sábado, 28 de febrero de 2009

El paseo de los melancólicos

Me voy encontrando con tantos ojos en los que me reflejo que me parece estar en la sala de los espejos de La Dama de Shangai: la anciana con su perrito, arrastrando con la correa al único ser afectuoso que no la ha abandonado; el cincuentón al que el cardiólogo ha dado un aviso; la pareja de verdes en su bici; el empleado de banca con traje impecable de deportes; el emigrante en su chándal barato integrándose en la vida ciudadana,... El Paseo de los Melancólicos discurre desde la vieja fábrica de Mahou a Ronda de Segovia por las antiguas vías de ferrocarril que anudaban el vientre de Madrid: de Príncipe Pío a Atocha, pasando por las ya olvidadas estaciones de Delicias, Peñuelas e Imperial, hoy un pasillo verde que apenas conserva rastros de su pasado industrial. El carril bici, por el que vamos los viandantes o correteantes une ahora trozos de historia que son como pedazos del alma. Cruzo bajo el Viaducto hasta las raíces rocosas que sustentan la Almudena en el Parque de Atenas, a la sombra de Rouco: su recuerdo y su sombra me alcanzan desde hace muchos años, cuando era un oscuro vicerrector que recordaba a Richelieu. Salta en el ipod "Correcaminos, al loro" de Extremodouro: me parece adecuado al recuerdo que me había invadido, me reconcilio con todos los correcaminos que nos cruzamos con ojos entre nostálgicos y ensimismados. Llego hasta Campo del Moro, a la sombra de la sombra del poder del palacio, casi vacío como la trastienda del poder; Virgen del Puerto, tumba de Durruti, con su iglesita reconstruida por Franco ladrillito a ladrillito (políticas de la memoria del que triunfó que ahora miro con indiferencia); Ronda de Segovia, comedor de sopa boba bajo el Seminario y las Vistillas (todavía no es la hora y aún no está la cotidiana cola de seres ocultos que se agrupan ahí para sobrevivir como correcaminos que son); de nuevo Paseo de los Melancólicos, más perros, más ancianos, más empleados de banca, más ensimismados. Más Pasillo Verde; Paseo de la Esperanza, salen de misa niños y ancianos de una de las iglesias garaje que han crecido por la zona; estación de Delicias, restos del madrid industrial que fue sustituido por el madrid de los servicios, lleno ahora de correcaminos que nos encontramos sin ir a ningún lugar. "Se me acercan las paredes, se me alejan las salidas", canta Fito y los Fitipaldis; Santa María de la Cabeza: "una carrera con salidas/para las miserias de la vida", La Polla en uno de sus ácidos cantos; "todos sometidos/todos sometidos", repite el estribillo. Exacto.

jueves, 26 de febrero de 2009

Las gaviotas del Manzanares

Hace años que vivimos con la misma metáfora, pero ayer me ocurrió como si fuera la primera vez, en uno de los momentos colgados en el inevitable atasco cotidiano en el Puente de Praga. Miré a mi izquierda y allí estaban, y con ellas vino la rumbita del Gato Pérez, "¿Qué haces tú aquí/una gaviota en Madrid?". Fueron a la vez las gaviotas y la pregunta. No la gaviota en Madrid, universal extraño que no reconozco, sino aquellas gaviotas. Unas poquitas, nada de masas enormes. El Manzanares no daba más que para unas cuantas que se movían entre las aguas escasas, los desmontes de la M30, y los esbozos de un río urbanizado. Me vino entonces el pensamiento de que esa era la pregunta esencial de la vida: la que le dirigimos al otro de referencia (¿qué género tiene el otro? me cuesta entender por qué el lenguaje tiene que obligarnos a determinar los géneros, por qué el otro tiene que ser masculino, femenino, neutro o epiceno. Dejemos que el otro siga siempre ambiguo), un otro que nos plantea una pregunta sin respuesta, como la pregunta por esa gaviota en Madrid. Un ser que no está en su sitio, que trae tras él la historia de un mar que no conocemos (que quizá tampoco conozca esa persona, pero que está ahí presente, irremisiblemente nacida de su presencia en una zona errónea del mundo, del misterio de su existencia extrañada). Y nos dirigimos al otro haciendo una pregunta incontestable, deseando un relato que no nos va a contar porque no sabe hacerlo, porque su historia no responde a esa pregunta. Y nos damos cuenta que la pregunta nos la estamos dirigiendo a nosotros mismos: "¿qué haces tú aquí/una gaviota en Madrid?", que el otro que somos ante nosotros mismos tampoco sabe qué responder, que apenas le alcanza para iniciar un relato que ni siquiera tiene un "erase una vez...", porque ese "erase.." ya se ha perdido como se pierde el mar en la niebla. Y descubrimos que hasta ahora habíamos pensado la identidad como oposición (qué palabra, "oposición": palabra de vida funcionarial, una oposición como destino, que convierte a un ser en funcionario, que cree que ya es porque hizo una oposición y no repara en que toda su vida se ha convertido en oposición). Y mirando las gaviotas querríamos que nuestra vida fuese, como ellas, pura exposición. "Exposición" como contar algo que no sabemos muy bien ni donde empieza ni donde termina, ni siquiera cuál es el significado de lo que estamos contando, porque simplemente nos estamos exponiendo, exponiendo mucho al contarlo, enseñando vergüenzas que estaban ocultas, mostrando precariedades e ignorancias, dejando entrever las costuras de la vida, abandonando las oposiciones para exponerse como uno se expone al viento, como se expone a las miradas. Y en ese instante el relato se convierte en una pregunta sin respuesta: "¿qué haces tú aquí/una gaviota en Madrid?".

sábado, 21 de febrero de 2009

Las migas en la barba

Después de la voluntad de poder y de la voluntad de saber, áridas zonas de nuestra errónea naturaleza donde se han cebado las fieras culturales de la posmodernidad (Foucault et alii), me atrevo a ofrecer la tercera mejilla: nuestra voluntad de representación, "querer aparentar", que dirían nuestras madres a sus respectivas peluqueras. Voluntad de representación como voluntad de distinción. Vaya, recordemos rápidamente a Bordieu: todos nos movemos en un espacio de dos coordenadas, el capital económico y el capital simbólico (cultural, si se quiere). La estrategia de la distinción: crear barreras dentro-fuera para aislar a los que aparecen como "ricos" o "cultos" cuando no son más que pardillos o snobs (cada poco se cambian de signos de estatus: ropa, lugares, autores, etc..., hay que correr mucho para estar en el mismo sitio y estar al día). La estrategia del snob: dejar que los signos de distinción hablen de él para hacer creer (hacerse creer a sí mismo) que ya está en los mejores círculos. Vana pretensión. Los círculos de privilegio tienen siempre expertos en detectar al parvenu, generalmente un snob admitido ad hoc (recordad My Fair Lady). Situarse en un escalón siguiente es la voluntad de representación. Cuando llegué a Madrid, buscando piso, me asombraba en los anuncios del segundamano la frase "portal de representación" para caracterizar el estatus de distinción del anunciado apartamento. Ahora ya no me extraña casi nada: Madrid entero se ha convertido en un portal de representación.
Cada conversación, cada gesto, cada acción parece llevarnos al ejercicio de esa voluntad de representación: transmutamos la ignorancia en desprecio, la flaqueza de atributos en plumas de avestruz, la penuria de ambos capitales en puro teatro. El hidalgo que esparce migas en la barba para hacer creer que hoy se ha saciado.
Me espanta que perdamos el sentido de la proporción, que perdamos el derecho a la ignorancia, a mostrar la fragilidad y la penuria, que nuestra voluntad de representación desborde a nuestro deseo de presentación.

En fin, la ignorancia, la pobreza, son estadios superiores difíciles de conquistar: la miseria es no saber que no se sabe, creerse que se es rico.

Una nota de finde: la película de Claudia Llosa, La teta asustada. Me interesó mucho su anterior película, Madeinusa, sobre el Perú profundo en un tono que recordaba al mejor García Márquez del realismo mágico (ella es sobrina de Vargas LLosa). En esta película alcanza un tono más serio y merece la pena una vista y una discusión. El título hace referencia a un síndrome peruano: las hijas de las violadas en la guerra de Sendero Luminoso han mamado la angustia y el miedo de sus madres. Necesitan cura. La película, en un tono más oblicuo que la similar de Isabel Coixet, trata de la posibilidad de esa curación: una hija que en unos días de aprendizaje trata de enterrar a su madre, de quien ha heredado el miedo. Pura inteligencia. ¿Por qué son las directoras jóvenes las que están abordando temas que otros no quieren tratar?

martes, 17 de febrero de 2009

Decimatio

Querría haber titulado esta entrada Hijos de los hijos de la ira, como el título del libro de Ben Clark, premio Hiperión de poesía, y manifiesto declarado de una generación que ya está en otro lugar, desde el que mira atrás con ojos que a la vez que preguntan en sus preguntas acusan. Lo he sentido como se siente el frío del tiempo cuando me ha llegado el libro de Germán Labrador Méndez, Letras arrebatadas. Poesía y química en la transición española (Devenir, 2009). Germán es joven, muy joven. Ha acabado de acabar la tesis y ya estaba en el paro después de la beca, como toda una generación que estamos machacando. Una generación que no nos merecemos. Otros sí: Germán, no por suerte sino por méritos, ha logrado una plaza estable de profesor titular en Princeton, la primera universidad de Estados Unidos, en el departamento de estudios hispánicos, algo a lo que no podrán aspirar ni en sueños, no podremos, ni en sueños, los ya bien asentados en la cultura.
El libro de Germán fue su tesina (cielos!, cómo será su tesis), lo estoy devorando: me ha llevado a los más oscuros rincones de una memoria que no querría tener. Como toda mi generación. La memoria de la parte olvidada de la transición. Germán ha relatado la parte de una generación que cayó en manos de la Condesa Morfina, la Señora del Sueño, el Caballo, la Blanca Uría, ... una parte de la transición que no hemos relatado. Una de las historias de la transición que no han sido contadas. Una de las zonas del tiempo que no queremos revisitar. Dejaremos otras para otra entrada. Quiero unirme ahora con Germán en el recuerdo de los poetas que se quedaron en el margen.

Soy un confeso lector de wikipedia. Y cito sin escrúpulos esta entrada del término decimatio que expresa mejor que yo lo que quiero decir:


"La palabra proviene del diezmado de tropas. Se trataba de una medida excepcional que se solía aplicar en casos de extrema cobardía o amotinamiento. El castigo consistía en aislar a la cohorte o cohortes seleccionadas de la legión amotinada y dividirla en grupos de diez soldados. Dentro de cada grupo se echaba a suertes quién debía ser castigado (independientemente de su rango dentro de la cohorte) y era elegido uno, el cual debía ser castigado por los nueve restantes, generalmente por lapidación o por golpes de garrote. Los sobrevivientes eran obligados a dormir fuera del campamento de su legión, hecho de gran peligro en época de guerra. Supuestamente el castigo debía aleccionar a los soldados supervivientes y a las demás cohortes, pues la muerte podía llegar aleatoriamente, a manos de los propios compañeros, sin tener en cuenta rangos ni méritos anteriores. Sin embargo, más habitualmente, la decimatio rompía el espíritu de cuerpo y la unión entre compañeros de armas (ejecutores por sorteo de sus propios hermanos de armas), minando la confianza hacia los comandantes de las legiones que ordenaban tal castigo”


A medida que leía las páginas de Letras arrrebatadas esta palabra, decimatio, me daba vueltas en la cabeza. La explicación de wikipedia me explicó también por qué: una generación que dejó en el suelo a sus compañeros de tienda. Los más sensibles, los más perceptivos, los más débiles, los que no sabían subir por la escalera.
Recorre Germán las poéticas y los carteles y los poemas de esos quince o dieciséis años de movida, entre 1970 y 1986, los años de los que tanto se habla y tan poco se cuenta.
Querría recordar sólo algunas voces, como la de esa niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, y no encontró el jardín prometido, Blanca Andreu:


Así, en pretérito pluscuamperfecto y futuro absoluto
voy hablando del trozo de universo que yo era,
de subcutáneas estrellas de sangre
cazadas por el ángel de la anemia
en el cielo arterial,
diciendo leucocitos del alba y rio de linfa,
o bien de lo que quise:
el ligero Mediterráneo,
la prohibición de envejecer,
la gavilla del sueño barbitúrico,
y sobre todo, sobre todas las cosas,
Mozart anfetamínico preámbulo de pájaros,
Mozart en ala y aeropuerto,
arco de violín principe o piloto: Mozart el Músico.


Nombres como Eduardo Haro, Leopoldo María Panero, y todos los nombres olvidados que si escribieron un poema fue tal vez sólo en la puerta del baño del garito nocturno, un grito inaudito de ayuda. Querría recordar con este poema que también recuerda Germán, de Aníbal Núñez, nuestro Rilke, las infinitas noches de una generación que quería escapar de la cárcel de la ciudad (Salamanca en el caso de Aníbal, metáfora de todas las salamancas de la época):


Cayó la tarde y, a su fin, el ágape,
las pócimas, los filtros,
el necesario azar de impares tazas
y de la lejanía a colación: los barcos,
mares y valles comparados,
relatos ilustrando escuetos métodos
de cómo vadear ríos: (...)
No, aquí nada es disperso: aquí callamos
todos alrededor de un mármol nada mítico
pensando en los viajes que no haremos,
mostrando gestos desapasionados
(...) la soterrada
genealogía de cada uno,
que cada uno representa
en la ciudad en la que sin remedio
caemos atrapados por su mera mención.



Un día de estos una prestigiosa revista de Brown se hará eco de la inquietante historia de la transición española contada por un joven profesor de Princeton, y tal vez alguien de la prensa bienpensante, siempre atento a lo que pasa, nos ofrecerá un babélico reportaje, y quizá recordemos algo más de lo que fuimos.
Y ellos estarán allí, de nuevo cito a mi muy leído Aníbal Núñez, soñando que murieron soñando escapar una tarde de aquellas, aunque fuera en brazos de la señora fría:

Morir soñando, sí, mas si se sueña
Ilusión es la muerte, fe la vida,
Guerra la paz; y si la paz se olvida
El tiempo al fin de eternidad se adueña.
La desgana de ayer ¿qué nos enseña
Deshaciéndose en hoy? Abierta herida
El empeño de hacer que la aprendida
Ventana dé al vacío que se sueña.
No se matan los sueños con la muerte.
¿A qué representarla con tal ceño?
Morir es aprender lo ya sabido,
Vivir la vida no es negar la suerte.
No sabemos, Miguel, si es que te has ido
O sigues con nosotros en el sueño


¿Responderemos alguna vez a las preguntas de los hijos de los hijos de la ira?

domingo, 15 de febrero de 2009

Son las sombras

Es curioso que asociara a Bacon con la sombra cuando aún no había visitado la doble exposición sobre la sombra del Thyssen/CajaMadrid. El comisario es Victor I Stoichita, a quien mucho leo, autor de la Breve Historia de la Sombra (Alfaguara) que está en el origen de esta exposición. La primera parte me interesó menos, por lo conocido: la sombra como mito del origen de la pintura ( la doncella corintia de Plinio el Viejo perfilando la sombra de su amante); la sombra como constructora del volumen del barroco; la sombra ocasional de la figura en el romanticismo, salvo el divertido cuadro sobre el origen del realismo socialista, lo demás es interesante por los cuadros en sí mismos y el rescate de algunos autores. Sube el interés y se desciende a más profundidad en la segunda parte en CajaMadrid, donde se muestra la sombra en la pintura, fotografía y cine del siglo XX, o al menos de la primera mitad. Es aquí donde aparece la otra dimensión de la sombra: la sombra como presencia de la no presencia; como amenaza; como reflejo de lo no consciente; como metáfora de la opacidad de la mente:

Discutía el otro día con Guillermo de Eugenio sobre los vampiros como figura contemporánea, sobre cómo el nosferatu ha conseguido perder su temible reflejo de lo amenazador y se ha convertido en figura de la otredad, incluso de la otredad del adolescente que descubre la complejidad de lo social. Murnau había conseguido poner en imágenes a Freud: el vampiro lo llevamos dentro, por eso viaja done vayamos y amenaza a todos los que nos rodean. Dreyer lo dejó aún más claro en su inquietante Vampiro, una película que consigue levantar la aprehensión incluso o sobre todo por su mismo lamentable estado de conservación, como si fuera el vestigio de un sueño que apenas recordamos: hay sombras que se desprenden y viajan solas, presencias de lo que no está, indicios de lo que acecha en el lago oscuro de la mente



En la selección de secuencia de películas (lo que más me impresionó de la exposición) aparecen algunas de las sombras más negras de la historia del cine: el Iván de Eisenstein, la sombra de Stalin que se cierne sobre las paredes de un palacio tan cercano al Castillo Kafkiano



o las sombras por las alcantarillas de la Viena de la posguerra donde habitan los fantasmas que construyeron Europa: la especulación, el militarismo, el desprecio y el cinismo, "el tercer hombre" que siempre reflejará el uso comercial de la inteligencia. El Tercer hombre de Carol Reed es la sombra de la memoria, la pesadilla de la amistad que recordamos con afecto y que no querríamos volver a encontrar:




Si Freud es el Señor de las Sombras, su profeta es, para mí, sin duda, a pesar de otros arcángeles de lo oscuro, Dreyer. Es quien asocia la luz y la sombra en los cimientos del imaginario. Gertrud en la sombra. Paredes de una habitación que miramos los espectadores del deseo que somos.




Decía Pasolini en uno de su poemas tardíos: "adoro la luz sólo si no ofrece esperanza". Cierto: es la madre de la sombra, la proyección de la presencia de la ausencia. Si la sombra hizo la pintura, la fotografía ha convertido la sombra en la proyección de los fantasmas de la mente.

martes, 10 de febrero de 2009

El misterio del zelote

Toda la reacción visceral que me producen las personalidades fanáticas no consigue extirpar una pregunta por ciertas formas de estar en la vida que adoptan medios y formas radicales. Me surge esta pregunta más bien tonta por dos referencias con las que me he topado por casualidad en estos días de tedio invernal. La primera fue hace un par de semanas cuando, huyendo de la programación televisiva a la hora de cenar, y acudiendo al reservorio ya casi exhausto de la magra biblioteca de Puerta de Toledo, tuve ocasión de ver, que no revisitar, la película de Michael Curtiz de 1940 Santa Fe Trail. La otra, también hace unos días, con ocasión de La conversación de Descartes y Pascal en el Teatro Español con Josep Maria Flotats. Ambas representaciones tan distantes y distintas coinciden en presentar como insoportables fanáticos a dos personajes a los que el juicio de la historia debería pensar con cierto cuidado: el abolicionista John Brown, colgado en 1959 tras una fallida insurrección armada, y el torturado y frágil filósofo Pascal. Ambos fueron fundamentalistas: puritano y jansenista, respectivamente. Le he dado muchas vueltas en estos días a ambas imágenes.
La película de Michael Curtiz es clara y abiertamente ideológica. La historia es muy compleja y tiene que ver con algunos de los fantasmas contemporáneos de los Estados Unidos: en los territorios abiertos de Kansas, las tensiones entre abolicionistas y proesclavistas convirtieron las praderas en un territorio abierto de luchas para conseguir o evitar que Kansas fuera un estado esclavista. John Brown se convirtió en guerrero de la causa antiesclavista, quiso armar a los negros y asaltó el arsenal de Harper Ferry en Virginia donde fue apresado por una compañía de marines madada por Robert E. Lee. Se le juzgó y condenó a muerte. Emerson, Thoreau y Victor Hugo se adhirieron a su causa y Thoreau escribió en el periódico de Concord un sentido homenaje que puede leerse en la red. Ha sido siempre un personaje de controversia. Se le ha descrito como un zelote fanático que quiso resolver el problema de la esclavitud con las armas. Victor Hugo anunció proféticamente que su muerte era el presagio de una horrible guerra civil que ¿ha terminado ahora?




Pero la película de Michael Curtiz, protagonizada por Olivia de Havilland, Errol Flynn y Ronald Reagan (como marines) toma un partido muy claro contra John Brown, a favor de la "unidad" del estado y de la comprensión del esclavismo, y dibuja a Brown como un loco sediento de sangre (curioso, Curtiz, autor de Casablanca, húngaro emigrado a Austria, luego a Alemania, luego a Estados Unidos, que nunca llegó a hablar bien inglés, meditando sobre el más complicado y pantanoso de los hilos históricos de ese país). El retrato de Thoreau, que le conoció y admiró, es sumamente sensato y va en la dirección contraria. Admiraba a Brow y a su causa sin reparos.



El diálogo de Descartes y Pascal, por su parte, hace lo propio con Pascal: una caricatura de ser frágil, loco, fanático y anticientífico (él, que está en la base de la transformación probabilística que sucedería poco a poco en la ciencia). Frente a Pascal, Descartes, todo sentido común, bonhomía y sabiduría de la vida.
¿Por qué?
La estrategia de convertir en fanático al otro es extremadamente efectiva, es la mejor de las armas de la retórica. ¡Estás loc@!, es una de las respuestas en la disputa que ahorran cualquier ulterior aportación de datos.
No sé ponerme del lado de John Brown ni de Pascal, no sé de qué lado estoy, me faltan datos: pero sé que fueron seres complejos que no solamente estuvieron en la historia sino que la hicieron, y que la hicieron, como sostiene Thoreau de Brown, no limitándose a mirar o predicar.
¿Cuál es el paso resbaladizo que hace que alguien se convierta en zelote insufrible? Tengo que reconocer que mi lugar, si lo tengo, debe estar entre los fariseos, pero no dejo de preguntarme por los zelotes.
¿Qué mira Blaise Pascal?

sábado, 7 de febrero de 2009

Sombra de hombre

El aullido del poderoso: en su jaula, rodeado de los lazos del poder, cayendo una lluvia de cenizas, amarrado a la silla como si a la cruz fuera,..., así representó Francis Bacon al inocencio x de todos los poderosos del mundo. Más que en distorsión, sus figuras se difuminan en el espacio de amplios desiertos de hirientes naranjas o grises. Bacon consigue que las carnaciones, los rosas y los blancos produzcan desasosiego, como si uno estuviese explorando el estrato de la mente donde está la puerta de los sueños.





Aún si reponerme de la visita a la exposición del Prado, he aprendido más de lo que quisiera de la vida y de la muerte. También de arte: por ejemplo, el rechazo que su pintura manifiesta a todo el expresionismo abstracto. En la entrevista que exhiben en el Prado pregunta con sarcasmo "No recuerdo el término técnico...¿expresionismo abstracto?, sí, expresionismo abstracto. Era lo que Rembrandt hacía". Él, sin embargo, fue capaz de representar lo abstracto de la conciencia, el lugar donde la forma se pierde y sólo quedan los detalles, como la carne y las vísceras, el horror y el deseo, los violentos malvas de la maldad. Babuinos, crucificados, papas, amantes muertos: cuerpos que cuelgan, sombras de hombre que ha sido.

Picad en esa imagen y meditad un instante sobre el lobo en su celda

miércoles, 4 de febrero de 2009

Los simbiontes de Cascorro

Dejé hilos sueltos por mi cabeza en la última entrada y mejor los anudo ahora antes de que se desvanezcan. Vuelvo sobre esos seres creativos que logran sobrevivir cuando el resto ha agotado sus esperanzas: simbiontes como los que habitan durante el día la Plaza de Cascorro, con sus viejas furgonetas esperando un encargo de guardamuebles, un traslado de estudiantes, un viaje a por el sofá de la abuela, el traslado del aparador barato desde el centro comercial. Los recordé al oir la irritada respuesta a una pregunta de una entrevistadora por parte de un transportista tradicional acerca de esos "piratas" del transporte. Sí, vale, no voy a hablar a favor de la economía sumergida, no se trata de eso, sino de la supervivencia y creatividad sumergida: mientras respondía amenazante, la cámara nos mostraba a unos transportistas a las puertas de los centros comerciales ofreciendo sus servicios. No había otros más que ellos. Los centros comerciales son ahora nuevos espacios, es algo notorio, pero también lo es la carencia de servicios. La economía oficial aún no ha descubierto esas explanadas de cemento. Los simbiontes sí: saben que allí hay una necesidad y se ofrecen a cubrirla. Hacen innovación sin un sistema nacional de i+d+i. No necesitan tecnología punta: su inteligencia les sobra.
El ruido de las emisoras y los comentaristas sobre la crisis es estridente y ensordecedor. Gritan los números, las estadísticas. Hay que esperar sin embargo a las llamadas de la gente para informarse de algo. Porque cada caso nos señala con mucha más claridad lo que pasa que la adición a los índices abstractos. Es entonces cuando sueño con simbiontes.
Los simbiontes se hacen visibles cuando la oscuridad se cierne sobre la ciudad: son los pocos que iluminan las salidas. Se me ocurre que las cosas aún no deben estar tan mal cuando no hay sentido de emergencia. Aún no sabemos, por ejemplo, qué salario reciben los periodistas estrella que claman contra la crisis; aún no sabemos qué ocurre con los capitales que escapan al control de todos los gobiernos; aún no sabemos cuáles son los recursos con los que contamos. En situaciones de emergencia necesitamos una mirada de simbionte para hacer inventario de nuestras posibilidades: qué tiempos y qué salarios (ofrezco el mío el primero) podemos empezar a repartir, qué medidas colectivas, qué redes, qué sistemas de solidaridad necesitamos. Cuando la irritación empiece a mostrar sus frutos nos acordaremos de nuestra incapacidad para pensar. Recuerdo la crisis del corralito argentina. Argentina es un país curioso. Está lleno de gente que no confía en el gobierno. Cuando las cosas van mal se irritan muy rápidamente, pero también se organizan: en unos meses habían nacido comedores colectivos, redes de apoyo social, formas de arroparse colectivamente en el desastre. Mostraron en la práctica lo que la teoría de la acción colectiva señala en la teoría: que en situaciones de catástrofe las masas dejan de ser masas y se organizan en redes de apoyo mutuo; que el miedo se convierte en ayuda voluntaria; que las teorías del egoísmo esencial de los humanos son un invento ideológico para justificar el egoísmo de unos cuantos. Luego, así de frágiles somos, esas redes fueron colonizadas no por los simbiontes sino por los parásitos que pretendieron alguna renta política del hambre: la teoría de juegos también predice esas infecciones. Da igual. No me importan los parásitos, sino la viva luz que emiten los simbiontes cuando las cosas vienen mal.
Cuando paso por Cascorro miro a esas furgonetas con los ojos del discípulo que quiere aprender a vivir de los maestros de la subsistencia.

sábado, 31 de enero de 2009

Lápices de colores

Esta mañana lo sentí de pronto, en medio del puente, ese dulzor agrio que se extiende por el pecho cuando te invade una nostalgia que aún no sabes nombrar. El nombre llegó en unos instantes: lápices de colores; Alpino; al tiempo que el sentimiento me llegó el olor de conífera que desprendían, el tacto de laca barata de la pintura que recubría el lápiz, la infinita alegría de aquellos regalos de navidad, con un cuaderno y un par de juguetes de latón, la desilusión de los dibujos que mi inexperta mano se negaba a perfilar. El sentido agridulce me dejó el recuerdo de la ilusión de la pobreza. Fue entonces cuando los ví: intentaban arrancar el automóvil, un renault de los años ochenta, en la cuesta del descampado. Descubrí la chabola en un lugar inverosímil, colgada en el terraplén de la curva por la que se sube a la urbanización. Dos casetos simétricos con plásticos a la entrada. Cuidadosamente escondidos para no estropear la vista. Intentaban arrancar el coche de mañana, después de las heladas, acelerando cuidadosamente y llenando de humo la trasera. Gitanos rumanos, vete a saber. No pude evitar un recuerdo de hace pocos años. Un arquitecto había colgado del Museo Carrillo Gil de México DF una extraña armadura de maderas en las que había construido su vivienda. No recuerdo ahora el nombre (en el Reina volvieron a exponer las fotografías de la instalación con ocasión del año dedicado a México en ARCO). Estaba allí, como una escrecencia en la limpia blancura de las líneas del museo: simbiontes, se llamaba. Llamaba a colonizar la ciudad estableciendo estructuras de simbiosis. El nombre me llegó como los lápices alpinos, e inmediatamente lo asocié a otro adjetivo que seguramente muchos les habrían dedicado: parásitos. Pero no. Son simbiontes. Colonizan los nichos ecológicos que crean las culturas contemporáneas, adivinan los huecos y ven los espacios y las posibilidades que no ve el personal que sale cegado de ese túnel de nuevos ricos en el que hemos habitado los últimos años. Parásitos, decimos, cuando quizá son los videntes de un mundo miope. Discriminan desde la miseria de posibilidades en la que viven las posibilidades de la miseria. En inglés hay un dicho que más o menos, si no recuerdo mal, es "when the goings get tough, the tough gets going", cuando la cosa viene dura, los duros se ponen en marcha. Pero quizá hayamos perdido esa dureza, no recordemos ya el olor de los lápices y no veamos más claroscuros que los que dejan las luces de neón.
Pensamos en el "otro" en términos algo románticos: otreidades que en realidad son sólo diferencias cercanas y muy familiares. La otreidad del simbionte, casi invisible, cada vez más invisible, nos pasa desapercibida. Como los lápices alpino que aún quedan en los escaparates de las papelerías de barrio.

¿Como será la ciudad vista con los ojos del simbionte?

sábado, 24 de enero de 2009

Circumdederunt me, gemitus mortis

Sigo pensando en lo que significa la elección de Obama. Mis amigos siguen suministrándome claves que sigo como perro por rastrojo en busca de la comprensión de lo que pasa. Fernando Rodríguez de la Flor acaba de darme otra inapreciable clave. Estoy escuchando ahora la Missa pro Defunctis de Cristábal de Morales, el gran compositor español, publicada en 1544 cuando era miembro del coro papal, pero, y es lo que me importa ahora, cantada en la catedral de Toledo en 1598 en el funeral de Felipe II. La presentación del disco es interesante, imagina esos momentos: "Amanece, las campanas tocan con lentitud en Toledo. Una procesión serpentea a través de las calles. Cubiertos por sus negras vestimentas de luto, el Arzobispo preside la procesión seguido de los altos dignatarios eclesiásticos y de la nobleza ordenados según su rango. El cortejo se detiene en ciertos lugares predeterminados donde el coro entona un responso. Cada estación representa una jornada del alma del muerto en su camino hacia la salvación eterna. Cuando los dignatarios entran en la Catedral, siempre oscura y en sombras, se abruman ante la luz de miles de velas que cubren el monumento funeral, el catafalco, una enorme construcción tan grande como la misma catedral, adornada con textos en latín en honor del muerto. El silencio desciende sobre el templo y la invitación solemne : "Circumdederunt me, gemitus mortis" inicia los maitines de muerto." Así reza el comienzo de Paul McCreesh y Grayson Wagstaff en su presentación del disco. Clavan el significado del Requiem. Fernando Rodríguez de la Flor nos contó el otro día cómo un imperio ensimismado sustituyó el poder por la celebración del poder y cómo el Barroco español no puede entenderse sino como una continua reflexión sobre un poder evanescente y frágil que se está yendo y cómo el abandono de este mundo es la condición de su existencia. Recordaba Fernando el maravilloso poema cervantino del valentón ante el catafalco que fue construido en Sevilla, también para conmemorar la muerte del emperador:

Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla;
porque ¿a quién no sorprende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?

Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla!,
Roma triunfante en ánimo y nobleza.

Apostaré que el ánima del muerto
por gozar este sitio hoy ha dejado
la gloria donde vive eternamente.

Esto oyó un valentón, y dijo: "Es cierto
cuanto dice voacé, señor soldado.
Y el que dijere lo contrario, miente."

Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.


Un soldado derrotado, que llega de Flandes, pobre y melancólico, viendo cómo el imperio se descompone, cómo su vida dedicada a la dura batalla ha quedado en una extrañada vida de quien ya no tiene sentido, y llega a un catafalco que celebra la muerte con unos fastos que aplastan la dimensión humana por una representación de lo divino en la Tierra.

Que los imperios caen no es una idea extraña: es la idea sobre la que ha sido construida la cultura que nos habita. Unos imperios caen y nosotros somos los sucesores: es el pensamiento imperialista presente en nuestra cultura. Los imperios caen y nosotros debemos celebrar la muerte pues es nuestro destino: es la modernidad del sur, lo que aportamos a la esencia de Europa.

El Requiem de Morales es un hermoso y emocionante diálogo entre el coro masculino y femenino sobre la fragilidad humana y lo efímero del poder. El imperio filipino optaba por lo efímero; Obama ha elegido lo épico, pero observo, o al menos siento, que la misma melancolía preside las dos ceremonias. Observo el espectáculo del Mall, entre el Congreso y el monumento a Washington, y voto a dios que me espanta esta grandeza y que diera un doblón por describilla.

miércoles, 21 de enero de 2009

El mundo hostil

En estos días que todo han sido gestos simbólicos en la elección de Obama, no encontraba un lugar desde el que pensar sobre las liturgias de la sucesión y el cambio. Carlos Thiebaut me dio una clave: una de las piezas que se tocaron en la ceremonia fue un cuarteto compuesto por John Williams, el compositor de las bandas de La guerra de las galaxias, La lista de Schlinder, El patriota,... El cuarteto, Air and Simple Gifts fue ejecutado en la ceremonia por Gabriela Montero, Anthony McGill en el clarinete, Itzhak Perlman y Yo-Yo Ma. El clarinete introduce en un momento el tema Simple Gifts, una canción cuáquera sobre la libertad y la simplicidad de la vida del pionero, que Aaron Copland popularizó como tema de Appalachian Spring. Cuando Carlos me contó la secuencia de símbolos me pareció coherente y emotiva: Copland fue perseguido por la caza de brujas. Como muchos, había despertado a la política por la Guerra Civil española. En los años cincuenta, se fue distanciando del estalinismo y profundizando en la filosofía de la libertad de la frontera. No ha sido mala elección la del equipo de Obama.
Lo he recordado y celebrado volviendo a ver La diligencia, The Stagecoach de John Ford de 1939, recordando también la fecha. La diligencia es una meditación sobre lo interior y exterior en un mundo hostil. Lo hostil está fuera, el peligro de los apaches y de los hermanos Plummer, a los que ha de enfrentarse Ringo. Pero el peligro real lo llevan los personajes dentro: el banquero ladrón, el jugador antiguo aristócrata confederado, que huye de su padre, la esposa del guerrero embarazada, que se siente atraída por el jugador, en el que reconoce a su clase, la casquivana Dallas, que ha sido expulsada por la puritanía y se lleva el sentimiento de culpa, el doctor alcohólico: "yo no soy un filósofo -afirma Doc- soy un fatalista", el vendedor de alcohol que ejemplifica la bondad, Ringo el presidiario escapado perseguido por la necesidad de venganza. El infierno no está fuera, sino dentro de la diligencia: huyen y temen llegar a donde caminan. La hostilidad de fuera solamente es el marco en que discurre su existencia.
Es La diligencia una película esencialmente calvinista: el interior es el verdadero mundo hostil, lo que acecha en el umbral solamente es la suerte, como la bala que espera Doc en cualquier momento, y que no le molesta tanto como su pasado.
No se me ha ocurrido mejor símbolo de Estados Unidos en estos avatares. Su dentro y su fuera, su infierno y su camino.

Miran hacia afuera con temor:




Pero realmente es el dentro el que temen:

lunes, 19 de enero de 2009

Los fantasmas del limen




Permanecen ahí los muros tras siglos de sitios y pestes. Hoy han venido los bárbaros desde su oscura estepa, en largas procesiones con fásculas y luminarias, a rendir homenaje a la persistencia de la piedra y del estuco, a pesar de que saben hace décadas que nada oculta la muralla que defienden espectros aterrados, que las riquezas y mantos de marta cebellina se fueron tras las gentes temerosas de los bárbaros. Ellos, que sólo deseaban una voz hospitalaria, una promesa con sonrisa complaciente (ya sabían que era engañosa). Pero estaban los muros, ahí, para impedirlo.




Un sueño en Madinat al-Zahra, bajo la lluvia de enero, entre multitudes de bárbaros con flashes que soñábamos con estar (ser) tras esos muros:



jueves, 15 de enero de 2009

Un pensamiento en la frente

Es difícil pillar a Diderot en un renuncio. Pues sí: el autor de El sobrino de Rameau, el gran manifiesto sobre la espontaneidad y la sinceridad, tiene sus momentos. Lo encuentro en el inteligentísimo libro de Michael Fried, El lugar del espectador, que versa sobre cómo el ensimismamiento, entre otras actitudes y pasiones, se convirtió en un tema central de la pintura francesa de la segunda mitad del XVIII. Diderot era un crítico apasionado, que creía en la capacidad de la imaginación del buen pintor para captar el auténtico estado mental del retratado, como si no hubiese espectadores y al sujeto representado se le pudiese captar en ese momento de absoluta intimidad que refleja su verdadero ser.
El caso es que su amigo y admirado Louis-Michel Van Loo le hizo este retrato:



A Diderot le hicieron muchos retratos. Éste no le gustaba. Obsérvense sus razones (habla de sí):

"Se le ve de frente; tiene la cabeza descubierta; los cabellos grises, tan delicados, le dan el aspecto de una vieja coqueta que todavía quiere resultar agradable; la posición es de un secretario de Estado y no de un filósofo. La falsedad del primer momento ha influido en todo lo demás. Fue la loca de la señora Van Loo, que se ponía a charlar con él mientras le pintaban, la que le dio ese aspecto, y la que lo estropeó todo. Si se hubiera sentado al clavicordio y hubiera iniciado o cantado

Non ha ragione, ingrato
Un core abbandonato

o algún otro fragmento del mismo género, el filósofo sensible hubiera cobrado un carácter totalmente distinto y el retrato lo habría reflejado. O mejor todavía, era necesario dejarle solo y abandonarle a su ensoñación. Entonces su boca se habría entreabierto, su mirada distraída se habría ido muy lejos, el trabajo en su cabeza, intensamente ocupada, se habría pintado en su rostro y Michel hubiera hecho algo bello" (citado en Fried 2000, pg 137)

El texto no tiene desperdicio: quién estropea el cuadro y por qué, y cómo debería ser un cuadro bello que captase al "verdadero" Diderot, es la lección que deja asomar el fragmento de la crítica "artística" de nuestro, por otras mil razones, amado y admirado filósofo.
El caso es que hubo un retrato que le complació. No se conserva, aunque sí se ha preservado un dibujo de su mismo autor, Jean-Baptiste Garand. Diderot considera que su mejor retrato lo ha realizado "un pobre diablo llamado Garant", y señala por qué:

"Me ha representado con la cabeza descubierta, vestido con un batín y sentado en un sillón; mi brazo derecho sujeta el izquierdo, y éste, mi cabeza; tengo el cuello de la camisa desabrochado y miro al infinito, como si meditara. En este lienzo, de hecho, estoy meditando. En él estoy vivo, respiro, tengo vitalidad, se puede ver el pensamiento en mi frente"

"Se puede ver el pensamiento en mi frente". Así es cómo quería ser retratado: déshabillé, ensimismado, como si no hubiese ningún espectador y así fuese él mismo, no como cuando conversa con la señora Van Loo. Cielos: Diderot toda su vida quiso ser aceptado como intelectual, cuando lo mejor de él es su crítica mordaz de la pasión de ser de los dandis intelectuales.
En este otro retrato, Fragonard ha negociado entre los dos Diderots: el que era y el que quería ser. Nuestro personaje está entre distraído y ensimismado, entre pensativo y sonriente. También se le ve ahora un pensamiento, pero estoy seguro que es una maldad sobre alguien. Diderot auténtico.
Claro que ahora sí hay un espectador.



miércoles, 14 de enero de 2009

Eurídice en la niebla

Me dejo tropezar con un volumen que descansa en mi mesa, regalo de su autor David Hernández: Orfeo, dedicado al mito, una bella selección de textos a lo largo de la historia hasta llegar a la presencia del mito en el arte contemporáneo (el descenso a los infiernos como tema del cine contemporáneo, la desaparición y la pérdida, la fragilidad y la poesía). Orfeo baja a los infiernos buscando a su Eurídice muerta y la pierde por no ser capaz de no mirarla mientras vuelve del Hades. Orfeo: poeta y músico ritualmente muerto a manos de las bacantes. Un mito de mitos.
Canta Rilke en uno de los poemas que aparecen en sus Sonetos a Orfeo,

Sólo quien comió con los muertos
la adormidera, la de ellos,
no volverá a perder
el sonido más leve


Ha descendido a los infiernos pero de ellos no trae a su amada: las imágenes no vuelven, los sueños se desvanecen al ser mirados. Pero ha sido capaz de recordar. A cambio no volverá a perder el sonido más leve.
Hay cualidades de Orfeo que me subyugan: la fragilidad, que le convierte en figura opuesta a todos los demás héroes guerreros, la sensibilidad, la atención. Es frágil pero ha descendido a los infiernos por amor: no cabe esperar mayor valentía de nadie; ha ido a donde los ángeles y héroes no se atreven a mirar. De allí ha traído la capacidad de escuchar: ha comido con los muertos la adormidera, la fuente del sueño y ahora está atento al mundo.
Pienso en una generación, la mía, y en los muchos que descendieron a los infiernos: tiempos de adormidera y paseos por el lado salvaje del que los mejores no volvieron (Lou Reed les dedicó a todos ellos un hermoso disco, Magician). Aprendieron a escuchar cuando todo era ruido y furia. Pienso en ellos, ahora que los aparentemente fuertes sólo saben gritar. Pienso en Orfeo destrozado por la furia, y me veo llevado de su mano al Hades a intentar rescatar una imagen de la memoria. La de Eurídice en la niebla llevando una maleta:

domingo, 11 de enero de 2009

Esto sí es música

Mientras escribo esta reflexión, nacida al compás del compás de la música que Radio Clásica ofrece en su programa de "Carta Blanca a", en este caso dedicado a la compositora tártara Sofía Gubaidulina (un hermoso proyecto en el que participó mi admirado Ramón del Castillo organizando el volumen y varios programas sobre Elliot Carter, disponibles como podcasts en Radio Clásica, y ejemplos de cómo filosofía y música están tan cerca como filosofía y poesía, o filosofía y ciencia), me afirmo en mi convencimiento de que hay ámbitos o ejemplos privilegiados de cómo los humanos damos sentido a las cosas transformándonos a nosotros mismos y no meramente ejerciendo el entendimiento mental. El compositor da sentido a los silencios, a los tonos, a las notas, a la melodía, al ritmo, etc..., hechos que, aislados, no son sino ruido o silencio y juntos son el sagrario de nuestra identidad. ¿Cómo es que ciertas sartas de hechos adquieren esa compacidad con la que nuestro espíritu se encuentra como ante un espejo que revela los estratros más profundos de nuestro ser? En la vida, no hay hechos sino acontecimientos, actos que cobran sentido por su relación con otros actos y con otras personas, actos que exigen una cierta forma de habilidad, la que llamamos formación. Hay que haber sido para que eso ocurra. Muchos intelectuales, demasiado intelectualistas, están en contra de las destrezas y habilidades: destrezas en escribir, destrezas en componer e interpretar, pero no no hay otro modo de dar sentido que mediante la habilidad práctica; se equivocan. La luna del cazador es un espacio en el que el nómada interpreta cada ruido, olor, huella, como senda de la presa: sabe cómo.
Filosofía, poesía, música, ciencia,..., vida. Saberes cómo, sendas de aprendizaje que no son meros ámbitos intelectuales sino zonas de saber hacer, saber vivir, saber amar. La oscuridad y la luz sólo existen para quienes ven: para el ciego no hay oscuridad sino espacios otros.
Sofía Gubaidulina siempre supo que había de ser compositora: tuvo que llegar a ser.

PD. Vuelvo al formato anterior del blog, no me acaba de convencer el experimento.

Dejo aquí esta figura melancólica de nuestro sentido del sonido (para los que oímos mal es también nostálgica):

jueves, 8 de enero de 2009

Allí donde los sueños se forman

El 6 de junio de 1963 escribía en Moscú Anna Ajmátova

¿Por qué, pues, nos importa
que todo se convierta en polvo?
¿Sobre cuántos abismos he cantado,
en cuántos espejos he vivido?
No soy ni sueño ni consuelo,
y menos aún soy la gracia,
pero tal vez recordarás.
más a menudo de lo que debes,
líneas cuyo murmullo se acalla
y una mirada que oculta en su fondo
el polvo de la corona de espinas
en el silencio vivo.


Pocas voces pueden hablar sobre la memoria con mayor autoridad que Anna Ajmátova: si hubiera que pensar en una imagen que representase el siglo pasado, como estatua perdida en algún parque olvidado, en un invierno helado, elegiría sin duda su figura. Hermosa y seductora, mil veces retratada y amada en su juventud por poetas y pintores, el resto de su vida fue el sueño de un dios loco lleno de furia y ruido. Esperó horas y días a las puertas de las cárceles estalinistas para llevar algo de comida a su hijo, que murió allí como su marido y como tantos amigos que antes había visto caer. Vivió una revolución, dos guerras y el cerco de Leningrado. Había sobrevivido de milagro, apenas para contar lo que pasaba a las puertas de la prisión. Perseguida y condenada al silencio, recitaba una sola vez sus poemas en un murmullo y luego los rompía. Una noche de 1944 se encontró con Isaiah Berlin, y ambos se enamoraron para perderse en el tiempo, y volverse a encontrar por unas horas en Oxford, rehabilitada tras la muerte de Stalin en 1965, ya a punto de morir. Escribió entonces "He dormido todo el día y en mi sueño él se me ha acercado. "Te voy a decir algo, pero sólo en la cumbre de la montaña". Subimos allí. En la cumbre de una montaña montaña muy abrupta me abrazó y me besó. Reí diciendo: "Y eso es todo". "No, que vean el quinto divorcio." Y yo de repente sentí que esas extrañas palabras me decían que yo para él significaba lo mismo que él para mí". Moría al poco tiempo de haber escrito estas palabras, como si sólo hubiera vivido los últimos veinte años para llegar a escribirlas.
Si toda vida es sueño, pocas pesadillas pueden haber sido como la suya, y sin embargo con qué nostalgia habla de lo ido, como si sólo hubiera existido para ser memoria, recuerdo, hilos y líneas cuyo murmullo se acalla. Su poesía es puro requiem por un siglo oscuro que sólo fue iluminado de tiempo en tiempo por vidas como la suya.
Leo estas campañas de ateos y católicos en los autobuses persiguiendo la felicidad y se me ocurre que la vida de gente como Anna se justifica menos por la felicidad que no tuvo que por su valor para recordar y lamentar que todo se convierta en polvo, para saber que veinte años de recuerdo de un amor valen por veinte años sin haberlo experimentado, que una tarde en la puerta de una cárcel recordada en un poema valen por miles de tardes de estúpida tranquilidad. Vivir para poder escribir:

No nos adormecieron las amapolas
e ignoramos nuestra culpa.
¿Qué en las estrellas
nos reservó la tristeza?
¿qué venenos malignos
nos sirvió la tiniebla de enero?
¿Qué fulgor invisible
nos encendió hasta la aurora?

Quizá la voluntad de ser memoria.

martes, 6 de enero de 2009

Las nieblas de Avalon

En una historia de las civilizaciones que he tomado estos días como lectura de última hora, en un volumen dedicado a la alta edad media, una época fascinante por lo desconocido y complejo, me asomo a espacios desconocidos como la Armenia de los siglos VII y VIII, o Bulgaria, o los imperios sasánidas, ..., o Inglaterra, la creadora de leyendas que nos han constituido. Creo comprender la fascinación de Borges. Los britano-romanos, desbordados por los irlandeses, por los germanos, por pictos y escotos, por los vikings, una cultura que vuelve de la ciudad al campo, que se funde en la niebla y crea un territorio de relatos que habrán de ser contados por generaciones. Entiendo a quienes aborrecen las metáforas que envuelven héroes guerreros. Entiendo a Simone Weil cuando lee La Iliada como un poema sobre la fuerza. Entiendo una época en la que los héroes son víctimas y en la que la figura poética es la de los ángeles ("Todo ángel es terrible..."). Lo entiendo y sin embargo me pierdo en las nieblas de Avalon: el último guerrero que sabe perdida su batalla, que sabe a su señor huido, que sabe al enemigo a las puertas, que sabe su propia fragilidad y decide quedarse allí. Sin testigos, sin proyectos, sin dramas, sin gestos. Leí con fruición los relatos de El Príncipe Valiente, y seguramente es de esas imágenes de donde me llegan estas figuras. Pero no por eso dejan de estar ahí: el que sabe que el sentido de su acción es que no tiene sentido y, sin embargo, ...

martes, 30 de diciembre de 2008

El héroe tras la máscara

La película de Paolo Sorrentino, Il divo, sobre la vida de Giulio Andreotti, el dirigente italiano que sobrevivió a todos los eternos cambios políticos por más de cincuenta años, y a casi todos sus competidores, adversarios y enemigos, me suscita preguntas que no logro responder adecuadamente. La película es más inteligente que conmovedora. Narra hechos bien conocidos de un personaje público muy conocido también: juega con muy pocos elementos. Mucho ritmo narrativo, una cámara nerviosa, música agobiante, y descansa sobre la interpretación increíble de Toni Servillo, que construye un personaje entre la caricatura y el retrato. No carece de sarcasmo, en muchos momentos es francamente jocosa, como en un curioso enfoque de Andreotti en el que aparece sentado y la cámara nos descubre que es en ese trono tan poco meritorio al que nos llevan las más humildes necesidades. Merece una vista, se disfruta en ella, pero no es eso de lo que querría hablar: se trata de la cosa en sí, de Giulio Andreotti, un personaje que siempre me resultó un ejemplar paradigmático del poderoso en política, del poderoso en general. Gente de la que uno se pregunta qué sienten o piensan cuando dejan la máscara del personaje. La película también se hace constantemente esa pregunta y deja la respuesta en blanco. Quizá, uno diría, porque la respuesta está en blanco también: tal vez estos personajes, como el ciudadano Kane que tanto cito, sean triviales, tiernos y simples, seres a los que en realidad lo que les gusta es el chocolate y mirar culos. Tal vez no: tal vez sean seres oscuros con designios complicados y mentes intelectualmente complejísimas que no alcanzamos a entender los mortales. Andreotti jugaba a ese papel: quería ser considerado un intelectual. No conozco un poderoso que al final de su carrera no quiera ser considerado un intelectual (¿qué tendrá la cosa intelectual?). Andreotti sobrevivió a todos, manipuló a todos, miró a todos por encima de sus cargados hombros, y uno sentía el desprecio universal que desprendía su mirada. No me preocupa si ha sido feliz. Es más que posible que sí. Es una tontería pensar que el poder y el dinero no hacen felices a quienes los detentan. No me hago ilusiones de pobre iluso: me preocupa más de esos personajes el halo de misterio que logran crear con su impasibilidad. La cuestión que me planteo no es qué sienten, sino la de por qué atrae tanto descubrir el secreto tras la máscara del poder, cuando lo que realmente sería fascinante sería conocer los secretos de las máscaras de quienes no lo tienen. Cuando Felipe González estaba en el poder, me dedicaba a observabar con curiosidad a todos los que se sentían como oráculos de sus mínimos gestos (con Aznar pasaba lo mismo). Eternamente pendientes de cuál sería su pensamiento real, su estrategia, su sentimiento, colgados de sus signos: vanas formas de perder el tiempo.
Héroes de todos los tiempos: leo en Mirabeau o el político, de Ortega, esta frase que me confirma la simétrica admiración que los (algunos) intelectuales sienten por los (algunos) políticos:

"Si en algún momento, por descuido trivial, se nos ocurre calificar sus acciones de egoístas, nos corregimos al punto avergonzados, porque caemos en la cuenta de que en estos hombres el ego está ocupado casi totalmente por obras impersonales, mejor dicho, transpersonales. ¿Tiene sentido decir de César que era un egoísta que vivía para sí mismo? Pero ¿en qué consistía el "sí mismo", el "yo" de César? En un afán indomable de crear cosas, de organizar la historia. Por eso toma sobre sí, con la misma naturalidad, los grandes honores y las grandes angustias. Y es inaceptable que el hombre mediocre, incapaz de buscar buscar voluntariamente y soportar estas últimas, discuta al grande hombre el derecho al grande honor y al gran placer"

Me siento muy mediocre, la verdad (discutiría con Ortega estas reveladoras palabras, y quizá me preguntaría si nuestro filósofo está hablando de César o de sí mismo, pero un mediocre como yo no debería atreverse a estas preguntas). Todos los poderosos, tiendo a creer, lo son del mismo modo; cada uno de los dominados, estoy seguro, lo es de forma diferente: desvelar la máscara del héroe, si se logra, llevaría a quien se empeñe en esta poco interesante tarea, a lamentar no haber dedicado su vida a explorar la infinita variedad del alma humana que se encuentra entre los vencidos y los excluidos.
Visito a menudo los estantes de biografías de las bibliotecas para admirarme de esa extraña tendencia a la adulación de los héroes, los nuevos santos contemporáneos. De vez en cuando leo alguna: compruebo que todas esas biografías son la misma biografía, como la borgiana historia universal de la infamia que no es sino repetición del mismo infame. Una historia de desprecios continuos, sarcasmos y carcajadas: la miseria humana es la cosa peor repartida del mundo. La miseria también.

lunes, 29 de diciembre de 2008

La lengua de la serpiente

"Alburear" se dice en México de una divertida forma de conversación en la que cada uno malinterpreta las palabras del otro con un ácido y punzante sentido sexual destinado a cada una de sus frases. Es una competición entre inteligencias que solamente puede darse entre quienes valoran el lenguaje en su justa medida, es decir, en tanto que bosque donde todas las sendas son sendas perdidas en un territorio en el que la ironía y el drama se entremezclan. En España lo llamaríamos "diálogo de besugos", sólo que aquí sería un intercambio no intencional. Al menos en Castilla, el humor es una de las cualidades escasas y allí donde sobreabunda generalmente desborda de grosería y chocarronería que se presenta como espontaneidad y vitalismo: muy mediterráneo, y muy para salir huyendo en cuanto se ha probado. Quizá en Cádiz y en la Andalucía profunda rural pueden encontrarse ecos de esa envidiable habilidad mexicana. La lengua inteligente es siempre lengua de serpiente: habla con dos sentidos y gestiona a la vez sus afecciones. Envidiable.
Tienen mala prensa las serpientes. Figuras de la doblez, próximas a lo femenino, reminiscencias del pecado original, depositarias de la astucia, eternas adversarias de las palomas, símbolos de la paz y la sencillez. Me quedo con las serpientes, la verdad. Mis gustos ornitológicos se aproximan más a las urracas que a las palomas, y mis repulsiones, si tengo que confesarlas, se acercan más a la aracnofobia que a la herpetofobia. Me gustan las serpientes: sinuosas, bellas, amenazantes y seductoras. Son figuras del doble sentido.
Cuando aprendía filosofía, la univocidad del lenguaje, el sentido único y desambigüado para cada expresión, era el ideal de los ideales, el sueño de la lógica, la esencia de la filosofía frente al señor oscuro de la metáfora y el mito, enemigos de la civilización y el progreso. Mierda: formalizar una frase, como sabemos todos los que damos Lógica para principiantes, es un sufrimiento porque cada frase interesante es siempre malinterpretada para resolverla en unos secos símbolos que no son sino esquemas para reducir la complejidad del sentido (los alumnos que me lean deben borrar cuidadosamente este párrafo si quieren aprobar la asignatura).
Ahora que el lenguaje es un bosque por el que paseo con más tranquilidad, sé que los dobles sentidos no son la excepción sino la regla, y que todo programa que tenga como objetivo acabar con ellos es como intentar que los niños dejen de creer en los Reyes y crean en los padres. Pura ilusión.
Lo más interesante comienza cuando empezamos a sospechar que el lenguaje con el que nos hablamos a nosotros mismos, el lenguaje en el que escribimos los diarios o los blogs no es sino una lengua de serpiente. Sólo que no sabemos interpretar el otro sentido.

sábado, 27 de diciembre de 2008

El horno del herrero

Leo con fruición los manuales y libros de instrucciones de los aparatitos porque me resultan un lenguaje misterioso escrito por alguien que escribe oracularmente para no ser entendido. "Lee el jodido manual", reza una de esas frases de la jerigonza de los programadores y expertos en informática: léelo, tienen razón. Es una forma de literatura que nos rodea y que no leemos como literatura cuando deberíamos hacerlo. Hé aquí un texto de algo parecido a un manual de instrucciones. Está escrito en una tablilla de barro perteneciente a la biblioteca de Asurbanipal, en el siglo VII antes de nuestra era, pero seguramente es copia de un documento mucho más antiguo de la cultura mesopotámica. Son las instrucciones para comenzar a construir un horno metalúrgico en el que habrán de ser fundidos los metales.

Si quieres poner los cimientos de un horno (de minerales) elige un día apropiado en un mes favorable y pon los cimientos del horno. Una vez que hayas orientado el horno y te hayas puesto a la obra, coloca los embriones divinos en la capilla del horno --ningún crisol debe entrar allí ni ninguna cosa impura debe estar ante los ojos-- y derrama delante de ellos el sacrificio ordinario
. Si quieres meter el mineral en el horno ofrece un sacrificio a los embriones divinos, coloca un pebetero con el ciprés, derrama el kurunnu (una bebida fermentada), enciende el fuego bajo el horno y enseguida introduce el mineral en el horno. Las gentes que admitas cerca del horno deberán purificarse antes y solamente entonces las dejarás aproximarse. La madera que quemarás en el horno serán de sarbatû grueso, troncos descortezados que no hayan formado parte de ningún fascio y que hayan sido cortados en el mes de ab. Es la madera que habrás de quemar en tu horno.

Instrucciones de un ingeniero piadoso que sabe que las cosas han de hacerse como es debido, que no puede construirse un horno de cualquier manera ni echarle ahí cualquier madera. Exactamente igual que ese manual de instrucciones que me habla de extraños componentes que han de operarse según no menos extraños procedimientos.
Sigo con mi cruzada para intentar comprender la comprensión. Y me parece que los textos mesopotámicos y los manuales de instrucciones son buenos ejemplares para poner a prueba cualquier teoría de qué es comprender. Desde luego no es explicar, o mejor dicho: no basta con explicar. Cualquier historiador podría explicarme el texto, y quizá algún antropólogo y paleoingeniero explicarme también las reglas. ¿Las entendería?, ¿habría entendido lo que el texto dice aún sabiendo ya por qué están ahí esas normas?, ¿me consolaría el saber que nosotros sabemos mucho más de metalurgia? Quizá la explicación aún no se ha convertido en una voz de la que pueda apropiarme. Y no me interesa la idea de interpretar como jugar a ser un artesano asirio. Me imagino como asirio y como herrero, y sigo sin comprender el texto. Pero estoy seguro que un herrero asirio lo comprendía bien, y no se le ocurriría admitir a un impuro en su herrería. Sabía que el arado que estaba cociéndose en el crisol no serviría para mover los terrones y la tierra no daría fruto por su culpa.
Los encantadores asistentes del servicio informático me dicen cosas parecidas y yo las cumplo escrupulosamente. Ni por asomo se me ocurriría cerrar el sistema operativo sin las abluciones prescritas.