depositarios, las élites son los grupos que ejercen directamente el poder o que pueden ejercerlo indirectamente a través de mecanismos de control político e ideológico. Corresponde a una noción gramsciana del poder en la que el dominio no se ejerce necesariamente por medios violentos sino por la mediación de un sentido común que considera natural el poder del grupo dominante, o que considera que no hay alternativa o que cualquier alternativa es peor. En la creación de este sentido común cooperan múltiples operarios ideológicos, pero no por ello son necesariamente élites. La élite es la depositaria del poder real de clase, la que en última instancia es responsable de las formas estructurales que adopta la sociedad a lo largo de su historia en tanto que tiene la capacidad de orientar, manipular o detener los cambios que puedan amenazar a sus estatus.

En lo que se refiere a España, no puede tratarse la cuestión de las élites desde una perspectiva puramente sociológica y descriptiva sin tener en cuenta lo que tradicionalmente se considera la diferencia española, es decir, las características singulares de los procesos de modernización que conducen desde un estado imperial a un estado con problemas de articulación en la compleja división internacional del trabajo. La historia de España contemporánea, reconoce Paul Preston (Un pueblo traicionado), está organizada en ciclos largos de dominio conservador que mezcla el despotismo con la corrupción, intentando detener el cambio social y periodos cortos de fervor revolucionario que terminan siempre mal. Entre las notas más claras de la diferencia española ha sido la entrada del país en el capitalismo sin que mediase una revolución burguesa que instaurase regímenes políticos capaces de asimilar el cambio social por medios pacíficos. Como explica Tuñón de Lara en su historia de las élites españolas en el primer tercio del siglo XX (Tuñón de Lara, 1967), tales élites se forman por una fusión entre la gran burguesía y la aristocracia a través de sendas como la concesión de nobleza a los grandes capitales o la más directa de lazos matrimoniales: no era inhabitual que el financiero o industrial tomase por esposa a la hija de un terrateniente aristócrata. El ejercicio del poder se realizó a través de un efectivo sistema oligárquico asentado sobre el poder directo caciquil sobre el territorio. Los partidos liberal y conservador en el largo periodo de instauración del capitalismo fueron nada más que clubes de caciques provinciales con poder en Madrid. Fuera del sistema, republicanos y el movimiento obrero raramente lograron parcelas de presión suficientes como para amenazar el bien armado edificio del poder, salvo en el corto y trágico periodo republicano. En algunos breves momentos de crisis como la huelga general de 1917, cuando parecía que el poder militar entraba en crisis por las Juntas de Defensa, se producía un rápido reagrupamiento de las élites, como volvió a ocurrir poco después de la proclamación de la República.

La formación del estado moderno español, en las postrimerías y secuelas de la pérdida de un imperio colonial y de la intervención continua de las potencias europeas, se ha explicado desde muchas perspectivas, pero desde el siglo XIX arrastra dos hilos de discusión persistentes que están presentes en los imaginarios de las distintas generaciones que han sucedido en la historia contemporánea. El primero es acerca de la diferencia de España en lo que refiere a sus extrañas sendas en la modernidad.

Desde los siglos XVII y XVIII se desarrolla en España una larga controversia sobre el atraso español en todos los aspectos de la modernización, desde el económico hasta el cultural y científico como ejemplifica la polémica sobre la ciencia española, que debatía si acaso la cultura no había podido aportar al mundo otra cosa que literatura y arte. Intentos modernizadores como los varios procesos de desamortización, cuya intención primaria era generar una clase media campesina innovadora y productiva, condujeron a todo lo contrario, a reforzar las élites latifundistas y el caciquismo. La mezcla de la hegemonía integrista de la Iglesia Católica con la fusión de la burguesía y el latifundismo, más proclive a la especulación y al rentismo que a la inversión, junto al miedo a la revolución de los todavía débiles, pero ya nacientes movimientos revolucionarios en el campo y en la industria, produjeron unas élites que contradecían el papel transformador que Marx y Engels le concedían en el Manifiesto comunista. El segundo hilo de debate se entrelaza con el del fracaso socioeconómico y cultural. Se trata de la controversia paralela sobre la incapacidad para gestar un estado integrador y liberal. La II República no logro resolver ni la persistente guerra carlista (en parte una reacción antiliberal integrista y religiosa al estado liberal y en parte reflejo de los deseos de autonomía del País Vasco y Cataluña) ni la organización del estado basada en una descentralización administrativa, política y cultural. El federalismo y cantonalismo fracasaron como proyecto sin que eso implicase, por el contrario que se producía una homogeneización política centralizada. Todo lo contrario, el largo periodo de la Restauración fue básicamente una alianza oligárquica de caciques provinciales y regionales que instauraron una suerte de división del trabajo del poder entre lo estatal y lo local dejando sin resolver el fondo

Hasta que, a principios del siglo XX, comenzaron a organizar sus propios partidos, los fabricantes textiles catalanes tendían a apoyar a los liberales debido a su interés común por los aranceles, en su caso, para proteger el mercado español de la competencia de los productos británicos e indios, más baratos. En cambio, los vascos, que exportaban mineral de hierro, solían apoyar a los conservadores librecambistas. Sin embargo, debido a su falta de representación, la burguesía industrial catalana se veía obligada a actuar como poco más que un grupo de presión. Así, a pesar de sus intereses comunes con los proteccionistas agrarios, tanto liberales como conservadores podían atacarlos como portavoces del nacionalismo catalán. Preston, Paul. Un pueblo traicionado (Spanish Edition) Madrid: Random House Grupo. Edición de Kindle, pos. 561

Como es sabido, la cuestión de la desestructuración del estado se aceleró a medida que en Cataluña la Lliga logró sustituir el sistema turnista y el centralismo del sistema dejó de controlar también el País Vasco.

La incapacidad de modernizar la cultura y el sistema político, el miedo al pueblo, que estaba excluido del acceso a la representación política en parte por voluntad del movimiento anarquista o la manipulación de las elecciones y la creciente conciencia de diferencia de las regiones industrializadas de la periferia peninsular, fueron el producto de unas élites cuya visión apenas alcanzaba más allá de su deseo de mantener o incrementar los beneficios.

 Como fantasmas del desván, las dos largas controversias que recorren la historia de España nunca desaparecieron sino que se revuelven en las conciencias y en las páginas y pantallas de los medios de comunicación: ¿acaso acabó la transición con la diferencia española?, ¿acaso la definitiva incorporación de España a la división internacional del trabajo y la implantación de una economía basada en el turismo, la construcción y el montaje no habría cambiado la naturaleza de las élites, homogeneizándolas, aireándolas, llevando a sus hijos a los prestigiosos títulos de negocios de las grandes escuelas?, ¿acaso el relativamente largo poder socialista y de los nacionalismos vascos y catalanes no habría significado una definitiva pérdida de la insoportable mochila de un destino de estado fracasado?, ¿acaso no había manifestado la cultura popular una creatividad inusitada, admirada por todo el mundo, abierta a un posmodernismo que ni incluso los países del centro lograban imponer?, ¿acaso el 15M, más que la primavera árabe, más que Occupy Manhattan, no había sido el fermento de una nueva resistencia a la élite tradicional, la aparición de sino una nueva élite al menos de nuevos movimientos y grupos de presión absolutamente contemporáneos?

Las redes de poder en España se han ido renovando al compás de las transformaciones históricas, cambian los nombres, algunos permanecen como los March, otros siguen los vaivenes de la política: las élites que crea el franquismo a través de las concesiones del gobierno, las élites que crea la entrada en la Unión Europea y la era de boom inmobiliario, las que crean las privatizaciones de industrias y bancas públicas, las que crean la nueva economía global en el sector de la moda, el turismo, los viajes. Es curioso, en este sentido, leer las listas de nombres asociados al poder en cada década reciente. Algunos de la primera década de este siglo han caído y sufrido la presión mediática y jurídica, otros se han salvado y otros, como los March de nuevo, Sol Daurella o los Ortega, vuelan por debajo de los radares.  Los datos, por otra parte, no permiten concluir que el poder se haya desvanecido por el hecho de que las formas democráticas no sean comparables a épocas anteriores y el estado de derecho tenga algunas bases más sólidas. Pese a ello, la acumulación de riqueza e influencia ha crecido en el siglo XXI, y con ella las posibilidades de influencia y ejercicio del poder bien directamente a través de las decisiones que orientan las trayectorias económicas, bien indirectamente a través de las capacidades de realizar presiones sobre el estado.

La doble cara del recambio/continuidad de las élites suscita varias cuestiones en relación con los ejes que proponía como descripción de la condición histórica del estado español y/o de la nacionalidad española: la diferencia respecto a los procesos de modernización y la invertebración del estado.

La primera es cuál es el grado de responsabilidad de las élites en estos dos rasgos de la singularidad del estado español en una marco tan amplio como la historia mundial. La segunda es cuán grande ha sido la transformación que han experimentado las élites españolas a lo largo de la historia y si persiste su posible responsabilidad en ellos en el momento contemporáneo, a saber, desde la integración en la Unión Europea hasta la secuencia de crisis económicas que hemos sufrido en el siglo XXI, y, como resultado de estas dos preguntas, cuál sean los prospectos para el futuro.

La debilidad industrial de España está fuera de discusión. Dos historiadores de la economía contemporánea de tendencias neoliberales como Gabriel Tortellá y Clara Eugenia Núñez señalan esta debilidad citando una entrevista al economista Lester Thurow:

¿Cuál va a ser la ventaja competitiva española? En el mundo del futuro, la principal fuente de ventaja será el poder  del cerebro. Necesitan ustedes una estrategia competitiva  para jugar este juego. Corea, con una población similar a  la de ustedes, es un buen ejemplo. Su estrategia consiste  en desarrollar tres o cuatro empresas mundialmente competitivas por medio de la investigación y el desarrollo.  ¿Cuáles son esas empresas en España? No las tienen ustedes. No veo su estrategia de competencia industrial de cara  al siglo XXI  (Entrevista en El País,  20 enero 1993

Esta imaginaria ventaja de un país sin recursos naturales notorios nunca se ha hecho realidad. La poca competitividad de la industria española, diagnostican los autores, ha dependido siempre de la influencia de empresarios extranjeros o de la dependencia del Estado: “El hecho es que los españoles que se han decidido a asumir el papel de empresarios han tendido con gran frecuencia a apoyarse en estructuras no competitivas: cárteles, aranceles, monopolios legales o de hecho, protección estatal de todo tipo y modalidad.” (o.c. 271)

Es razonable pensar que esta debilidad tiene las raíces muy profundas en la estructura social, política, cultural de España, pero ello no disculpa la responsabilidad de las élites. Una economía basada en las ventajas competitivas de la innovación exige inversiones estratégicas en investigación y miradas empresariales a largo plazo, que implican independencia real de los avatares políticos y, sobre todo, trayectorias vitales como familias empresariales de largo alcance. Lo que sucede, por el contrario, es más bien la caída en la tentación de una vida de rentistas basada en la especulación de los capitales logrados a costa de las dependencias estatales. Una y otra vez, las familias que han conseguido amasar fortunas con negocios más o menos dependientes de las ventajas que les da su control de las redes de poder y de los contratos amparados por el Estado, una vez que alcanzan una masa crítica de volumen de capital, venden el aparato empresarial, generalmente a empresas internacionales para gozar de las rentas del capital acumulado. Esta historia de corruptelas, negocios rápidos, caída de rentabilidad por falta de innovación y emigración a la zona segura del rentismo previa adquisición de algún título nobiliario se repite con una constancia tediosa en la historia de la economía española.

Los historiadores y economistas ortodoxamente neoliberales, como es el caso de los dos autores que cito, como es el caso de los representados en el influyente blog “Nada es gratis” o en la asociación FEDEA (Fundación de estudios de economía aplicada) suelen achacar esta debilidad a la frágil estructura educativa española que no produce empresarios ni una adecuada mentalidad innovadora o una educación de “excelencia”, pero el caso es que, hay una profunda relación entre la estructura educativa y la empresarial que crea un círculo vicioso y repetitivo. Como señalan una y otra vez los informes anuales de la fundación COTEC, la dependencia de la investigación de los fondos estatales es absoluta y el resultado es que los esfuerzos que se realizan en educación para general investigadores de clase mundial redundan en un constante flujo de cerebros a empresas y organismos de investigación extranjeros, simplemente porque el mercado de investigación no absorbe a los doctorandos. Si atendemos a la estructura de preferencias educativas del actual sistema observamos que el sesenta por ciento aproximadamente lo ocupan las elecciones en ciencias sociales, donde el derecho o la gestión agrupan a la mayoría de las opciones. El resto se lo reparten las ingenierías, la ciencia, la educación sanitaria y las humanidades. Esta estructura no es casual, es un indicador muy representativo del imaginario de padres y jóvenes y de sus expectativas de trabajo, lo que nos lleva de nuevo a la realidad de la economía española y de su tradicional diferencia en lo que respecta a la industria y, sobre todo, a las industrias intensivas en conocimiento.

¿Se ha modificado en las últimas décadas, como fruto de la hegemonía ideológica neoliberal esta larga historia de vulnerabilidades? Esta hegemonía llega con la globalización, con la economía basada en la deslocalización de la producción, con la importancia de los nuevos productos financieros y de los fondos de inversión volátiles, con la imposición de los imaginarios del “hazlo tú mismo”, “invierte en ti mismo”, del emprendimiento y de la flexibilidad en el trabajo. ¿Ha traído todo este tsunami una desviación de la senda histórica? La actual situación en la que se suman dos crisis, la financiera del 2008 y la actual producida por la pandemia del covid-19, ha mostrado muy claramente las entretelas de la economía española, basada como siempre en empresas de poco alcance, de bajo componente innovador (por más que incluyan tecnologías avanzadas como es el caso de Telefónica y otras tecnológicas?, fundada sobre la especulación inmobiliaria, siempre dependiente de las connivencias con el poder, o de la explotación del territorio a través del turismo, de nuevo un sector de baja innovación, muchas veces destructor del medio y del paisaje, poco sostenible y muy vulnerable a los vaivenes de la economía internacional.

Ciertamente, las élites han incorporado a los altos gestores que son los CEOS, muchas veces provenientes de las élites políticas a través de la colonización política de bancos y cajas de ahorro anteriormente de carácter público por parte de los partidos políticos, especialmente de los conservadores; bancos y cajas que han sido muchas veces grandes inversores y reales propietarios de las empresas más importantes. La verdad es que no: los altos directivos suman a las actitudes tradicionales las nuevas formas de gestión financiarizada que trata de obtener los máximos beneficios para los accionistas y por ello tienen poco interés en consolidar estratégicamente las empresas para que crezcan sin tener que venderlas a multinacionales y fondos, como desgraciadamente ha sido la realidad habitual.

En este sentido, refiriéndose al Ibex, donde aparecen las más importantes empresas españolas, un artículo de ABC reconoce su cada vez mayor grado de inserción en la globalización: “Son 35 sociedades; banca, infraestructuras, tecnología, energía... 35 empresas «marca España» cuya actividad nacional cada vez está más diluida fuera de nuestras fronteras. En 2018, el 69,39% de su beneficio antes de impuestos procedía del extranjero y ya pagan un 63,45% de los impuestos sobre las ganancias en otros países, según datos recopilados de sus cuentas anuales. Una correlación lógica esta por abonar los tributos allá donde se generan.” Pero a renglón seguido indica que lo que consideramos como empresas españolas no es tal en la práctica: “Un informe de BME señala que, en 2017 -último ejercicio con datos-, el 46% de las acciones de la Bolsa -todas las cotizadas, no solo el Ibex- estaban en manos de extranjeros. Esto supone tres puntos más que un año antes y 16 puntos más respecto a 1992. Mientras tanto, en las no cotizadas la estadística se queda en el 23%.” (10/06/2019).

¿Por qué esta debilidad produce un daño colectivo? Cabría desde luego una queja que, desde un punto de vista puramente interesado en lo económico, elevase lamentos porque las élites españolas no nos hayan hecho suficientemente ricos y poderosos, o algo parecido. Muchos de estos reproches que encontramos entre historiadores económicos van en esa dirección desde el clásico trabajo de Jordi Nadal sobre el fracaso de la revolución industrial en España. Pero no, lo cierto es que la estructura económica de un país también produce resultados que más allá del ámbito de la economía genera efectos perversos en las disposiciones y el carácter de los ciudadanos. El capitalismo es un sistema económico que da lugar a cambios continuos en la sociedad, pero no todas las modalidades de cambio son homogéneas. En la Inglaterra que estudió Marx, por ejemplo, ocurrieron transformaciones además de en la estructura de trabajo también en la estructura de sentimiento y los caracteres de la población. Así, a lo largo del siglo XIX, el sector de la servidumbre doméstica que agrupaba junto al campesinado a la gran mayoría de la población trabajadora, en unas décadas se transformó en proletariado tanto económica como culturalmente. La historia de las mutaciones culturales de la España contemporánea es bien conocida: la rápida metamorfosis de una población básicamente rural y campesina en una población urbana, primero trabajadora en los sectores de las manufacturas o la construcción y posteriormente en el sector servicios. Hasta aquí todo es bastante homogéneo en relación con lo ocurrido en tantos países que se han incorporado a la división internacional del trabajo. Lo específico de los procesos hispanos es que los cambios profundos en la división internacional del trabajo, que han conllevado la deslocalización rápida de empresas, la transformación de las economías industriales en economías basadas en la innovación e intensivas en conocimiento han dejado como residuos a una sociedad mal preparada educativa y culturalmente para renovar sus prácticas y formas de adaptación a los nuevos entornos. Élites rentistas y especulativas, dependientes de la corrupción de las instituciones políticas, no producen espacios de posibilidad y de capacidades adaptables a un entorno como el contemporáneo. La ideología dominante neoliberal ha confiado todo el peso de la transformación a una continua desregulación de todos los marcos restrictivos, pero esa misma máquina de destrucción de límites ha reproducido ilimitadamente los defectos congénitos de las cúpulas de poder. Hasta el más pequeño ayuntamiento de la España vacía reproduce horizontes de cambio basados en el mismo modelo especulativo, de connivencias entre el poder político y la avaricia sin estrategias, condenando a la economía española a la dependencia de dos sectores tan frágiles como poco sostenibles: la especulación del suelo y la oferta turística ilimitada.

Cuando se observan los desajustes entre la formación profesional y educativa de la población y el mercado de trabajo se asoma uno también al resultado de un proceso económico tan característico como el español. En el sistema universitario, más de la mitad de las titulaciones y de los alumnos matriculados pertenecen a las ciencias sociales, la formación en ciencias básicas apenas no llega al diez por ciento y la suma de enseñanzas técnicas y de salud se mueve alrededor del treinta por ciento. El número de alumnos universitarios excede en un treinta por ciento al de alumnos en formación profesional media y superior. La demanda de mano de obra es mayoritariamente para restauración, personal de seguridad, comerciales y trabajos cualificados relacionados con la construcción. Solo una pequeña parte es la de perfiles con formación científica, y generalmente orientados no a la innovación sino a la gestión avanzada de datos. Una y otra vez las páginas de los “expertos” económicos llaman a una transformación profunda del sistema educativo, pero este sistema es un fiel reflejo de los imaginarios de una sociedad que evalúa sus probabilidades de encontrar un puesto en la vida. No es el sistema educativo sino el modelo entero cultural y económico el que produce estos extraños índices.

El segundo efecto de la singular idiosincrasia de las élites españolas es la desvertebración del estado, que no debe confundirse en absoluto con la ideología centralista de la que hace gala la derecha más extrema. Todo lo contrario, el centralismo y la desvertebración han ido siempre de la mano. El centralismo español nada tiene que ver con la comprensión del estado, la sociedad, la cultura, la economía, el territorio, la demografía y el medio ambiente como un sistema cuyas partes diversas se comunican y son interdependientes. El centralismo español, que nace de la coordinación de élites caciquiles en cuyas tramas de poder locales se apoyan las élites, lo que genera un mecanismo fractal que reproduce el mismo esquema de corrupción y simplicidad en todos los niveles del orden institucional. La aparente descentralización autonómica no es sino la repetición como en un juego de espejos del centralismo madrileño en los varios centros que constituyen los estratos inferiores. La incapacidad ibérica para entender la profunda relación entre la diversidad y la interdependencia de las Españas y los territorios que las entrelazan deriva de la no menos profunda homogeneidad de las élites locales que repiten una y otra vez el mismo esquema, incluidas aquellas que, como la vasca y la catalana, presumen de cierta superioridad en el orden de la modernidad. No albergo la menor duda de que una posible independencia del País Vasco y Cataluña repetirían el mismo esquema clientelar en Neguri y Pedralbes que el que rige en La Moraleja y el barrio Salamanca.

La desestructuración del estado no lo es tanto en la dimensión de las garantías y el estado de derecho (que también) cuanto en la fragilidad y vulnerabilidad de la soberanía. De acuerdo a la ilustrativa distinción entre autoridad y poder, o entre sumisión consciente y voluntaria o sumisión forzada, la soberanía de un estado se asienta sobre un sistema de autoridades complejo donde los antagonismos que no se resuelven tienen, sin embargo, una expresión institucional clara donde poder ser negociados. Entre este sistema de autoridades no es el menor el complejo de capacidades hermenéuticas, cognitivas, técnicas, que permiten la soberanía en trayectorias propias, definidas, del ordenamiento técnico y económico. La dependencia financiera, tecnológica y política van mucho más juntas de lo que parece. En lo que se refiere al grado de soberanía, las élites españolas han creado una modalidad recurrente de desconfianza y autoritarismo en lo que respecta al pueblo y la sociedad y de sumisión y dependencia en lo que respecta a las élites internacionales. Hay una larga literatura que se pregunta por las razones que hicieron de España un país tan simpatético con el anarquismo, tan poderoso en dos regiones tan distintas en la transición del siglo XIX al XX como Cataluña y Andalucía. Una respuesta rápida que resume una complejidad histórica que ahora no viene a cuento es que hubo siempre una percepción entre las clases bajas de que el Estado estaba en guerra contra ellas.  La propia Constitución que nace de la transición y que ha sido elogiada tantas veces por su capacidad de consenso es en buena medida un documento indicativo de la profunda desconfianza que constituye la atmósfera institucional. La estructura del estado se organiza en una superficie democrática y un subsuelo de mecanismos últimos de control que impiden cualquier expresión de la diversidad y de la voluntad popular más allá de los límites aceptables para las élites. Desde el “el Estado está en guerra contra nosotros” al “no nos representan” del 15M hay un hilo continuo de malestar por este desbordamiento que produce la fuerza del poder sobre la de la autoridad basada en el consentimiento.

El abandono de la soberanía económica, política y tecnológica que ahora se disculpa bajo las presuntas imposiciones y necesidades de la globalización y su reparto de posiciones en la división internacional y la complacencia con la invertebración del estado van juntos. Un estado institucional y soberanamente débil permite altos grados de poder oligárquico que, por otra parte, son compatibles con una dependencia estructural del sistema mundial de poderes económicos y políticos.

¿Es la diferencia española tan diferente?, ¿es una singularidad tan singular en el conjunto de modelos de naciones-estado modernos? La respuesta es que no. Las élites españolas pueden ser descritas como élites criollas, un apelativo que se refiere a las élites latinoamericanas que aceptan un lugar sumiso cultural, político y económico en el sistema de poderes post-imperial y al tiempo establecen una compleja desestructuración de sus respectivos estados con el objeto de preservar siempre un alto grado de poder y control sobre la población.  

Gramsci entendió muy bien el problema del Estado italiano al reflexionar sobre “La cuestión meridional”: cómo el poder burgués del Norte rico e industrializado, sino embargo, necesitaba imponer su dominio de clase a través del intelectual orgánico que significaba la Iglesia católica, cuya potencia ideológica estaba fundamentalmente en la forma en que el Sur rural, campesino, políticamente desarticulado, había encarnado el dominio en sus prácticas cotidianas siempre dialécticas entre la sumisión y resignificación de los rituales. La peculiaridad italiana puede ayudar a entender las contradicciones de las élites hispanas, por supuesto con una historia y con características muy distintas. Pero sí se comparte una dialéctica entre el poder efectivo político y económico y los medios ideológicos con los que se trata de imponer este dominio.

En un mundo en que la geoestrategia y la división internacional del trabajo ha ido generando modalidades neoimperiales, muchos estados, entre ellos de forma paradigmática el Estado español, han ido dando lugar a procesos de criollización que describiría en el caso español por una dialéctica no resuelta entre poder y métodos para hacer hegemónico ese poder, cuyo resultado ha sido la producción de unas élites que al tiempo que se integran bien en el sistema mundial de poderes necesariamente producen un estado políticamente inestable e incapaz de soberanía científico-tecnológica, cultural y geoestratégica.

De un modo similar a Italia, el proyecto hegemónico contiene una contradicción interna entre la ideología modernizadora y la conservadora. La ideología dominante en la España contemporánea la representa sin duda el Opus Dei como intelectual orgánico que entendió bien que había que hacer unas síntesis entre la modernización y la ideología conservadora religiosa. El tecnocratismo que rigió en el franquismo y continuó en la Transición, aunque estuviese en el poder el Psoe, ha estado basado en un tejido sin fisuras en la complicada síntesis conservadora de estos dos factores: uno que, como describen bien Marx y Engels en el Manifiesto comunista, conduce a la continua destrucción de todo lo sagrado, y la ideología integrista religiosa que renueva continuamente la opción cultural conservadora. El resultado ha sido una opción por un estado burocrático, adicto a una concepción del mundo parecida a la de los registradores de la propiedad, basado en la desconfianza sistemática de todo proyecto de innovación de formas y contenidos. Quizás, paradójicamente, donde se ejemplifica mejor esta forma del Estado es en la hegemonía de la democracia cristiana que ha regido desde la transición en Euskadi y Cataluña, versiones edulcoradas del Opus Dei, pero no distintas radicalmente en su modelo de construcción del estado.

La criollización de las élites españolas, ciertamente, manifiesta diferencias con otras élites- En la formación de varios estados europeos modernos, tanto la aristocracia como la burguesía emplearon los capitales acumulados en la industrialización del país y en un poder financiero propio (ahora hay razones para pensar que esto ha cambiado, pero esa es otra historia). En el caso español hay una diferencia básica: nunca se superó el modelo rentista de riqueza. Las élites latifundistas fueron básicamente rentistas, a pesar de que impusieran muchas veces formas de gestión industrial del campo. También las élites industriales y financieras: el ciclo por el que el excedente de capital termina siempre en la inversión inmobiliaria (y en particular en su forma turística) es la característica fundamental de las élites económicas españolas. La causa no es solamente económica. Estos ciclos son los que permiten una reproducción efectiva del poder oligárquico en cuanto extienden fractalmente la anomia, la impotencia y la resignación.

La visión de las élites españolas desde una mirada crítica ha alternado entre una ilustración neoliberal y otra ilustración más o menos socialdemócrata. Quizás sea el momento de adoptar un punto de vista decolonial que atraviese los distintos estratos de composición cultural, económica y política del Estado, una perspectiva sobre las contradicciones objetivas y subjetivas tanto de las élites como del conjunto de la población. Desde ese punto de vista, el cuestión de la soberanía se manifiesta como la más imperiosa y actual de todas las que acompañan a la tradicional pregunta por la diferencia española.


sábado, 3 de octubre de 2020

El posthumanismo es un humanismo

 


La controversia sobre la mejora humana y su versión transhumanista ha introducido la cuestión del sujeto en los debates sobre responsabilidades morales implicadas en las diversas formas de mejora disponibles ahora o en investigación. Más allá, está el debate político y ético de a quién pueden alcanzar esos avances, si a grupos específicos o quizás a generaciones futuras. Estas preguntas por el quién afectan directamente al transhumanismo e indirectamente a la tradición humanista por cuanto hay en ella una promesa de trascendencia hecha al “hombre”.  La escuela de la sospecha (Marx, Nietzsche, Freud), para usar la agrupación de Ricoeur, inicia una crítica y expurgación del humanismo al traer a discusión las irreparables opacidades epistémicas de un sujeto que necesariamente tiene una posición de clase (Marx), una conciencia moral que ha olvidado la vida (Nietzsche) y que está ordenado en capas de subjetividad contradictorias y reprimidas (Freud). Esta tradición de escepticismo se ha generalizado en las corrientes de pensamiento crítico contemporáneo. La filosofía política feminista (Pateman, 1997) señaló pronto la exclusión de las mujeres en los imaginarios políticos del contrato social propuesto como fundamento humanista de los estados modernos. Sandra Harding, 1991, y con ella numerosas filósofas de la ciencia y la tecnología feminista, realizaron algo similar respecto a la promesa del conocimiento y la perspectiva patriarcal sobre la investigación. Spivak, 1988, un conocido trabajo sobre los sujetos subalternos, mostró también la falta de escucha de los sujetos colonizados. En la misma línea, Charles Mills amplió las tesis de Carol Pateman sobre la exclusión de las mujeres a los miembros de todas las razas “inferiores” en las constituciones modernas y en el plano epistemológico denunció la “ignorancia blanca” que impide alcanzar de forma estructural un conocimiento fehaciente de las experiencias de explotación a una mayoría de la humanidad. José Medina, 2013, ha realizado una cartografía de todas las exclusiones que producen las metacegueras sociales y ha popularizado el término de epistemologías de la resistencia para nombrar todas las iniciativas críticas a la parcialidad de las formulaciones abstractas sobre lo humano. En la misma línea, la tradición de estudios queer, una de cuyos textos fundacionales en epistemología es Kosofsky, 1990, ha explicado también los juegos de conocimiento e ignorancia que hacen de la historia de la cultura un espacio con demasiados armarios donde se ocultan identidades que no pueden expresarse. ¿En qué medida la tradición humanista de proclamación de la dignidad humana y de su proyecto perfeccionista está afectado por esta acumulación de críticas? ¿En qué medida hay un error de base en las mismas expresiones “el hombre” e incluso el aparentemente más inclusivo “ser humano”?

Quizás el primer manifiesto posthumanista crítico haya sido “Informe para una academia” (Kafka, 1917), un relato en el que Pedro el Rojo, un simio de Costa de Oro explica ante los sabios varones de la academia cuál ha sido su experiencia de devenir hombre y aprender la lengua de los hombres. El bisturí del escritor abre las entrañas del humanismo, una de cuyas grandes expresiones, como he señalado en la primera sección, ha sido la república de las letras encargada de la conservación del fuego sagrado del lenguaje. Donna Haraway titula provocativamente la primera parte de su libro Haraway, 2008 “Nunca hemos sido humanos”.  El título homenajea al “nunca hemos sido modernos” de Bruno Latour, recordando la crítica que este autor ha realizado a la gran zanja cultural que separa la naturaleza y la sociedad, a los humanos y a los no humanos, a cuya provocación la filosofía de Haraway ha respondido con una lista de todos los seres que en realidad han sido paridos en la zanja, en un territorio de nadie. Estos seres extraños son “dioses, máquinas, animales, monstruos, bichos espeluznantes, mujeres, sirvientes y esclavos, no ciudadanos en general” (Haraway, 2008, pg. 10). Con la misma ironía kafkiana cita en su libro una de las ilustraciones de Warren Miller en el New York Times, en la que, retorciendo el mito de los niños-lobo, representa a un grupo de lobos que miran consternados a una loba con un localizador a la espalda y uno de ellos explica: “la encontramos en el linde del bosque. Fue criada por científicos”. Ciborgs y perros, especies múltiples de figuras que se unen en una tierra dañada que en su posterior libro Haraway, 2016 nombra con los ya términos posthumanos Antropoceno, Capitaloceno, Chthuluceno, nombres para una Tierra dañada en la que hay que “aprender a seguir con el problema de vivir y morir con respons-habilidad” (pg. 20). Su propuesta crea un imaginario posthumanista que describe en estos términos

“Los chthónicos son seres de la tierra, antiguos y de última hora a la vez. Los imagino repletos de tentáculos, antenas, dedos, cuerdas, colas de lagarto, patas de araña y cabellos muy desenmarañados. Los chthónicos retozan en un humus multibichos, pero no quieren nada que ver con el Homo que mira al cielo. Los chthónicos son monstruos en el mejor sentido: demuestran y performan la significatividad material de los bichos y procesos de la tierra. También demuestran y llevan a cabo consecuencias. Los seres chthónicos no están a salvo; no quieren tener nada que ver con las ideologías; no pertenecen a nadie; se retuercen, se deleitan y crecen profusamente con formas variadas y nombres diversos en las aguas, los aires y los lugares de la tierra. Hacen y deshacen; son hechos y deshechos. Son quienes son. No es de extrañar que los grandes monoteísmos del mundo, tanto los de disfraz secular como religioso, hayan intentado una y otra vez exterminar a los chthónicos. Los escándalos de los tiempos llamados Antropoceno y Capitaloceno son las últimas y más peligrosas de estas fuerzas exterminadoras. Vivir-con y morir-con de manera recíproca y vigorosa en el Chthuluceno puede ser una respuesta feroz a los dictados del Ántropos y el Capital” (20-21)

En la propuesta de Dona Haraway cabría distinguir varios niveles para tratar con propiedad la cuestión del posthumanismo y su compatibilidad o no con el humanismo. Distinguiría en orden de creciente de importancia respecto a esta cuestión en primer lugar su proyecto cultural, social y político; en segundo lugar, la cuestión del tono y estilo en que entrelaza su mirada a las humanidades y en especial a su relación con la cultura científica y tecnológica y, en tercer lugar, la cuestión propiamente del humanismo.

En lo que respecta al proyecto, o si se quiere la ideología que articula su obra, no es difícil de encajarla en lo que cabría considerar como una mirada “interseccional” hacia la cultura, la sociedad y el orden político. Este término se ha difundido desde el feminismo negro y decolonial para recoger la forma compleja de las alianzas posibles entre movimientos sociales que no siempre pueden estar en acuerdo: socialismo, ecologismo, feminismo, anti-supremacismo, movimientos decoloniales, movimientos LGTBI, etc., junto a sus respectivas teorizaciones. Este modelo, que trata de hacerse cargo de las múltiples expectativas y agravios que representan sujetos históricos diversos en direcciones no siempre convergentes, propone una suerte de pluralismo cultural y político que cabe definir como ecosocialismo feminista, decolonial y queer. Que tal ideal tenga o no reflejo en la realpolitik es una cuestión distinta, pero sin duda es un componente sustancial de las ideologías altermundistas o alterglobalistas que se han ido implantando en las últimas décadas como alternativa a los modelos heredados de la Guerra Fría. La posición de Donna Haraway es en este aspecto continua con muchas formas de humanismo crítico y radical como los que representaron en los años sesenta la Nueva Izquierda o el socialismo de rostro humano, en el primer tercio del siglo pasado los populismos radicales norteamericanos y el anarquismo y en el siglo XIX las varias formas de socialismo utópico.

Más interesante es su particular estilo impregnado de la French Theory y Derrida que ella lleva al interior de la zanja entre cultura humanística y científica, en donde se encuentra con la corriente francesa de Isabel Stengers y Bruno Latour. A estas corrientes une el poderoso influjo de la cultura chicana de Gloria Anzaldúa que se manifiesta en Haraway a través de un uso reiterado, barroco, siempre poético, de figuras como los ciborgs en los años ochenta, los animales de compañía en la primera década de los dos mil y de esos extraños chthónicos más recientes. Este estilo es en sí mismo una propuesta de superación de las escisiones, de “humusidades” como ella las llama. Desde mi punto de vista, todo lo sugestivo del proyecto, también lo pesado del estilo, novedoso hace décadas pero que ahora ya un poco signo de su tiempo, es parte de una larguísima tradición que nos devuelve al humanismo renacentista en sus aspiraciones tanto de forma como de contenido. El antiacademicismo, la intención de no dejarse enredar en las dicotomías, el gusto por los matices, todo ello es sin duda una marca de la reacción de los umanistas frente al seco estilo y las compartimentaciones disciplinares de la escolástica. Una actitud que llena el programa humboldtiano de enseñanza secundaria y universitaria, basado en las Cartas sobre la educación estética de la humanidad de Schiller, que volvían a renovar el horizonte transdisciplinar de las humanidades, la misma que Nietzsche renueva en el tardo-romanticismo en su unión de la filología clásica y lo que él llama psicología y que hoy consideraríamos como una teoría del sujeto y la cultura. Así pues, no cabría considerar la revuelta de estilo de Haraway contra la escritura académica sino como un punto más en la larga historia del humanismo literario

En lo que respecta al tercer aspecto, si el proyecto ecosocialista feminista de Haraway es ajeno al humanismo, lo mejor es considerar la cuestión a la luz del tratamiento que ha hecho Rosi Braidoti en varios libros y especialmente en Braidoti  2013 y 2019, donde se alinea explícitamente con Haraway y con otras feministas interseccionales en el abandono del ideal humanista de “hombre” y del antropocentrismo y su jerarquización biológica de la especia, todo ello en el marco de capitalismo avanzado. Lo que aporta Braidoti a esta línea de resistencia cultural es la convergencia con el programa del spinozismo político que representan Deleuze, Negri, Genevieve Lloyd o Moira Gathens, entre otros muchos autores que ejemplifican el nuevo interés por Spinoza como filósofo del devenir y de la vida como impulso. Braidoti ofrece al espacio figurativo de Haraway, a sus multibichos y ciborgs, un esquema metafísico en el que resuenan y renacen las aspiraciones utópicas de trascendencia, aunque un programa de trascendencia crítico, sugestivo, metafísicamente materialista y políticamente positivo. Si el humanismo clásico, afectado de antropocentrismo, exploraba para el ser humano un lugar trascendente entre la bestia y el ángel, Braidoti tiene claro que la trascendencia debe ser buscada en otra dirección: devenir animales (solidaridad con la vida), devenir máquinas (encuentro con la naturaleza híbrida de cultura y naturaleza), devenir mujeres (y olvidar el patriarcalismo como base estructural del orden social).

Que Braidoti se reivindique seguidora de Spinoza es un signo de que su propuesta no es incompatible, sino todo lo contrario, con el programa del perfeccionismo humanista. El posthumanismo que anuncia el ecosocialismo feminista tiene antecedentes en la historia del humanismo. Giordano Bruno reparó pronto en que el geocentrismo no era una simple teoría astronómica, sino que implicaba una nueva ontología y una nueva política cultural por parte de la hegemonía religiosa del momento. Siglos más tarde, Nietzsche volvería a reparar en la necesidad de trasformar la cultura después de que el evolucionismo destronara la singularidad de los humanos. Fue él quien en Así hablaba Zaratustra propuso una trascendencia de lo humano en dirección descendiente hacia las bases de la vida. Sus figuras del camello, el león, el niño son las que resuenan en las formas de devenir de Braidoti.

¿Dónde queda la dignidad humana proclamada por el humanismo en este proyecto de solidaridad con la vida? En esta solidaridad precisamente, en ser una especie que es consciente de compartir todos sus genes con la vida presente en la Tierra, en el proyecto de ganarse un lugar en el árbol de la vida, en una sociedad orientada, como promovía Spinoza a la persistencia sostenible.

 

Braidoti, R. (2013) The Posthuman, Londres: Polity

Braidoti, R. (2019) Posthuman Knowledge, Londres: Polity

Haraway, D. (2008) When the Species Meet, Minneapolis: University of Minnesota Press

Haraway, D. (2016) Staying with the trouble : making kin in the Chthulucene, Durham : Duke University Press, trad. Helena Torres, Seguir con el problema. Generar parentesco en el Chthuluceno, San Sebastián: Consonni

Harding, S. (1991) Whose Science? Whose Knowledge? Thinking from Women's Lives, Ithaca (NY): Cornell University Press

Kafka, F. (1917) Informe para una academia, Madrid: Akal [2015]

Kosofsky E. (1990) Epistemology of the Closet, San Francisco: University of California Press

Medina, J. (2013) The Epistemology of Resistance: Gender and Racial Oppression, Epistemic Injustice, and the Social Imagination, Oxford: Oxford University Press

Mills, Ch. (1997) The Racial Contract, Ithaca (NY): Cornell University Press

Pateman, C. (1997) The Sexual Contract, Oxford: Oxford University Press

Spivak, G. (1988) ‘Can the Subaltern Speak?’ en Nelson C., Grossberg, L.  (eds) (1988) Marxism and the Interpretation of Culture Londres: Macmillan.


Paul Rebeyrolle, L'incontournable

sábado, 26 de septiembre de 2020

Geofonías, audiotopías, subjetividades

 




Transporte de energía sin materia, el sonido es un efecto de las ondas en medios elásticos como la atmósfera y el agua que los seres vivos dotados de sensores y redes neuronales adecuadas sintonizan y convierten en información. Reconocen patrones, anticipan conductas, reaccionan con miedo o alegría.

Una vez que llegó la vida animal, la dinámica del universo se desveló como topografía de espacios sensoriales, lo que antes era pura energía se convirtió en luz, sonido, calor y frío, tactos, olores y fragancias, sabores de la vida. Los sensores y los tejidos neuronales llenaron el universo de cualidades y fenomenología. En los simios que somos, fue la membrana del tímpano, los osículos, la cóclea, los nervios auditivos, la corteza auditiva A1. En los húmedos bosques tropicales, la cóclea adaptó su forma para reflejar sobre todo los ruidos de baja frecuencia, los más informativos en una geofonía de estridencias; en las sabanas, se adaptó a frecuencias mayores hasta alcanzar la sensibilidad humana que se precisa para discriminar los sonidos consonantes, las sordas o sonoras, fricativas u oclusivas, labiales o glotales. El cerebro simio humano creó de un espacio de ruidos, de las geofonías en que vivía, un mundo de sonidos, tiempos de escucha, paisajes sonoros o audiotopías donde nació la comprensión del significado, el miedo a los depredadores y a las tormentas, la alegría y el placer del canto y del ritmo de los golpes sobre cualquier superficie resonante. La coevolución de los tractos vocales y de la fisiología auditiva permitió una progresiva transición del lenguaje gestual, mímico, a la conversión de las señales sonoras en lenguajes verbales compositivos, con su fonética, gramática y semántica, aunque en la prosodia quedó depositada la historia de las entonaciones y gestos no verbales.

La filosofía ha centrado su foco sobre la antropogénesis en algunas zonas parciales: para el logocentrismo que reinó en Alemania, desde el Romanticismo a Heidegger, la casa del ser es el lenguaje; para otras corrientes más abiertas a lo material fue el nacimiento del “homo faber”, el fabricante de utensilios, lo que mejor describe el amanecer de la historia. Para otra tercera línea de pensamiento fueron los agrupamientos en familias, propiedad privada y estados lo que define la historia propiamente humana. Raramente se ha pensado en la cocina, la perfumería y la música como descriptores de la historia. George Bataille discrepa de todas estas genealogías al llamar la atención sobre la historia humana como una historia del exceso, de la parte maldita, de lo que no entra en el cálculo. No es el sexo, es el erotismo, no es el alimento, es la cocina, no es el miedo, es la religión, no es la violencia, es el sacrificio, no son las feromonas, es el perfume, no es la mercancía, es el don, no es el ruido y la furia, es el ritmo y la música.

Son hermosas las historias de la música como El ruido eterno  de Alex Ross o Música de mierda, de Carl Wilson, pero son también ahora necesarias las historias culturales de la música como ventanas a la historia y a la sociedad, de la música culta y la popular, de las armonías, las composiciones, las melodías, los ritmos y las danzas como expresión de la historia. Tia de Nora, en Music in Everyday Life recorre todas las dimensiones del poder de la música en la historia.

La música como forma de pensar sin lenguaje, como artificio sonoro para crear audiotopías. No hay práctica humana sin su música: la música exaltada, el batir de tambores que oculta el miedo de los soldados a la batalla; la música que construye tiempos y espacios sagrados; el canto que acompaña al trabajo, acompasa el ritmo y alivia el cansancio; la danza y la exaltación de la fiesta comunitaria; la música de la nostalgia y el sufrimiento. Estudiar las formas de la música es penetrar profundamente en las estructuras de sentimiento en la historia de las sociedades. Músicas de la diáspora, el exilio y la pobreza, como el flamenco, los sonidos tristes del duduk armenio, la copla y el tango, el blues y el punk. Músicas de la suspensión del espíritu, salmodias para el trance como el canto gregoriano o los ritmos sufíes de los derviches.

Todo tiempo, lugar y comunidad crea su música, pero es la modernidad fónica las que revuelve los sonidos y nos entrega a través de sus medios de reproducción técnica una nueva configuración de topofonías. En los tiempos posteriores al gramófono, la radio, televisión, walkman, ipods, cedés, listas de distribución, es central analizar la música como el más poderoso instrumento de creación de la subjetividad.

Foucault dejó a un lado la música al hablar de las técnicas del yo. Estaba centrado en la confesión y el examen de conciencia, y no reparó en las elecciones musicales de los sujetos que creaban conciencia a través de los medios inconscientes de las tonadas que su cerebro convertía en ritmos de sus vaivenes emocionales. Los medios técnicos contemporáneos permiten la construcción de una audiotopía personal y de grupo. El joven que se aísla en su trayecto de metro al trabajo con auriculares, el grupo de adolescentes de la esquina que se traen su cacharro de sonido, el que sube el volumen en su automóvil para proclamar su orgullo de cultura, la madre que enciende el aparato para descansar un momento y crearse un espacio de intimidad.

Ya no están tan de moda los análisis de las músicas de barrio, al estilo de los estudios subculturales de la escuela de Birmingham, pero no por ello ha dejado de ser importante la educación de la escucha musical de los otros si se pretende entender las subjetividades y la respuesta emocional de los colectivos a las experiencias de daño, explotación, sufrimiento.

La educación de la escucha, como nos está enseñando nuestra compañera Cristina Cubells, que escribe una tesis doctoral sobre ello, es absolutamente esencial en la educación. En toda, pero especialmente en la humanística. Escuchas de ritmos y ruidos nuevos, de las artes sonoras de la nueva composición musical. Escucha de los lamentos de las culturas oprimidas. Escuchas de la música de esquina, la disco o el rave donde los adolescentes conjuran su rabia. Escuchas de las heterofonías de quienes han quedado al otro lado de los paisajes sonoros dominantes. 



sábado, 19 de septiembre de 2020

La atmósfera del existencialismo

 



 En algún momento —creo recordar haber leído—  Foucault rememora  sus comienzos en una respuesta sobre su formación: “todos hacíamos como que no leíamos a Sartre”.  Ya era de mal gusto entre los jóvenes intelectuales (Levi Strauss, Roland Barthes, Gilles Deleuze, Althusser…) hablar del viejo. Demasiadas batallas del abuelo, demasiado humanismo, demasiado historicismo, el pollo estaba hundido en el lodazal de Hegel.

No es que el personaje sea especialmente simpático: sucio, rijoso, alcohólico, machista, empeñado en sus últimos años en pasar a todos por la izquierda, justificando el estalinismo, los atentados indiscriminados de Septiembre Negro, … Simone de Bouvoir, quien mejor le conocía, también es su mejor retratista.  Quizás sus novelas no sean nada del otro mundo, comparadas con la nueva literatura francesa del momento. Pero El ser y la nada, Cahiers pour une morale  y Crítica de la razón dialéctica son tres libros sin los que es muy difícil entender algunos de los giros que ha ido dando la filosofía cuando el estructuralismo y la posmodernidad (una era de no saber qué hacer con el estructuralismo) han ido moderando su hegemonía cuando no mostrando sus entretelas.

Aunque las dudas sobre este autor impidan a alguien leer directamente a Sartre, no importa. Los años del existencialismo produjeron muchas otras obras y fueron vividos por mucha otra gente. Las estanterías de filosofía existencialista no están vacías. Por si se ha olvidado, habría que colocar al lado de Sartre a Simone Weil, por supuesto a Camus, su amigo/enemigo, a Merleau-Ponty, a Franz Fanon, y, pese a que ellas se hubieran sublevado con esa elección de lugar, a Hannah Arendt y a Iris Murdoch. Aun así, más que una buena biblioteca de filosofía, el existencialismo importa porque creó un clima cultural propicio para una cierta tonalidad en múltiples obras en cine, literatura, incluso en música y artes plásticas. Creó también un cierto vocabulario que se trasladó a la vida cotidiana como hermenéutica para las vidas de mucha gente en los tiempos sombríos de la reconstrucción del mundo tras la guerra mundial.

Debido a lo poco sistemático de la obra conceptual, las obras existencialistas atienden más a los análisis que a los instrumentos metodológicos para hacerlos. A diferencia de la filosofía analítica y del estructuralismo, filosofías empeñadas en dedicar el tiempo a afilar el cuchillo sin acabar nunca de extender la mantequilla, el existencialismo es sobre todo un enorme archivo de relatos sin piedad sobre las oscuras alcantarillas del alma. Pese a ello, me atrevo a seleccionar tres rasgos que formaron parte de las herramientas con las que se realizaron aquellas asombrosas películas, novelas, obras de teatro u, obras plásticas de expresionismo abstracto. Herramientas que dieron lugar a aquel vocabulario que llenó tantas conversaciones como opciones de vida. Son palabras que no ocultan su aura religiosa. El existencialismo es sobre todo la atmósfera moral de un mundo abandonado por los dioses, por lo que no hay que extrañarse de que las palabras que otras veces se oían pronunciadas en los púlpitos ahora se llenasen de un nuevo contenido ateo o de rebelión creyente contra la religión realmente existente. Estas son las tres ideas que elegiría:

Mala fe: es el término sartriano para el autoengaño como condición de existencia. Aunque el estructuralismo haya pasado a la historia de la filosofía como el autor de la muerte del sujeto, fue el existencialismo el que  se atrevió a mirar en la oscuridad de los espíritus. A diferencia del sujeto que matan los estructuralistas, una pobre construcción intelectual que llaman sujeto cartesiano, una construcción intelectual que les sirve la mayoría de las veces para evitar cualquier autoexamen, el sujeto de los existencialista tiene un cuerpo y un alma llenos de vida y con ella, de culpa y redención. Hannah Arendt no emplea el término “mala fe”, pero usa el concepto para describir a Heidegger: “un zorro que siempre cae en las trampas que él mismo ha puesto”.  La mala fe es la doble conciencia del sujeto colonizado que describe Fanon, la culpa de los personajes de Bergman o la soledad infinita de los de Antonioni; la enfermedad que corrompe el lenguaje de las criaturas de Beckett; la peste que infecta el alma en la novela de Camus. Es la condición de quien se sabe culpable y se refugia en una descripción piadosa de sí mismo. Como su nombre indica, la mala fe es el mejor término para entender por qué la actitud religiosa está ya condenada.

Encarnación: otra palabra de origen religioso, la que describe en la mitología paulina la condena del Hijo de Dios a un cuerpo humano. El existencialismo la rescata para darle una nueva vida en el cuerpo biológico y el social. Sin Merleau-Ponty, sin su fenomenología de la encarnación, no se entendería la revolución anticognitivista de la psicología y filosofía de la mente contemporánea. Se piensa con el cuerpo, no con un procesador húmedo de neuronas, sino con una totalidad que necesita estar actuando continuamente para percibir, sentir o simplemente deliberar. También Deleuze hacía como que no leía al existencialismo cuando promocionaba a Spinoza. En lo que respecta al cuerpo social, “encarnación” describe los procesos de desclasamiento de curas, monjas y militantes políticos que tiraron los hábitos (materiales e ideológicos) para vestirse los monos de las fábricas y aprender las experiencias sobre las que hablaban los libros que habían leído. “Encarnación” fue también lo que llevó a una generación de artistas y escritores a echarse a la carretera o a las sustancias prohibidas para intentar sentir algo más que la vida burguesa en la que se habían educado. La generación existencialista americana, la generación Beat, encarnó en sus destrozados cuerpos toda la ansiedad por otras formas de vida distintas al “american way of life”.

Compromiso. Sartre, Camus y Weyl coinciden en el mismo diagnóstico: no es posible esconderse de la responsabilidad de elegir. La elección es la condena de la voluntad a la conciencia. Es saberse atado por el camino que se ha tomado en aquella encrucijada. Margaret Gilbert, la teórica de la acción conjunta, lo explicará décadas más tarde al desentrañar el misterio de por qué las mínimas acciones que realizamos en común crean derechos y deberes. Si has decidido pasear con una persona, no puedes dedicar tu tiempo a mirar el móvil o atender al teléfono. Estaba en tu compromiso todo un complejo de formas de estar con otro. “Compromiso” es lo que narra los comportamientos reales de nuestras vidas más que las palabras que decimos. Es lo que expresan nuestras acciones, el juez implacable que no espera a las postrimerías del Juicio Final para determinar lo que somos. Es una palabra que formó parte del vocabulario político de otros tiempos. No se entiende la crítica al laborismo del grupo de educadores de Birmingham o de historiadores como E.P. Thompson sin esa forma de mirar a la acción política. Pero es hoy día un término central rescatado en muchas filosofías, por ejemplo en la filosofía del lenguaje neohegeliana de Brandom o en la mentada teoría de la acción conjunta de Gilbert.

Por muchas razones que tendría que desarrollar, pero que creo que están en la mente de muchos, la peste que nos habita nos ha devuelto también, aunque no lo sepamos, a la atmósfera existencialista.


sábado, 12 de septiembre de 2020

Humanismo, utopía, posthumanismo

 



¿Cómo se relacionan el humanismo y el pensamiento utópico? ¿Cómo pensar la utopía en un tiempo de posthumanismo? El posthumanismo, una forma contemporánea de humanismo, nos obliga a repensar el humanismo, a rehacerlo, hilvanarlo, recoserlo. El posthumanismo nos obliga igualmente a revisar los impulsos utópicos que aún quedan, aunque sea en el inconsciente, y a forzarnos a imaginar el futuro. Fredric Jameson, en Arqueologías del futuro (2005), un ensayo dedicado a las utopías y a la ciencia ficción (dos géneros que se entrecruzan, si es que no son el mismo) recuerda la fuerza del pasado y la resistencia a la imaginación del futuro. Las propias utopías, entre ellas Utopía de Tomas Moro, nos remiten a imaginarios del pasado (ideales de vida comunitaria conventual, en el caso de Moro, al ideal humanista de la cultura clásica greco-romana, a un cierto comunismo primitivo que venía con los relatos de los misioneros del continente recién descubierto)

Cada humanismo proyecta una sombra antihumanista, cada utopía no es sino una ventana a una distopía. China Melville, el escritor de ciencia ficción e izquierdista inglés, escribe estas luminosas palabras en su introducción a Utopía de Tomás Moro, el texto señalado como inicial del género utópico en el Renacimiento:

El impulso peligroso, la distopía en la utopía, por tanto, no se encuentra sólo en el impulso en sí, aunque ciertamente puede darse ahí, sino en la realidad: esa proximidad de la isla a la costa. Trágicos que han hecho las paces con el poder, los progresistas advierten ruidosamente contra el utopismo desde abajo (a menudo cargados de sentimentalismo hacia su propio y difunto radicalismo, y llorosos ante su nuevo realismo); a su lado, los derechistas duros y radicales del poder y la opresión sueñan sus propios sueños de la vida buena, las arcadias supremacistas. Y los que gobiernan, más poderosos y tradicionalmente menos locuaces que sus apólogos, configuran y ponen en práctica con calma sus propias utopías, en las que aquellos a los que gobiernan no tienen más opción que vivir, servir y morir. Éstos son algunos de los límites de la utopía, explorados en el ensayo complementario de ese título. Pero el hecho de que el impulso utópico siempre esté manchado no significa que pueda o deba rechazarse ni que tengamos que predisponernos contra él. Es tan inevitable como el odio, la rabia y la alegría, e igual de necesario. El utopismo no es esperanza, ni, menos aún, optimismo. Es necesidad, y es deseo. De reconocimiento, como todo deseo, y/pese de/a los detalles concretos de sus fantasías y programas, también; y, sobre todo, deseo de mejora social sin más. De alteridad, que es algo distinto de la agotadora mentira social. De descanso. Y cuando las grietas en la historia se abren lo bastante, ese impulso puede incluso abrirlas un poco más. Melville, Ch. “Introducción” Tomás Moro, Utopía, Ariel, 2016

Tiene razón Melville en que la utopía no está reñida, al contrario, con la crítica ácida del momento contemporáneo. Las representaciones de una ciudad o un planeta diferentes no son tan importantes como develadoras de una negación del presente, de un deseo de viaje, quizás a ninguna parte, como titula William Morris su utopía. Del mismo modo, el humanismo no es, como parece haberse instalado en los estereotipos, una forma blanda de pensar, el refugio del “alma bella” romántica, que ironizaba Hegel o, peor aún, la casposa y polvorienta sala de reuniones de viejos académicos gruñones.

Desde el siglo XIV al XVII, los humanistas y las humanistas (pocas, menos, pero entre ellas Beatriz Galindo, Teresa de Ávila, Inés de la Cruz) vivieron el peligro de la crítica al poder ideológico hegemónico y sus largos brazos de terror y pelearon una de tantas batallas culturales que se han dado en la historia. La perdieron. Los dos siglos siguientes fueron siglos de intolerancia y violencia, aunque ahora identifiquemos en ellos a la Ilustración. El humanismo ilustrado es hijo de la derrota del humanismo del primer Barroco. Es, también, padre del humanismo de la revolución, el que conocemos con el término de Romanticismo, otro humanismo derrotado por la cultura del capitalismo industrial, al que reaccionó el humanismo presentándose como antihumanismo, desde Nietzsche y Heidegger al estructuralismo francés. Pero el humanismo siempre estuvo entre la imaginación resistente y la crítica negativa.

Incluso algunos de quienes han pasado como críticos de la utopía y el humanismo no han podido resistir algo más profundo que la mera representación formal de una ciudad alternativa, a saber, el impulso utópico. Marx lo desarrolla con pasión en los Manuscritos de 1844 pero más claramente aún en La Guerra Civil en Francia, escrita bajo la conmoción de la derrota de la Comuna en 1871, que el viejo socialista consideraba como el mejor ejemplo de realización utópica. Incluso Lenin, en su texto de agosto de 1917 El estado y la revolución, se deja llevar de la intuición utópica sin ninguna represión “realista:

“Nosotros nos proponemos como meta final la destrucción del Estado, es decir, de toda violencia organizada y sistemática, de toda violencia contra los hombres en general. No esperamos el advenimiento de un orden social en el que no se acate el principio de subordinación de la minoría a la mayoría. Pero, aspirando al socialismo, estamos persuadidos de que este se convertirá gradualmente en comunismo, y en relación con esto desparecerá toda necesidad de violencia sobre los hombres en general, toda necesidad de subordinación de unos hombres a otros, de una parte de la población a otra, pues los hombres se habituarán a observar las reglas elementales de la convivencia social sin violencia y sin subordinación”

Cierto que en toda utopía hay la distopía que lleva la sociedad que la sueña. Cierto que todo humanismo es un reflejo lleno de puntos ciegos de los ideales antropológicos de cada momento. De ahí el posthumanismo crítico contemporáneo, una gran llamada al abandono del antropocentrismo, que en realidad ha sido androcentrismo, econocentrismo y depredación de la naturaleza. “Humano”, como su raíz “homo” no tiene género, por el contrario hace referencia al “humus”, al barro en el que prolifera toda forma de vida. El humanismo ha girado en los últimos tiempos hacia una forma tensa de disputar las raíces de los humanos en el barro de la vida.  Las posthumanistas contemporáneas, a quienes Rosi Braidotti ha dado nombre y agrupado, representan la forma más sugestiva del humanismo contemporáneo por más que pueda sonar a contradicción: Gloria Anzaldúa, Donna Haraway, Katherine Hayles, Kim Toffoletti, Gayatry Spivak, Judith Butler y tantas otras autoras que han decidido habitar una cultura desterritorializada, nómada, en una diáspora lejos del antropocentrismo y se mueven en un campo que vagamente ha sido denominado como posthumanismo crítico.  Esta forma crítica de humanismo significa un descenso al humus, no reivindica la dignidad del "hombre" sino su indigna incapacidad de convivir con el resto de la vida e incluso con sus propias realizaciones, convertidas en mercancías o armas más que en extensiones del cuerpo y de la vida. Representan un movimiento intelectual que recuerda no casualmente al tiempo de los humanistas, quienes entre los albores del Renacimiento y el Barroco más cruel suscitaron breves esperanzas de una forma de vida tolerante, abierta, igualitaria e incluso comunista. Los vientos de la guerra, el nuevo poder de los estados y del emergente capitalismo se llevaron las esperanzas, pero no la memoria de aquel tiempo.

 

sábado, 5 de septiembre de 2020

Tras el humanismo

 



Se cumplen poco menos de setenta y cinco años de la Carta sobre el humanismo de Heidegger, en respuesta al El existencialismo es un humanismo de Sartre y poco más de veinte de Normas para el parque humano. Crítica de la Carta sobre el humanismo de Heidegger de Sloterdijk, que suscitaría una triste y olvidable polémica en los periódicos con Habermas, quien escribiría, como respuesta a Slotedijk en 2001, El futuro de la naturaleza humana. ¿Hacia una eugenesia liberal?. Las dos discusiones forman parte de una muchísimo más larga controversia sobre la dignidad de los humanos y cuál pudiera ser su fundamento y responsabilidad. Tan larga como los documentos que conservamos escritos de la humanidad, como el Mahabhárata, el Génesis o las tragedias de Sófocles.

La Carta de Heidegger es un pequeño resumen de su filosofía. Responde a la tesis de Sartre de la prioridad de la existencia y de la acción, y de paso al pragmatismo, al marxismo, al materialismo y a todo intento de relacionar lo humano con lo animal. Su respuesta es que el horizonte de lo humano es el pensar interpelado por el Ser. Sin átomo de modestia, Heidegger se declara más allá de la filosofía. La Carta termina con un párrafo de post-apocalipsis cultural:

Ya es hora de desacostumbrarse a sobreestimar la filosofía y por ende pedirle más de lo que puede dar. En la actual precariedad del mundo es necesaria menos filosofía, pero una atención mucho mayor al pensar, menos literatura, pero mucho mayor cuidado de la letra. El pensar futuro ya no es filosofía, porque piensa de modo más originario que la metafísica, cuyo nombre dice la misma cosa. Pero el pensar futuro tampoco puede olvidar ya, como exigía Hegel, el nombre de amor a la sabiduría para convertirse en la sabiduría misma bajo la figura del saber absoluto. El pensar se encuentra en vías de descenso hacia la pobreza de su esencia provisional. El pensar recoge el lenguaje en un decir simple. Así, el lenguaje es el lenguaje del ser, como las nubes son las nubes del cielo. Con su decir, el pensar traza en el lenguaje surcos apenas visibles. Son aún más tenues que los surcos que el campesino, con paso lento, abre en el campo.

Lo que Heidegger dice que hace ya no es filosofía sino una forma de lenguaje que es el lenguaje del ser: “el pensar traza en el lenguaje surcos apenas visibles. Son aún más tenues que los surcos que el campesino, con paso lento, abre en el campo”.  No hay que ser muy sutil como para reparar en que Heidegger quiere responder aquí a la tesis XI sobre Feuerbach de Marx, y con él a todos los que anteponen la acción al pensamiento. No puedo decir que me guste mucho lo que piensa Sloterdijk, pero su sarcasmo sobre Heidegger en Normas debería entrar en una antología de la ironía. El texto del entonces joven y mediático filósofo sostiene que todo esto que hace Heidegger es lo que han hecho siempre los escritores del humanismo. No otra cosa que cartas que se escriben entre sí gente que sabe leer y que cree que lo escrito salvará a los humanos de su condición caída. Filósofos que no son más que filólogos queriendo salvar el mundo como super héroes con sus redefiniciones de palabras, algo así como Agamben con máscara de Spiderman.

Tampoco puedo decir que me guste mucho la críptica respuesta de Habermas a Sloterdijk, a quien acusa de que su propuesta de “domesticación” del ser humano implicaría una suerte de eugenesia disfrazada de intervención en las líneas germinales y la reproducción de generaciones futuras.  Pero sí es cierto que el argumento de Sloterdijk, después de sus denuestos a Heidegger, es más o menos el argumento que tomarán los transhumanistas épicos como base ideológica: hasta ahora el humanismo ha sido una cultura que pretendía mejorar al ser humano a través de la educación. Ha fracasado estrepitosamente, así pues, dejemos que ahora se encargue la ciencia, que podría planificar un ser humano futuro libre de todas las lacras de comportamiento violento y del destino al sufrimiento constante.

El argumento del transhumanismo radical, épico, el de la transformación sin restricciones de las líneas germinales o de la investigación sobre prótesis informacionales en el cerebro, e incluso la “descarga” de la memoria en una nube digital, me parece uno de los más lamentables argumentos de la historia. Resulta que el humanismo, que desde el Renacimiento e incluso desde Grecia constituía la base de la educación, uno de cuyos productos es la ciencia, ha fracasado, pero la ciencia, ahora sin humanismo, podrá triunfar imponiendo a las futuras generaciones temperamentos genéticamente inscritos. No se tarda mucho en encontrar unos cuantos auto-socavamientos en este modo de argumentar. Lo dejo como tarea práctica para el lector.

Pero aún queda la cuestión del humanismo. Lo hemos tomado como una tradición unitaria, como si supiésemos a qué nos referimos, cuando de hecho a poco que escarbemos es una tradición siempre en controversia, siempre en sospecha de sí. Nietzsche y Foucault, por ejemplo, se declaran abiertamente antihumanistas, pero su concepción histórica de lo humano es quizás una de las formas más sutiles de humanismo. Lo mismo ocurre con la línea del posthumanismo crítico que representa, por ejemplo, Rosi Braidotti, que, siguiendo las críticas desde el feminismo y el pensamiento ecológico, acusa a muchos humanismos de antropocentrismo, de olvido de la vida en favor de una supuesta superioridad del ser humano y, sobre todo, de estar contaminado de androcentrismo y etnocentrismo. Pero Braidotti, como Geneviève Lloyd, como Moira Gatens, como antes Deleuze y Guatari, se declaran posthumanistas herederas de Spinoza y su reivindicación de la fuerza de la vida. El posthumanismo crítico, afirma Braidotti, no es un “post” en un sentido de “después” sino una crítica a la contaminación supremacista de toda la autorreferencia a lo que somos, incluyendo en este “nosotros” un espectro mucho más inclusivo que el de las figuras que generalmente ha supuesto el humanismo, y que podríamos resumirlas gráficamente en el famoso canon de Da Vinci.

Habermas, en su discusión con Sloterdijk, habla de la "dignidad de los seres humanos", que se basaría según sus palabras en la capacidad de auto-comprensión de la especie humana, que sería puesta en cuestión dejando libre a la ingeniería genética. Pero esta dignidad, que según nos enseña la etimología consiste en considerar que los seres humanos como tales son merecedores de algo, no puede ya ser insolidaria con la dignidad de los seres vivos. Parte de nuestra auto-comprensión es quizás el sabernos indignos de pertenecer al árbol de la vida, y proponernos recuperar el ser dignos de aquel. En esto, creo, consistiría el posthumanismo, en un ganarse la dignidad luchando por la de todos aquellos seres que no habrían cabido en el círculo que dibuja el canon de Da Vinci.









sábado, 29 de agosto de 2020

La ciudad como artefacto

 


Foto de Charles Marville de las obras en París en la época de Haussmann


"Marx sostenía algo que había tomado de Saint-Simon: que ningún orden social puede cambiar sin que los rasgos de lo nuevo se encuentren en el estado existente de las cosas. Si aplicamos rigurosamente ese principio a lo que sucedió en 1848 y en los años posteriores, veríamos no sólo a Flaubert, Baudelaire y Haussmann, sino también al propio Marx bajo una luz muy especial. El hecho de que todos ellos alcanzaran su esplendor de manera tan espectacular solamente después de 1848 apoya el mito de la modernidad como una ruptura radical" Harvey, París, capital de la modernidad (p. 25)

 

De esta forma describe David Harvey las transformaciones que se están produciendo continuamente en la ciudad. ¿Cómo cambia la ciudad en relación con la sociedad y cómo cambia la sociedad en relación con los cambios que se producen en el espacio urbano? Harvey dedica su libro París, capital de la modernidad a la figura de Haussmann, el destructor-constructor de París, el pionero de los urbanistas modernos (que se corresponde en nuestro país con Ildefonso Cerdá, en Barcelona o el Marqués de Salamanca en Madrid), quien, según Harvey, habría creado su propio mito como destructor del pasado, que incluía el pasado revolucionario de París y sus reiteradas barricadas. El libro entrelaza la historia de la lucha de clases en París con los cambios urbanísticos, para mostrar cuán compleja es esta relación y cómo no cabe interpretarlo como una calle de dirección única, por citar el título de Benjamin.

Harvey se mueve en un territorio intermedio entre dos tradiciones persistentes en los estudios urbanos, una línea cultural que llenaría bibliotecas enteras. De un lado, la tradición reduccionista según la cual la ciudad es el producto de otras fuerzas sociales.  En su libro Sociología Urbana: de Marx y Engels a las escuelas posmodernas, Francisco Javier Ullán de la Rosa cataloga en esta posición a Marx y Engels, Weber, Tönnies, Durkheim, a quienes habría que añadir a Manuel Castells, influido en sus comienzos por Althusser. En el otro lado estaría la tradición que considera la ciudad como una variable independiente, que produce efectos sin ser necesariamente un producto lineal de otras fuerzas históricas. Ullán recuerda aquí a Simmel, Werner Sombart, y Maurice Halbwachs, entre los padres clásicos de la sociología, pero habría que introducir sin la menor duda a Walter Benjamin, Siegfried Krakauer y, más tardíamente a Henry Lefebvre, enfrentado en este punto a Castells, a quien acusa de ambigüedad política.

Harvey intenta mediar entre estas dos tradiciones, como estudioso del espacio desde la perspectiva marxista. Con este fin construye un relato del París que se extiende en el tiempo desde la subida al trono de Luis Felipe en 1824 a la masacre tras la Comuna de París en 1871. El libro es un homenaje rendido a Balzac, al ilustrador Daumier y al fotógrafo Marville. Los tres ofrecen una representación de la vida de la ciudad que ningún dato estadístico o documento ofjcial puede alcanzar en profundidad. El valor del libro, sin embargo, excede con mucho el interés puramente histórico y se convierte en una declaración programática de lo que tendría que ser una aproximación holística a una ciudad: la ciudad narrada, representada gráficamente, la ciudad de los conflictos sociales, la ciudad de las intervenciones técnicas, la ciudad como flujo de capitales y créditos, la ciudad como un organismo metabólico que insume mercancías y expele residuos, la ciudad como un sistema de producción, de lo artesano a lo industrial y a los nuevos negocios, la ciudad como un sistema de auto-reproducción, de consumo, educación y ocio, la ciudad como un espacio imaginado, entre lo utópico y distópico.  Al final, pese a su intento de mediar, el final del libro produce la impresión de que Harvey está más del lado de Simmel que del de Weber.

Si Harvey hubiese estado más familiarizado con la teoría antropológica y filosófica de la cultura material posiblemente habría encontrado un mejor modelo para lidiar con el debate sobre la naturaleza de la ciudad. Me refiero a que si considerase la ciudad como un artefacto que produce a la vez que es producido, podría haber encontrado un marco conceptual más adecuado para mediar entre las dos tradiciones. La gran aportación de la cultura material es la consideración de los artefactos como mediadores activos, que son producto a la vez que producen: identidad, tensiones y antagonismos, imaginación, posición social, etcétera.



Le Corbusier consideró la casa como una máquina de habitar. Es una de las primeras formulaciones del espacio habitacional concebido como un artefacto. Le Corbusier acertaba en lo general y se equivocaba en lo particular, en la identificación del artefacto como “máquina”. Al fin y al cabo vivía en una época del dominio industrial del maquinismo, pero hay otras opciones más interesantes. La ciudad es un artefacto de habitar colectivo, también de producir, de reproducir y de imaginar y fascinarse, pero no es una máquina. Tiene más de organismo o de bioartefacto que de máquina en su constructo estereotípico.

Se construye un entorno que es a su vez uno de los más poderosos medios de construcción de subjetividad. El Lefebvre más maduro desarrolló este carácter de bioartefacto a través de su concepto de ritmoanálisis. Es la aportación de un concepto temporal por parte de quien fuera maestro de los estudios espaciales y del giro espacial en las ciencias sociales. La parte emergente de la ciudad respecto a lo individual se manifiesta en los ritmos, en el orden del espacio y tiempo, en el modo en que los cuerpos se mueven cíclicamente en el espacio producido. En los estratos y composiciones de esos ritmos encontramos el poder de la ciudad para expresar las formas de poder y sumisión, también de antagonismo. Ritmos que son los que ordenan nuestra vida cotidiana en el espacio de la habitación, del trabajo, del consumo y de la imaginación. Esta organización cíclica es el trasfondo del tiempo y espacios comunes y públicos. El poder ordena precisamente porque sincroniza los ritmos. Esa ha sido siempre su principal función desde que la sociedad se articuló en formas de poder.

Al considerar los ritmos damos paso a una forma más compleja de entender la ciudad que la puramente espacial como a veces se olvida en las perspectivas más estrechas. Lo espacial aisladamente solo conecta posiciones estáticas, no dinámicas continuas. En este sentido, habría que complementar las representaciones de Balzac con las representaciones dinámicas que hicieron Dziga Vertov de Moscú y Water Ruttman de Berlín, en sus respectivas películas, El hombre de la cámara  y  Berlín, sinfonía de una ciudad.

Contra el marco y trasfondo de los ritmos que sincronizan la vida cotidiana aparecen los momentos singulares, la expresión del acontecimiento y la dimensión del tiempo como Kairós, las ocasionales desviaciones de lo normal para dejar emerger lo nuevo que ya había estado en germen en las distorsiones de los ritmos. En el juego del tiempo como Kronos y como Kairós está la ciudad como artefacto de antagonismos y tensiones. Similar a un organismo que sobrevive por sus ritmos, que son interrumpidos por movimientos particulares, por cambios o enfermedades que muestran las distorsiones del holobionte que es, la ciudad nunca reproduce lo mismo. Cada repetición transforma del mismo modo que prepara o dispone otra crisis.  Entre otras cosas porque sus habitantes son continuamente transformados por el ritmo de las horas, los días y los años.

Los dos grandes experimentos sociales recientes a escala mundial han sido, en la transición de siglos, la extensión de la "financiarización" de la economía a la economía doméstica. La ideología del neoliberalismo convirtió la vivienda en un indicador o signo de integración social. No tener vivienda propia era algo así como no tener papeles reales. La ola de endeudamiento colectivo recorrió el mundo y provocó en parte la crisis económica de 2008. Los desahucios fueron la consecuencia de esta crisis y con ellos la conciencia de que que el vínculo con la ciudad basado en la cláusula de propiedad de una mercancía había sido nada más que un instrumento ideológico de dominación y de explotación a través de los mecanismos del mercado. La desigualdad en la deuda era asimétrica: tener una deuda enorme no era más que un pasaporte para el auxilio público, tener una deuda pequeña significaba la exclusión y el empobrecimiento absolutos. El segundo experimento ocurrió en la segunda década del siglo y tuvo como protagonistas a las plataformas informacionales del turismo: Airbnb, Booking, etc.: el pequeño propietario de alguna vivienda anteriormente en alquiler decidió que era más rentable alquilarla a precios de hotel a través de estas plataformas, de manera que los precios de los alquileres crecieron pasmosamente produciendo una nueva, y cíclica expulsión de multitudes hacia las periferias y barrios ya antes congestionados. Las cosmópolis del siglo XXI repetían estos exilios cíclicos que convertían a la ciudad en un medio nuevamente de dominio y explotación. 

Raquel Rolnik, una relatora brasileña de las Naciones Unidas, en su libro La guerra de los lugares, ha dado cuenta de estas nuevas dislocaciones que dan la razón a Harvey en su conocida tesis de que el capitalismo transforma las ganancias decrecientes en la explotación del tiempo de los trabajadores mediante técnicas de expropiación y especulación del espacio. El artefacto de habitar conjuntamente, así, la ciudad, se convierte, como tantos otros artefactos, en un instrumento de alienación y extrañamiento. 



El libro de Raquel Rolnik es un recorrido de experiencias por ciudades de todo el mundo de Azerbaiyán a Barcelona pasando por las Maldivas. Por todas partes el mismo espectáculo. La ciudad es un artefacto, a veces refugio y a veces máquina centrifugadora, territorio de nómadas. 

Queda aún la paradoja que detecta Harvey en París: expulsados de sus casas hacia barrios de nuevo más insalubres, convertidos en nómadas en su ciudad, sin embargo, los obreros de París, rodeados por los prusianos y abandonados por su ejército y gobernantes, toman en sus manos la defensa de una ciudad a la que tendrían que odiar y sin embargo amaban. Fue la Comuna de 1871.