Reflexiones en las fronteras de la cultura y la ciencia, la filosofía y la literatura, la melancolía y la esperanza
sábado, 28 de febrero de 2009
El paseo de los melancólicos
jueves, 26 de febrero de 2009
Las gaviotas del Manzanares
sábado, 21 de febrero de 2009
Las migas en la barba
Cada conversación, cada gesto, cada acción parece llevarnos al ejercicio de esa voluntad de representación: transmutamos la ignorancia en desprecio, la flaqueza de atributos en plumas de avestruz, la penuria de ambos capitales en puro teatro. El hidalgo que esparce migas en la barba para hacer creer que hoy se ha saciado.
Me espanta que perdamos el sentido de la proporción, que perdamos el derecho a la ignorancia, a mostrar la fragilidad y la penuria, que nuestra voluntad de representación desborde a nuestro deseo de presentación.
En fin, la ignorancia, la pobreza, son estadios superiores difíciles de conquistar: la miseria es no saber que no se sabe, creerse que se es rico.
Una nota de finde: la película de Claudia Llosa, La teta asustada. Me interesó mucho su anterior película, Madeinusa, sobre el Perú profundo en un tono que recordaba al mejor García Márquez del realismo mágico (ella es sobrina de Vargas LLosa). En esta película alcanza un tono más serio y merece la pena una vista y una discusión. El título hace referencia a un síndrome peruano: las hijas de las violadas en la guerra de Sendero Luminoso han mamado la angustia y el miedo de sus madres. Necesitan cura. La película, en un tono más oblicuo que la similar de Isabel Coixet, trata de la posibilidad de esa curación: una hija que en unos días de aprendizaje trata de enterrar a su madre, de quien ha heredado el miedo. Pura inteligencia. ¿Por qué son las directoras jóvenes las que están abordando temas que otros no quieren tratar?
martes, 17 de febrero de 2009
Decimatio
El libro de Germán fue su tesina (cielos!, cómo será su tesis), lo estoy devorando: me ha llevado a los más oscuros rincones de una memoria que no querría tener. Como toda mi generación. La memoria de la parte olvidada de la transición. Germán ha relatado la parte de una generación que cayó en manos de la Condesa Morfina, la Señora del Sueño, el Caballo, la Blanca Uría, ... una parte de la transición que no hemos relatado. Una de las historias de la transición que no han sido contadas. Una de las zonas del tiempo que no queremos revisitar. Dejaremos otras para otra entrada. Quiero unirme ahora con Germán en el recuerdo de los poetas que se quedaron en el margen.
Soy un confeso lector de wikipedia. Y cito sin escrúpulos esta entrada del término decimatio que expresa mejor que yo lo que quiero decir:
"La palabra proviene del diezmado de tropas. Se trataba de una medida excepcional que se solía aplicar en casos de extrema cobardía o amotinamiento. El castigo consistía en aislar a la cohorte o cohortes seleccionadas de la legión amotinada y dividirla en grupos de diez soldados. Dentro de cada grupo se echaba a suertes quién debía ser castigado (independientemente de su rango dentro de la cohorte) y era elegido uno, el cual debía ser castigado por los nueve restantes, generalmente por lapidación o por golpes de garrote. Los sobrevivientes eran obligados a dormir fuera del campamento de su legión, hecho de gran peligro en época de guerra. Supuestamente el castigo debía aleccionar a los soldados supervivientes y a las demás cohortes, pues la muerte podía llegar aleatoriamente, a manos de los propios compañeros, sin tener en cuenta rangos ni méritos anteriores. Sin embargo, más habitualmente, la decimatio rompía el espíritu de cuerpo y la unión entre compañeros de armas (ejecutores por sorteo de sus propios hermanos de armas), minando la confianza hacia los comandantes de las legiones que ordenaban tal castigo”
A medida que leía las páginas de Letras arrrebatadas esta palabra, decimatio, me daba vueltas en la cabeza. La explicación de wikipedia me explicó también por qué: una generación que dejó en el suelo a sus compañeros de tienda. Los más sensibles, los más perceptivos, los más débiles, los que no sabían subir por la escalera.
Recorre Germán las poéticas y los carteles y los poemas de esos quince o dieciséis años de movida, entre 1970 y 1986, los años de los que tanto se habla y tan poco se cuenta.
Querría recordar sólo algunas voces, como la de esa niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, y no encontró el jardín prometido, Blanca Andreu:
Así, en pretérito pluscuamperfecto y futuro absoluto
voy hablando del trozo de universo que yo era,
de subcutáneas estrellas de sangre
cazadas por el ángel de la anemia
en el cielo arterial,
diciendo leucocitos del alba y rio de linfa,
o bien de lo que quise:
el ligero Mediterráneo,
la prohibición de envejecer,
la gavilla del sueño barbitúrico,
y sobre todo, sobre todas las cosas,
Mozart anfetamínico preámbulo de pájaros,
Mozart en ala y aeropuerto,
arco de violín principe o piloto: Mozart el Músico.
Nombres como Eduardo Haro, Leopoldo María Panero, y todos los nombres olvidados que si escribieron un poema fue tal vez sólo en la puerta del baño del garito nocturno, un grito inaudito de ayuda. Querría recordar con este poema que también recuerda Germán, de Aníbal Núñez, nuestro Rilke, las infinitas noches de una generación que quería escapar de la cárcel de la ciudad (Salamanca en el caso de Aníbal, metáfora de todas las salamancas de la época):
Cayó la tarde y, a su fin, el ágape,
las pócimas, los filtros,
el necesario azar de impares tazas
y de la lejanía a colación: los barcos,
mares y valles comparados,
relatos ilustrando escuetos métodos
de cómo vadear ríos: (...)
No, aquí nada es disperso: aquí callamos
todos alrededor de un mármol nada mítico
pensando en los viajes que no haremos,
mostrando gestos desapasionados
(...) la soterrada
genealogía de cada uno,
que cada uno representa
en la ciudad en la que sin remedio
caemos atrapados por su mera mención.
Un día de estos una prestigiosa revista de Brown se hará eco de la inquietante historia de la transición española contada por un joven profesor de Princeton, y tal vez alguien de la prensa bienpensante, siempre atento a lo que pasa, nos ofrecerá un babélico reportaje, y quizá recordemos algo más de lo que fuimos.
Y ellos estarán allí, de nuevo cito a mi muy leído Aníbal Núñez, soñando que murieron soñando escapar una tarde de aquellas, aunque fuera en brazos de la señora fría:
Morir soñando, sí, mas si se sueña
Ilusión es la muerte, fe la vida,
Guerra la paz; y si la paz se olvida
El tiempo al fin de eternidad se adueña.
La desgana de ayer ¿qué nos enseña
Deshaciéndose en hoy? Abierta herida
El empeño de hacer que la aprendida
Ventana dé al vacío que se sueña.
No se matan los sueños con la muerte.
¿A qué representarla con tal ceño?
Morir es aprender lo ya sabido,
Vivir la vida no es negar la suerte.
No sabemos, Miguel, si es que te has ido
O sigues con nosotros en el sueño
¿Responderemos alguna vez a las preguntas de los hijos de los hijos de la ira?
domingo, 15 de febrero de 2009
Son las sombras
Discutía el otro día con Guillermo de Eugenio sobre los vampiros como figura contemporánea, sobre cómo el nosferatu ha conseguido perder su temible reflejo de lo amenazador y se ha convertido en figura de la otredad, incluso de la otredad del adolescente que descubre la complejidad de lo social. Murnau había conseguido poner en imágenes a Freud: el vampiro lo llevamos dentro, por eso viaja done vayamos y amenaza a todos los que nos rodean. Dreyer lo dejó aún más claro en su inquietante Vampiro, una película que consigue levantar la aprehensión incluso o sobre todo por su mismo lamentable estado de conservación, como si fuera el vestigio de un sueño que apenas recordamos: hay sombras que se desprenden y viajan solas, presencias de lo que no está, indicios de lo que acecha en el lago oscuro de la mente
En la selección de secuencia de películas (lo que más me impresionó de la exposición) aparecen algunas de las sombras más negras de la historia del cine: el Iván de Eisenstein, la sombra de Stalin que se cierne sobre las paredes de un palacio tan cercano al Castillo Kafkiano

o las sombras por las alcantarillas de la Viena de la posguerra donde habitan los fantasmas que construyeron Europa: la especulación, el militarismo, el desprecio y el cinismo, "el tercer hombre" que siempre reflejará el uso comercial de la inteligencia. El Tercer hombre de Carol Reed es la sombra de la memoria, la pesadilla de la amistad que recordamos con afecto y que no querríamos volver a encontrar:

Si Freud es el Señor de las Sombras, su profeta es, para mí, sin duda, a pesar de otros arcángeles de lo oscuro, Dreyer. Es quien asocia la luz y la sombra en los cimientos del imaginario. Gertrud en la sombra. Paredes de una habitación que miramos los espectadores del deseo que somos.

Decía Pasolini en uno de su poemas tardíos: "adoro la luz sólo si no ofrece esperanza". Cierto: es la madre de la sombra, la proyección de la presencia de la ausencia. Si la sombra hizo la pintura, la fotografía ha convertido la sombra en la proyección de los fantasmas de la mente.
martes, 10 de febrero de 2009
El misterio del zelote
La película de Michael Curtiz es clara y abiertamente ideológica. La historia es muy compleja y tiene que ver con algunos de los fantasmas contemporáneos de los Estados Unidos: en los territorios abiertos de Kansas, las tensiones entre abolicionistas y proesclavistas convirtieron las praderas en un territorio abierto de luchas para conseguir o evitar que Kansas fuera un estado esclavista. John Brown se convirtió en guerrero de la causa antiesclavista, quiso armar a los negros y asaltó el arsenal de Harper Ferry en Virginia donde fue apresado por una compañía de marines madada por Robert E. Lee. Se le juzgó y condenó a muerte. Emerson, Thoreau y Victor Hugo se adhirieron a su causa y Thoreau escribió en el periódico de Concord un sentido homenaje que puede leerse en la red. Ha sido siempre un personaje de controversia. Se le ha descrito como un zelote fanático que quiso resolver el problema de la esclavitud con las armas. Victor Hugo anunció proféticamente que su muerte era el presagio de una horrible guerra civil que ¿ha terminado ahora?

Pero la película de Michael Curtiz, protagonizada por Olivia de Havilland, Errol Flynn y Ronald Reagan (como marines) toma un partido muy claro contra John Brown, a favor de la "unidad" del estado y de la comprensión del esclavismo, y dibuja a Brown como un loco sediento de sangre (curioso, Curtiz, autor de Casablanca, húngaro emigrado a Austria, luego a Alemania, luego a Estados Unidos, que nunca llegó a hablar bien inglés, meditando sobre el más complicado y pantanoso de los hilos históricos de ese país). El retrato de Thoreau, que le conoció y admiró, es sumamente sensato y va en la dirección contraria. Admiraba a Brow y a su causa sin reparos.
El diálogo de Descartes y Pascal, por su parte, hace lo propio con Pascal: una caricatura de ser frágil, loco, fanático y anticientífico (él, que está en la base de la transformación probabilística que sucedería poco a poco en la ciencia). Frente a Pascal, Descartes, todo sentido común, bonhomía y sabiduría de la vida.
¿Por qué?
La estrategia de convertir en fanático al otro es extremadamente efectiva, es la mejor de las armas de la retórica. ¡Estás loc@!, es una de las respuestas en la disputa que ahorran cualquier ulterior aportación de datos.
No sé ponerme del lado de John Brown ni de Pascal, no sé de qué lado estoy, me faltan datos: pero sé que fueron seres complejos que no solamente estuvieron en la historia sino que la hicieron, y que la hicieron, como sostiene Thoreau de Brown, no limitándose a mirar o predicar.
¿Cuál es el paso resbaladizo que hace que alguien se convierta en zelote insufrible? Tengo que reconocer que mi lugar, si lo tengo, debe estar entre los fariseos, pero no dejo de preguntarme por los zelotes.
¿Qué mira Blaise Pascal?







sábado, 7 de febrero de 2009
Sombra de hombre

Aún si reponerme de la visita a la exposición del Prado, he aprendido más de lo que quisiera de la vida y de la muerte. También de arte: por ejemplo, el rechazo que su pintura manifiesta a todo el expresionismo abstracto. En la entrevista que exhiben en el Prado pregunta con sarcasmo "No recuerdo el término técnico...¿expresionismo abstracto?, sí, expresionismo abstracto. Era lo que Rembrandt hacía". Él, sin embargo, fue capaz de representar lo abstracto de la conciencia, el lugar donde la forma se pierde y sólo quedan los detalles, como la carne y las vísceras, el horror y el deseo, los violentos malvas de la maldad. Babuinos, crucificados, papas, amantes muertos: cuerpos que cuelgan, sombras de hombre que ha sido.
Picad en esa imagen y meditad un instante sobre el lobo en su celda
miércoles, 4 de febrero de 2009
Los simbiontes de Cascorro
El ruido de las emisoras y los comentaristas sobre la crisis es estridente y ensordecedor. Gritan los números, las estadísticas. Hay que esperar sin embargo a las llamadas de la gente para informarse de algo. Porque cada caso nos señala con mucha más claridad lo que pasa que la adición a los índices abstractos. Es entonces cuando sueño con simbiontes.
Los simbiontes se hacen visibles cuando la oscuridad se cierne sobre la ciudad: son los pocos que iluminan las salidas. Se me ocurre que las cosas aún no deben estar tan mal cuando no hay sentido de emergencia. Aún no sabemos, por ejemplo, qué salario reciben los periodistas estrella que claman contra la crisis; aún no sabemos qué ocurre con los capitales que escapan al control de todos los gobiernos; aún no sabemos cuáles son los recursos con los que contamos. En situaciones de emergencia necesitamos una mirada de simbionte para hacer inventario de nuestras posibilidades: qué tiempos y qué salarios (ofrezco el mío el primero) podemos empezar a repartir, qué medidas colectivas, qué redes, qué sistemas de solidaridad necesitamos. Cuando la irritación empiece a mostrar sus frutos nos acordaremos de nuestra incapacidad para pensar. Recuerdo la crisis del corralito argentina. Argentina es un país curioso. Está lleno de gente que no confía en el gobierno. Cuando las cosas van mal se irritan muy rápidamente, pero también se organizan: en unos meses habían nacido comedores colectivos, redes de apoyo social, formas de arroparse colectivamente en el desastre. Mostraron en la práctica lo que la teoría de la acción colectiva señala en la teoría: que en situaciones de catástrofe las masas dejan de ser masas y se organizan en redes de apoyo mutuo; que el miedo se convierte en ayuda voluntaria; que las teorías del egoísmo esencial de los humanos son un invento ideológico para justificar el egoísmo de unos cuantos. Luego, así de frágiles somos, esas redes fueron colonizadas no por los simbiontes sino por los parásitos que pretendieron alguna renta política del hambre: la teoría de juegos también predice esas infecciones. Da igual. No me importan los parásitos, sino la viva luz que emiten los simbiontes cuando las cosas vienen mal.
Cuando paso por Cascorro miro a esas furgonetas con los ojos del discípulo que quiere aprender a vivir de los maestros de la subsistencia.
sábado, 31 de enero de 2009
Lápices de colores
Pensamos en el "otro" en términos algo románticos: otreidades que en realidad son sólo diferencias cercanas y muy familiares. La otreidad del simbionte, casi invisible, cada vez más invisible, nos pasa desapercibida. Como los lápices alpino que aún quedan en los escaparates de las papelerías de barrio.
¿Como será la ciudad vista con los ojos del simbionte?
sábado, 24 de enero de 2009
Circumdederunt me, gemitus mortis
Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla;
porque ¿a quién no sorprende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?
Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla!,
Roma triunfante en ánimo y nobleza.
Apostaré que el ánima del muerto
por gozar este sitio hoy ha dejado
la gloria donde vive eternamente.
Esto oyó un valentón, y dijo: "Es cierto
cuanto dice voacé, señor soldado.
Y el que dijere lo contrario, miente."
Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.
Un soldado derrotado, que llega de Flandes, pobre y melancólico, viendo cómo el imperio se descompone, cómo su vida dedicada a la dura batalla ha quedado en una extrañada vida de quien ya no tiene sentido, y llega a un catafalco que celebra la muerte con unos fastos que aplastan la dimensión humana por una representación de lo divino en la Tierra.
Que los imperios caen no es una idea extraña: es la idea sobre la que ha sido construida la cultura que nos habita. Unos imperios caen y nosotros somos los sucesores: es el pensamiento imperialista presente en nuestra cultura. Los imperios caen y nosotros debemos celebrar la muerte pues es nuestro destino: es la modernidad del sur, lo que aportamos a la esencia de Europa.
El Requiem de Morales es un hermoso y emocionante diálogo entre el coro masculino y femenino sobre la fragilidad humana y lo efímero del poder. El imperio filipino optaba por lo efímero; Obama ha elegido lo épico, pero observo, o al menos siento, que la misma melancolía preside las dos ceremonias. Observo el espectáculo del Mall, entre el Congreso y el monumento a Washington, y voto a dios que me espanta esta grandeza y que diera un doblón por describilla.
miércoles, 21 de enero de 2009
El mundo hostil
Lo he recordado y celebrado volviendo a ver La diligencia, The Stagecoach de John Ford de 1939, recordando también la fecha. La diligencia es una meditación sobre lo interior y exterior en un mundo hostil. Lo hostil está fuera, el peligro de los apaches y de los hermanos Plummer, a los que ha de enfrentarse Ringo. Pero el peligro real lo llevan los personajes dentro: el banquero ladrón, el jugador antiguo aristócrata confederado, que huye de su padre, la esposa del guerrero embarazada, que se siente atraída por el jugador, en el que reconoce a su clase, la casquivana Dallas, que ha sido expulsada por la puritanía y se lleva el sentimiento de culpa, el doctor alcohólico: "yo no soy un filósofo -afirma Doc- soy un fatalista", el vendedor de alcohol que ejemplifica la bondad, Ringo el presidiario escapado perseguido por la necesidad de venganza. El infierno no está fuera, sino dentro de la diligencia: huyen y temen llegar a donde caminan. La hostilidad de fuera solamente es el marco en que discurre su existencia.
Es La diligencia una película esencialmente calvinista: el interior es el verdadero mundo hostil, lo que acecha en el umbral solamente es la suerte, como la bala que espera Doc en cualquier momento, y que no le molesta tanto como su pasado.
No se me ha ocurrido mejor símbolo de Estados Unidos en estos avatares. Su dentro y su fuera, su infierno y su camino.
Miran hacia afuera con temor:

Pero realmente es el dentro el que temen:
lunes, 19 de enero de 2009
Los fantasmas del limen
Permanecen ahí los muros tras siglos de sitios y pestes. Hoy han venido los bárbaros desde su oscura estepa, en largas procesiones con fásculas y luminarias, a rendir homenaje a la persistencia de la piedra y del estuco, a pesar de que saben hace décadas que nada oculta la muralla que defienden espectros aterrados, que las riquezas y mantos de marta cebellina se fueron tras las gentes temerosas de los bárbaros. Ellos, que sólo deseaban una voz hospitalaria, una promesa con sonrisa complaciente (ya sabían que era engañosa). Pero estaban los muros, ahí, para impedirlo.
Un sueño en Madinat al-Zahra, bajo la lluvia de enero, entre multitudes de bárbaros con flashes que soñábamos con estar (ser) tras esos muros:
jueves, 15 de enero de 2009
Un pensamiento en la frente
El caso es que su amigo y admirado Louis-Michel Van Loo le hizo este retrato:

A Diderot le hicieron muchos retratos. Éste no le gustaba. Obsérvense sus razones (habla de sí):
"Se le ve de frente; tiene la cabeza descubierta; los cabellos grises, tan delicados, le dan el aspecto de una vieja coqueta que todavía quiere resultar agradable; la posición es de un secretario de Estado y no de un filósofo. La falsedad del primer momento ha influido en todo lo demás. Fue la loca de la señora Van Loo, que se ponía a charlar con él mientras le pintaban, la que le dio ese aspecto, y la que lo estropeó todo. Si se hubiera sentado al clavicordio y hubiera iniciado o cantado
Non ha ragione, ingrato
Un core abbandonato
o algún otro fragmento del mismo género, el filósofo sensible hubiera cobrado un carácter totalmente distinto y el retrato lo habría reflejado. O mejor todavía, era necesario dejarle solo y abandonarle a su ensoñación. Entonces su boca se habría entreabierto, su mirada distraída se habría ido muy lejos, el trabajo en su cabeza, intensamente ocupada, se habría pintado en su rostro y Michel hubiera hecho algo bello" (citado en Fried 2000, pg 137)
El texto no tiene desperdicio: quién estropea el cuadro y por qué, y cómo debería ser un cuadro bello que captase al "verdadero" Diderot, es la lección que deja asomar el fragmento de la crítica "artística" de nuestro, por otras mil razones, amado y admirado filósofo.
El caso es que hubo un retrato que le complació. No se conserva, aunque sí se ha preservado un dibujo de su mismo autor, Jean-Baptiste Garand. Diderot considera que su mejor retrato lo ha realizado "un pobre diablo llamado Garant", y señala por qué:
"Me ha representado con la cabeza descubierta, vestido con un batín y sentado en un sillón; mi brazo derecho sujeta el izquierdo, y éste, mi cabeza; tengo el cuello de la camisa desabrochado y miro al infinito, como si meditara. En este lienzo, de hecho, estoy meditando. En él estoy vivo, respiro, tengo vitalidad, se puede ver el pensamiento en mi frente"
"Se puede ver el pensamiento en mi frente". Así es cómo quería ser retratado: déshabillé, ensimismado, como si no hubiese ningún espectador y así fuese él mismo, no como cuando conversa con la señora Van Loo. Cielos: Diderot toda su vida quiso ser aceptado como intelectual, cuando lo mejor de él es su crítica mordaz de la pasión de ser de los dandis intelectuales.En este otro retrato, Fragonard ha negociado entre los dos Diderots: el que era y el que quería ser. Nuestro personaje está entre distraído y ensimismado, entre pensativo y sonriente. También se le ve ahora un pensamiento, pero estoy seguro que es una maldad sobre alguien. Diderot auténtico.
Claro que ahora sí hay un espectador.
miércoles, 14 de enero de 2009
Eurídice en la niebla
Canta Rilke en uno de los poemas que aparecen en sus Sonetos a Orfeo,
Sólo quien comió con los muertos
la adormidera, la de ellos,
no volverá a perder
el sonido más leve
Ha descendido a los infiernos pero de ellos no trae a su amada: las imágenes no vuelven, los sueños se desvanecen al ser mirados. Pero ha sido capaz de recordar. A cambio no volverá a perder el sonido más leve.
Hay cualidades de Orfeo que me subyugan: la fragilidad, que le convierte en figura opuesta a todos los demás héroes guerreros, la sensibilidad, la atención. Es frágil pero ha descendido a los infiernos por amor: no cabe esperar mayor valentía de nadie; ha ido a donde los ángeles y héroes no se atreven a mirar. De allí ha traído la capacidad de escuchar: ha comido con los muertos la adormidera, la fuente del sueño y ahora está atento al mundo.
Pienso en una generación, la mía, y en los muchos que descendieron a los infiernos: tiempos de adormidera y paseos por el lado salvaje del que los mejores no volvieron (Lou Reed les dedicó a todos ellos un hermoso disco, Magician). Aprendieron a escuchar cuando todo era ruido y furia. Pienso en ellos, ahora que los aparentemente fuertes sólo saben gritar. Pienso en Orfeo destrozado por la furia, y me veo llevado de su mano al Hades a intentar rescatar una imagen de la memoria. La de Eurídice en la niebla llevando una maleta:
domingo, 11 de enero de 2009
Esto sí es música
Filosofía, poesía, música, ciencia,..., vida. Saberes cómo, sendas de aprendizaje que no son meros ámbitos intelectuales sino zonas de saber hacer, saber vivir, saber amar. La oscuridad y la luz sólo existen para quienes ven: para el ciego no hay oscuridad sino espacios otros.
Sofía Gubaidulina siempre supo que había de ser compositora: tuvo que llegar a ser.
PD. Vuelvo al formato anterior del blog, no me acaba de convencer el experimento.
Dejo aquí esta figura melancólica de nuestro sentido del sonido (para los que oímos mal es también nostálgica):
jueves, 8 de enero de 2009
Allí donde los sueños se forman
¿Por qué, pues, nos importa
que todo se convierta en polvo?
¿Sobre cuántos abismos he cantado,
en cuántos espejos he vivido?
No soy ni sueño ni consuelo,
y menos aún soy la gracia,
pero tal vez recordarás.
más a menudo de lo que debes,
líneas cuyo murmullo se acalla
y una mirada que oculta en su fondo
el polvo de la corona de espinas
en el silencio vivo.
Pocas voces pueden hablar sobre la memoria con mayor autoridad que Anna Ajmátova: si hubiera que pensar en una imagen que representase el siglo pasado, como estatua perdida en algún parque olvidado, en un invierno helado, elegiría sin duda su figura. Hermosa y seductora, mil veces retratada y amada en su juventud por poetas y pintores, el resto de su vida fue el sueño de un dios loco lleno de furia y ruido. Esperó horas y días a las puertas de las cárceles estalinistas para llevar algo de comida a su hijo, que murió allí como su marido y como tantos amigos que antes había visto caer. Vivió una revolución, dos guerras y el cerco de Leningrado. Había sobrevivido de milagro, apenas para contar lo que pasaba a las puertas de la prisión. Perseguida y condenada al silencio, recitaba una sola vez sus poemas en un murmullo y luego los rompía. Una noche de 1944 se encontró con Isaiah Berlin, y ambos se enamoraron para perderse en el tiempo, y volverse a encontrar por unas horas en Oxford, rehabilitada tras la muerte de Stalin en 1965, ya a punto de morir. Escribió entonces "He dormido todo el día y en mi sueño él se me ha acercado. "Te voy a decir algo, pero sólo en la cumbre de la montaña". Subimos allí. En la cumbre de una montaña montaña muy abrupta me abrazó y me besó. Reí diciendo: "Y eso es todo". "No, que vean el quinto divorcio." Y yo de repente sentí que esas extrañas palabras me decían que yo para él significaba lo mismo que él para mí". Moría al poco tiempo de haber escrito estas palabras, como si sólo hubiera vivido los últimos veinte años para llegar a escribirlas.
Si toda vida es sueño, pocas pesadillas pueden haber sido como la suya, y sin embargo con qué nostalgia habla de lo ido, como si sólo hubiera existido para ser memoria, recuerdo, hilos y líneas cuyo murmullo se acalla. Su poesía es puro requiem por un siglo oscuro que sólo fue iluminado de tiempo en tiempo por vidas como la suya.
Leo estas campañas de ateos y católicos en los autobuses persiguiendo la felicidad y se me ocurre que la vida de gente como Anna se justifica menos por la felicidad que no tuvo que por su valor para recordar y lamentar que todo se convierta en polvo, para saber que veinte años de recuerdo de un amor valen por veinte años sin haberlo experimentado, que una tarde en la puerta de una cárcel recordada en un poema valen por miles de tardes de estúpida tranquilidad. Vivir para poder escribir:
No nos adormecieron las amapolas
e ignoramos nuestra culpa.
¿Qué en las estrellas
nos reservó la tristeza?
¿qué venenos malignos
nos sirvió la tiniebla de enero?
¿Qué fulgor invisible
nos encendió hasta la aurora?
Quizá la voluntad de ser memoria.
martes, 6 de enero de 2009
Las nieblas de Avalon
martes, 30 de diciembre de 2008
El héroe tras la máscara
Héroes de todos los tiempos: leo en Mirabeau o el político, de Ortega, esta frase que me confirma la simétrica admiración que los (algunos) intelectuales sienten por los (algunos) políticos:
"Si en algún momento, por descuido trivial, se nos ocurre calificar sus acciones de egoístas, nos corregimos al punto avergonzados, porque caemos en la cuenta de que en estos hombres el ego está ocupado casi totalmente por obras impersonales, mejor dicho, transpersonales. ¿Tiene sentido decir de César que era un egoísta que vivía para sí mismo? Pero ¿en qué consistía el "sí mismo", el "yo" de César? En un afán indomable de crear cosas, de organizar la historia. Por eso toma sobre sí, con la misma naturalidad, los grandes honores y las grandes angustias. Y es inaceptable que el hombre mediocre, incapaz de buscar buscar voluntariamente y soportar estas últimas, discuta al grande hombre el derecho al grande honor y al gran placer"
Visito a menudo los estantes de biografías de las bibliotecas para admirarme de esa extraña tendencia a la adulación de los héroes, los nuevos santos contemporáneos. De vez en cuando leo alguna: compruebo que todas esas biografías son la misma biografía, como la borgiana historia universal de la infamia que no es sino repetición del mismo infame. Una historia de desprecios continuos, sarcasmos y carcajadas: la miseria humana es la cosa peor repartida del mundo. La miseria también.
lunes, 29 de diciembre de 2008
La lengua de la serpiente
Tienen mala prensa las serpientes. Figuras de la doblez, próximas a lo femenino, reminiscencias del pecado original, depositarias de la astucia, eternas adversarias de las palomas, símbolos de la paz y la sencillez. Me quedo con las serpientes, la verdad. Mis gustos ornitológicos se aproximan más a las urracas que a las palomas, y mis repulsiones, si tengo que confesarlas, se acercan más a la aracnofobia que a la herpetofobia. Me gustan las serpientes: sinuosas, bellas, amenazantes y seductoras. Son figuras del doble sentido.
Cuando aprendía filosofía, la univocidad del lenguaje, el sentido único y desambigüado para cada expresión, era el ideal de los ideales, el sueño de la lógica, la esencia de la filosofía frente al señor oscuro de la metáfora y el mito, enemigos de la civilización y el progreso. Mierda: formalizar una frase, como sabemos todos los que damos Lógica para principiantes, es un sufrimiento porque cada frase interesante es siempre malinterpretada para resolverla en unos secos símbolos que no son sino esquemas para reducir la complejidad del sentido (los alumnos que me lean deben borrar cuidadosamente este párrafo si quieren aprobar la asignatura).
Ahora que el lenguaje es un bosque por el que paseo con más tranquilidad, sé que los dobles sentidos no son la excepción sino la regla, y que todo programa que tenga como objetivo acabar con ellos es como intentar que los niños dejen de creer en los Reyes y crean en los padres. Pura ilusión.
Lo más interesante comienza cuando empezamos a sospechar que el lenguaje con el que nos hablamos a nosotros mismos, el lenguaje en el que escribimos los diarios o los blogs no es sino una lengua de serpiente. Sólo que no sabemos interpretar el otro sentido.
sábado, 27 de diciembre de 2008
El horno del herrero
Sigo con mi cruzada para intentar comprender la comprensión. Y me parece que los textos mesopotámicos y los manuales de instrucciones son buenos ejemplares para poner a prueba cualquier teoría de qué es comprender. Desde luego no es explicar, o mejor dicho: no basta con explicar. Cualquier historiador podría explicarme el texto, y quizá algún antropólogo y paleoingeniero explicarme también las reglas. ¿Las entendería?, ¿habría entendido lo que el texto dice aún sabiendo ya por qué están ahí esas normas?, ¿me consolaría el saber que nosotros sabemos mucho más de metalurgia? Quizá la explicación aún no se ha convertido en una voz de la que pueda apropiarme. Y no me interesa la idea de interpretar como jugar a ser un artesano asirio. Me imagino como asirio y como herrero, y sigo sin comprender el texto. Pero estoy seguro que un herrero asirio lo comprendía bien, y no se le ocurriría admitir a un impuro en su herrería. Sabía que el arado que estaba cociéndose en el crisol no serviría para mover los terrones y la tierra no daría fruto por su culpa.
Los encantadores asistentes del servicio informático me dicen cosas parecidas y yo las cumplo escrupulosamente. Ni por asomo se me ocurriría cerrar el sistema operativo sin las abluciones prescritas.