Reflexiones en las fronteras de la cultura y la ciencia, la filosofía y la literatura, la melancolía y la esperanza
viernes, 27 de agosto de 2010
Manuel va a su bola
jueves, 26 de agosto de 2010
Máscaras que nos hacen
En los años de tensión política antes de la democracia, uno de los rituales obligatorios de iniciación para un estudiante “comprometido” era “trabajar” política y en ocasiones materialmente en un medio obrero: una fábrica, un barrio. El trabajo implicaba necesariamente mezclarse en estilos de vida que, dependiendo de los orígenes, podían resultar completamente desconocidos si el estudiante pertenecía a la burguesía o, por el contrario, familiares, literalmente familiares por origen, pero en todo caso ya abandonados. Pues ser estudiante comprometido consistía principalmente en un ejercicio de ascetismo: humildad y pobreza en los vestidos, casi siempre vaqueros y guerreras de apariencia militar, boinas, barbas descuidadas. Varones y mujeres cultivaban por igual una apariencia ascética. Las mujeres abandonaban todo maquillaje, sólo se permitían pantalones cuando más gastados mejor, ropas holgadas que disimulasen sus formas, los varones se esforzaban en lo serio, adusto, militante. El estudiante comprometido ocultaba con pudor la sensualidad, junto con sus deseos, lo contrario que los varones y mujeres proletarios, quienes exhibían orgullosamente sus músculos y curvas, que en sus gestos y palabras tendían siempre a lo picante, lo insinuante, y que, desgraciadamente, veían a aquellos tontos como un sucedáneo de los curas que habían tenido que aguantar antes de la comunión. Sus ideales de vida chocaban como trenes: los realmente proletarios cuidaban mucho su aspecto, se arreglaban con cuidado para salir de fiesta, eran sobreabundantes en el consumo de comida y bebida, gastaban lo que podían, hablaban sin recato de sus deseos de consumo, ofrecían sus cuerpos y sus vidas con entusiasmo. El estudiante se encontraba distanciado precisamente por su imaginario de lo que era la vida proletaria. Muchos años más tarde, los años del grunge, los estudiantes repetían las mismas estrategias de distinción: zapatillas desatadas, camisetas y jerséis holgados y llevados abigarradamente unos encima de otros para manifestar descuido (un cuidado descuido).
Cuando se pasan varios años en la enseñanza universitaria no es difícil observar cómo va mutando la apariencia de los estudiantes desde la exuberancia que traen de la secundaria (no los de clase burguesa, que ya han aprendido en el bachillerato las formas de distinción) hacia una apariencia de seriedad y profundidad, pasando por una etapa de cuidado descuido desafiante. Es un efecto del cultivo material que tiene la cultura universitaria. En realidad sus hábitos pertenecen a lo que Nietzsche ya había calificado como ideal ascético:
“El sacerdote ascético tiene en aquel ideal no sólo su fe, sino también su voluntad, su poder, su interés. Su derecho a existir depende en todo de aquel ideal […] El asceta trata la vida como un camino errado que se acaba por tener que desandar hasta el punto en que comienza; o como un error, al que se refuta –se le debe refutar--- mediante la acción: pues ese error exige que se le siga, e impone, donde puede, su valoración de la existencia. ¿Qué significa esto? Tal espantosa manera de valorar no está inscrita en la historia del hombre como un caso de excepción y una rareza: es uno de los hechos más extendidos y más duraderos que existen.”
Tiene razón Nietzsche: los ideales ascéticos son uno de los hechos más extendidos y más duraderos. Porque también son una de los más eficientes estrategias de identidad. Nada da mejor la apariencia de profunda aristocracia que la humildad, la pobreza, la castidad en los arreglos de la existencia. Nada más alto que lo bajo, nada más profundo que la superficie. El desprendimiento como una cuidadosa estrategia de ordenamiento de sí. El estudiante que quería “integrarse” con los obreros descubría que no podía, pero no era capaz de admitir en sí mismo que era precisamente la distancia que establecía su ascetismo la causa sui, la razón de aquél. Deseos contradictorios: poder y ser amado.
domingo, 22 de agosto de 2010
Coprolalia y transparencia
jueves, 19 de agosto de 2010
La pasión de Sorel
jueves, 12 de agosto de 2010
Los mitos de la caída
viernes, 6 de agosto de 2010
Miedo a las palabras
viernes, 30 de julio de 2010
Teoría de la mariposa
lunes, 19 de julio de 2010
Palabras de otros
En http://salonkritik.net/09-10/2010/07/la_burbuja_cultural_y_la_econo.php#more
La burbuja cultural -y la economía improductiva -- José Luis Brea
Cuando Zapatero todavía era una esperanza creíble, anunció con discreción y casi timidez -en el programa electoral de la que resultaría su primera legislatura: tal vez valorando que no iba a ganarla los nefastos clientes de su acomodaticio clientelismo no habían hecho aún presencia- un giro para la economía de nuestro país cargado de audacia y promesa. Donde el peso de los flujos dinerarios inflaba imparable -apestosillo a corruptela popular: y de aquellos polvos estos lodos, nunca se olvide- la malhada burbuja inmobiliaria, nuestro socialista todavía visionario -antes de que los progres de su gabinete le abarataran la proclama en tontunas de corrección política- declaró un giro que pondría en cambio la carga de su proyecto-programa en la esp eranzadora economía del conocimiento.
Claro está que a muchos semejante promesa -aunque fuese electoral, y por lo tanto flagrantemente fraudulentoide desde su declaración- nos dejó encandilados, y aún votantes -qué cuernos el 14M, algunos sabíamos qué votábamos. Cuando además se vio que aquello no sólo se traducía en un querer invertir en serio en la i+d+i famosa a nivel (post)industrial, de genuina economía inmaterial -lo que viniendo de habermasianos atenazados por el sindicalismo obrerista del que eran rehenes ya era un puntazo-, nuestra simpatía se convirtió en -casi- pasión y hasta militante proselitismo.
Pero esa promesa quedó bien pronto en nada, pura agua de borrajas. Ni en primera ni en segunda legislatura el país ha invertido sensatamente -que se sepa y pueda demostrarse- un solo euro ni eneconomía de conocimiento ni en i+d+i, y el resultado es que ningún sector productivo -que se sepa y pueda demostrarse- ha aflorado o crecido de modo significativo en este tiempo. Toda nuestra economía -de especulación: tampoco y ni siquiera ella productiva- siguió anclada en el ladrillo: que lo que para la escena internacional se dice crisis tenga que para nosotros llamarse catástrofe nombra ahora -y de esto la culpa no puede hacerse infinitamente retrospectiva- justamente ese fracaso absoluto. El de haber sido -los socialistas del siglo 21- incapaces de sacarnos de ese enfangamiento fatídico -en el que ahora nuestro país ya boquea como pez varado, sin ser capaz de imaginar de dónde le llegará el oxígeno- y conducirn os, como se anunciara en proclama de inteligencia nunca cumplida, hacia ese recentramiento de la economía en una efectiva del conocimiento.
Queda en todo caso por hacerse la pregunta de qué fue del único “sector” en el que un cierto intento serio de “reconversión” -surgida de un esfuerzo de introducir en ella la potencia de la investigación como motorizadora de innovación- fue sondeado: a saber, el campo de las producciones simbólicas y culturales. Si hubo un espacio en el que cuando menos las declaraciones iniciales parecían apuntar a la transformación de una economía improductiva y puramente simbolizadora -del entretenimiento y el consumo de bajo nivel de productos basura- en otra de innovación incrustada en los potenciales del avanzado capitalismo cognitivo -ese espacio y territorio quiso ser el cultural. Pongamos que la justificación de inflación de la segunda burbuja a cuyo pinchazo asistimos ahora inermes -el de la cultural- tuvo como coartada y justificación de inversión pública el programa implícito que señalizaba como posible pol ítica de estado de gran alcance -pues insisto en que sobre su eje se quería hacer pivotar todo el proceso de cambio de nuestra segunda gran reconversión, la del conocimiento- nuestra entrada en el “capitalismo cognitivo” por la vía, acaso bajo la máscara, del “capitalismo cultural”, invirtiendo a manos llenas -y es mucho el dinero de las arcas públicas derrochado, para nada- en eso de las “industrias creativas” que a los ingleses parecía estar saliéndoles tan bien.
Claro que hacer las cuentas de cómo esa inversión ha sido un tal fracaso y ello puede leerse como segunda burbuja pinchada -y no menos grave, si nos atenemos a la enorme cantidad de población trabajadora a la que ahora mete en el desempleo más o menos encubierto- requeriría análisis más detallado -que lo que esta extensión columnista permite. A salvo de compromiso de retomar el tema con mayor exhaustividad más adelante, sí que quiero comprometer aquí la consideración de dos tiempos -pues la burbuja se ha hinchado y pinchado en efecto a lo largo de dos ministerios bien diferenciados en su proyecto y malgestionamiento- y dos escenarios también bien distintos: el del “arte” y el del “cine”, pues ciertamente ni en el del libro ni en el de la música se han tomado iniciativas particularmente significativas que hagan pensar que fueran tomadas en consideración como posibles escenarios para nuestra original manera de plagiar el recentramiento de l a economía en una cognitiva por la vía de transformación de las políticas culturales en inversión favorable al desarrollo de las industrias creativas.
Primera toma, en el escenario del arte y el ministerio del poeta-gestor César Antonio Molina. Digamos que su gran apuesta innovadora fue el mundo del arte-entretenimiento-
Y claro está que sin haber podido tocar en lo profundo la colección y su consistencia interna, por ejemplo, y sin poder intervenir -salvo al estilo apabullante del elefante en cacharrería que quiere hacerse con la jefatura de todo, todo- ni la educación de artistas ni de críticos (si eso existiera), ni de reorganizar las mismas condiciones de producción, apenas el buen talantismo -de escuchar a la “sociedad civil” del sector presuntamente autoorganizada- podía aquí servir para otra cosa que un barnizado legitimante de último minuto, de cara a la galería -de esa misma escuálida “sociedad civil”. El resultado: toda la producción de arte contemporáneo en nuestro país sigue donde estaba -o sea, en ninguna parte, salvo casos contados de autogestión esforzada-, seguimos teniendo una educación de artista decimonónico-romántica (eso sí, ratificada a la boloñesa), nuestra capacidad de recepción inteligente o crítica de las producciones simból icas sigue sin mejorar un ápice … pero, eso sí, hemos mejorado enormemente nuestros grados de autocomplacencia -merced, claro está, al potenciamiento de los momentos dialécticos de la falsa conciencia que trajo el buenpractiquismo.
Y ello por obra de una inversión tendenciosa que pone el signo y la singularidad del proceso entre nosotros: lo que se predicaba acceso al capitalismo cognitivo por la vía de la producción simbólica es rápidamente reconducido y secuestrado por la ideología de la resistencia. En vez de un capitalismo cognitivo-cultural,nuestro buque insignia -y con él toda la política cultural- invierte en negar y dificultar que tal cosa emerja y pueda llegar a consolidarse entre nosotros. En vez de fuerza de innovación y creatividad basada en la investigación -lo que en efecto necesitaría de la consolidación de un campo intelectual para las artes entre nosotros, resultante de una correlación de fuerzas muy densa entre universidad, institución cultural yeconomía de innovación en el sector- toda la producción artística se consagra a beneficio de lacantamañanería antagonista (tardofrankfurtiana-
Lo que de ello se sigue: el mantenimiento del quehacer productor de obras en el espacio de la economía artesanalista, el del trasnochado comercio de objeto singular y fundamentalmente -salvo la pequeñez de su libre mercado no destinado a la captura derrochadora de dinero público- improductiva. Y su consagración subrepticia a un valer como consuelo para esas grandes capas de la ciudadanía deficientemente integrada en el tejido económico-productivo -esa otra gigantesca bolsa de paro larvario-, al proporcionarles la narrativa fiduciaria de heroicidad por la que se autorepresentan su situación de desocupación como una de ejercicio práctico de eticidad y trabajo político. El de pertenecer a un sector creativo -pese a que su creatividad efectiva es nula, mera repetición cansina de lugares comunes- y a la vez a uno de la ciudadanía políticamente activo -aun cuando, de nuevo, la eficaci a política de este sujeto solazado en su autoimaginación de antagonista forajido-pirata siga también siendo exquisita e igualmente nula.
Pero, y como el sector de población afectado de esta psicopatía colectiva de conciencia falseada es tan amplio, lo que podría parecer que redunda en una economía puramente improductiva -y desde el punto de vista de la generación de riqueza lo es- tiene para bien o para mal un registro en el que rinde, en cambio, mucha eficiencia: a saber, el de la economía afectiva. Todo lo que no resulta en generación competitiva de innovación en la producción de imaginario -inmaterial ahora: resultado de aplicar creatividad a las producciones simbólicas en el escenario de las tecnologías electrónicas de producción y difusión de imagen- beneficia únicamente a la producción de esa afectividad consoladora de la que se sigue un deplorable bálsamo para sujetos autosatisfechos -que se embadurnan con la palmadita en el hombro del colega que les hace el guiño cómplice como “uno de los nuestros”, miembro compañero de la m ismacomunidad de “elegidos” para salvar el mundo.
Nuestro país sigue entretanto sin generar un sólo producto artístico de interés medio internacional -ni despliega creatividad alguna en el espacio de las producciones simbólico-cognitivas avanzadas- pero todos nos sentimos maravillosamente recompensados -esquema de la zorra y las uvas- decidiendo que el no-acceso a ese ahora redefinido como “objetivo lúgubre” -el de un capitalismo cultural- es por todos repudiado: nosotros no pertenecemos a esa caterva ferial-museal-bienalista de otros tantos establecimientos culturales vendidos a las lógicas del entretenimiento y el turismo cultural, sino que somos y seguimos siendo un pueblo de artistas todos y anarquistas más.
Y, voilá, lo que se prometía en papel mojado de programa electoral fue así en un birlibirloque truculento escamoteado ya para siempre, entregando a cambio la falsa moneda de, justamente, lo que ya antes había y en nada se había visto transformado.
Vamos ahora a imaginar que cuando Moncloa puso de patitas en la calle al ministro gestor-poeta no lo hizo por el quítame allá esas pajas de su conflicto con Exteriores -ni con las autonomías- sino por algo que lo mereciera de verdad: el haber fallado de una manera tan flagrante al anunciado compromiso electoral, tanto como para dar una larga cambiada que terminara en, precisamente, el extremo opuesto de lo prometido, de vuelta al hoyo mismo del que se nos tenía que haber sacado. Y vamos a imaginar también que el nombramiento en sustitución de la ministra-gestora-guionista quisiera reeditar el intento -de reconducir el sector de las industrias culturales al prometido escenario de la economía del conocimiento- en un campo en principio menos recalcitrante y cantamañanas, y más dispuesto a resolver la transformación de sueconomía propia en un modos de productividad no puramente afectivo-simbólico-ideológica, el del cine.
El desparpajo altoparlante de la ministra puso muy en claro y a toda velocidad -en esta segunda toma de la promesa electoral escamoteada, aunque ahora ya ésta se había revisado en captura clientelar, para complacer a los artistas y sus industrillas- que tampoco aquí podía esperarse mucho. Sus declaraciones contra la red y los internautas dejaron bien claro rápidamente y desde el comienzo que el compromiso que traía con el cine -y las entidades de gestión de derechos- la mantendría cautiva en la salvaguarda cortoplacista de los intereses de una industria que antes que saber de innovar -e innovar significa apostar por el progresivo desplazamiento de escenarios y modos de economía cultural, en la dirección de las tecnologías electrónicas- quería ver certificado el modelo subvencionista y de economía de regulación del acceso bajo la forma del consumo, y resueltas las diversas guerras “culturales” -la del cine, la del fútbol, la de las televisiones (en realidad una y la misma)- a favor de los socios mediatico-políticos del gobierno, sin ambages y de una vez. Y punto. Si todo ello requería de una gestión rápida y decidida, se eligió a la persona adecuada.
Muy pronto cualquier promesa de indagar las posibilidades de desarrollar nuevas economías productivas en el entorno de las industrias creativo-culturales se vieron entonces definitivamente descartadas, aquí a favor de los intereses creados -de unas industrias que organizaban su producción de riqueza bajo las condiciones de las economías de distribución, haciendo de la regulación exhaustiva de los derechos de autor y reproducción el caballo de batalla por excelencia, en el que tomar partido a favor de los intereses del grupo mediático que desde siempre mandonea -y Molina pagó bien cara la tentativa de distancia- y mangonea “su” ministerio, el de cultura, cuando gobiernan los socialistas.
De tal modo que también aquí la promesa de recentrar los núcleos de la economía productiva en el espacio cultural, por la vía de la investigación, la innovación y la creatividad, quedaron nuevamente aparcadas -vade retro, Internet- a favor del tradicional cautiverio de la producción cultural-basural en manos de los grupos de presión editorial-mediáticos y su modo tradicional de secuestro de lo político. Visto el ensanchamiento de la crisis y la rapidez con que la segunda burbuja, la inversora de gasto público en el espacio de la innovación cultural, ha debido someterse a recortes exhaustivos, todo lo que resta se redirige a donde siempre se dirigió: a la cooptación clientelar de los agentes mediáticos capaces de garantizarle al gobierno, ante la proximidad de unas elecciones ya casi dadas por perdidas, un desastre electoral lo más suavizado posible.
Claro está que para ello de nuevo era necesario -es necesario- mantener en la improductividad el sector -aquí de nuevo una inversión seria requeriría actuaciones simultáneas en formación, industria cultural y modelos de creatividad técnica innovadora, que por supuesto ni se ha planteado hacer-. Y en este caso ni siquiera a beneficio de una economía de afectividad socialmente compensadora, sino de la rentabilización instrumental -e instrumentalizadora en términos de ingeniería social, como capacidad de gestionamiento táctico de los estados de la opinión pública- de los pactos clientelares implícitos entre las industrias culturales asentadas -falsamente “culturales”, en realidad sólo mediáticas- en el antiguo modelo de siempre, de las economías de distribución, y el artero cálculo de rentabilización política que, en pago por los favores prestados, reciben de manera más o menos encubierta las formaciones políticas.
Por supuesto que éste -instrumental, donde la improductividad del sector como generador de riqueza competitiva se sacrifica a la satisfacción de los industriales afines y dispuestos a reciprocidad- no es un modelo particularmente exclusivo del hacer de los socialistas -no otra cosa hace el PP donde gobierna-, pero lo que aquí estamos lamentando es ver cómo una promesa -de concebir las políticas culturales bajo otra óptica: la de la innovación en el terreno de las economías de conocimiento- que sí hicieron ellos, los socialistas pretendidamente del siglo 21, se ha visto por dos veces traicionada, desde dentro, por ellos mismos, y en cada ocasión a favor de una improductividad cada vez más lamentable.
La primera, en el campo del arte, sacrificando toda investigación innovadora al altar de la producción ideológica de falsa y complaciente conciencia resistente (alimentada del voluntarismo ciudadano autosufragadas de la mera economía ideológico-afectiva). Y la segunda en la renovación del secuestro de la producción cultural por lo mediático-político, sacrificando aquí cualquier tentativa de innovación a la urgencia de negociar a la baja el control del desastre electoral que para el partido en el poder parece acercase cada vez más ominoso, fruto de su efectiva radical inoperancia no digo ya en el afrontar la crisis, sino en haber efectivamente reconducido la economía de nuestro país a algún territorio en el que hablar de economía del conocimiento fuera otra cosa que pura retórica y flatus vocis.
Cierto que esto nos hace perder ya casi toda esperanza -cuando menos a medio plazo- y desdibuja nuestra capacidad de respondernos a la sempiterna pregunta, del ¿qué hacer? -si ya ni siquiera sabemos a quien votar, en quién creer …
Dando por perdido el tren de la economía del conocimiento en el campo cultural, acaso -permítanme que cierre un poquito en broma- puede que sólo nos quede apostar por incorporarnos al aparentemente más resultón campo de un capitalismo esportivo.
No sabría yo -que de esto no entiendo nada- si podría aquí hacerse verdadera investigación, innovación y desarrollo -y abrir con ello un espacio de genuina economía productiva. Pero al menos estoy seguro de que sí tenemos un buen nucleillo de cabezas pensantes capaces de innovar modelos -cuando menos del estilo de juego: grandeza de Guardiola, Xavi e Iniesta- y que, bien mirado, hasta su rentabilidad en términos de generación de economía simbólica (y patriotera) es, seguramente, mucho mayor que la de gastar dinero en pagarle a Barceló toneladas de embadurne pintoyó para chorrear obscenamente la cúpula decorada de lagran narrativa zapaterista solucionaelmundo: la de la alianza benettoniana de civilizaciones.
Que Lissavetsky -o tal vez Iker Casillas-, nuestro con mucha suerte próximo Vicepresidente Primero de Economía y Deporte, en grado de sustituto del cabreadísimo Solbes, nos pille confesados (a los del sector cultural, digo) …
viernes, 16 de julio de 2010
Deseo de ser un piel roja
domingo, 11 de julio de 2010
Casi a (un) diario
jueves, 8 de julio de 2010
Salidas del infierno
domingo, 4 de julio de 2010
El pájaro en sazón
Pasan nuestros días ordenando y desordenando el mundo. Como niños con sus legos, construimos para destruir, clasificamos para malcomprender, calculamos para derrochar, subimos para bajar. La ciencia y el arte obedecen esta ley de ciclos: cuando ya parece acabada la obra, la teoría, el mundo, está llegando el momento de su destrucción. Y en la destrucción se entreven las nieblas de nuevas ordenaciones. Creativas destrucciones que terminan por dar sentidos imprevistos.
He ahí la obra poderosa de un conocido, muy conocido, artista plástico español, que había sido cedida para ser enterrada en en Cementerio del Arte de Morille. El sujeto ensimismado en su máscara de Yorik: meditando sobre el bufón que fue, que él mismo es en su desdoblada vida.
Camina en su catafalco portado en los hombros de poetas y artistas que se han adentrado alguna vez en los laberintos de la creación y saben ya que un autor se desdobla siempre en alguien que hace y deshace
Y ahí en su ya irremisible tumba alguien destruye la obra como discurso funerario: una obra que no sólo habrá de ser enterrada sino destruida para permanecer fiel a la ley de hierro de la creación artística. ¿Por qué alguien profana este presunto cadáver exquisito y lo veja y lo destruye?, ¿quién es él para tal atrevimiento? Pero "¿quién es el autor?" se pregunta Foucault, en un tiempo en el que ya hemos enterrado al genio con sus genialidades, sabiendo que el creador de hoy seguramente será cromo de pared mañana.
El nuevo Hamlet, sin cabeza ni sin cráneo de Yorik en las manos, medita ahora, más profundamente, (a metro y medio de profundidad), entre el polvo al que está volviendo por momentos, sobre quién es él, quién es el autor, qué es el arte, a dónde vamos y de dónde venimos.
He asistido a varios enterramientos de obras. En todas hubo siempre un gesto para pensar y recordar (esa es la función del rito funerario). En éste último, el gesto de destrucción, sorpresivo, emotivo, irrevocable, nos reveló en su acontecer algo muy profundo sobre el hecho de la creación y el destino de la fama.
Si alguien se cree grande, que mida su propia tumba, cantaba un tiento en The Limits of Control, la última película de Jarmusch. El tamaño de la tumba es el tamaño de lo humano. De su experiencia de su vida.
jueves, 1 de julio de 2010
El arte del silencio

Wittgenstein tardará aún varias décadas en extraer toda la potencia que ya estaba en el Tractatus. Su obra tardía es una persistente reflexión sobre la mezcla de necesidad y libertad en la interpretación, en un continuo de prácticas sin esencias representacionales. También el arte, a punto de abrir innumerables sendas de exploración que habrían de dejar sinsentido el término "vanguardia", tan espacial, tan "dirigido a", tan grito de batalla: cuando las sendas corren a muchos lugares, cuando los espacios se han roto, las vanguardias dejan de tener sentido, sólo quedan exploradores. A la proposición acerca del silencio ("de lo que no se puede hablar....") que acompañaría desde entonces a la ética y la estética le habría de suceder la riqueza ilimitada de los juegos; al Cuadrado Negro, le habría de suceder un bosque de obras en donde la suspensión del significado sería el modo de señalar que la obra de arte no se agota en la interpretación. Días atrás señalaba la dificultad de pensar sobre el acto constitutivo: "Esto es arte". Simétricamente, habría que reparar en la vacuidad de la pregunta "¿qué significa esto?" ante un objeto de arte contemporáneo. No porque no tenga "significado", sino porque, como descubriría Wittgenstein en las Investigaciones Filosóficas, lo que signifique está a la vista, no hay nada oculto. No hay mucho que decir, la obra se muestra a sí misma y crea el juego de miradas que nos transforma.
Paul Nougè, en El nacimiento del objeto, parece haber fotografiado en 1929 lo que estaba ocurriendo en nuestra cultura: a la era de la interpretación le llegaba el tiempo de la pregunta. El resto es silencio:

domingo, 27 de junio de 2010
El programa de Bartlebooth
jueves, 24 de junio de 2010
Cuando miramos
sábado, 19 de junio de 2010
Objetos puros

domingo, 13 de junio de 2010
La edad del pensamiento
jueves, 10 de junio de 2010
Clases pasivas

Unos ojos. Simplemente unos ojos. La fotografía se titula: Los ojos de Gutete Emerita.
En realidad lo que aparece ahí es solamente un fragmento. El resto de la fotografía son palabras. Las traduzco y transcribo:
"Gutete Emerita, de treinta años, está frente a una iglesia donde 400 tutsi, hombres, mujeres y niños fueron sistemáticamente masacrados por un escuadrón de la muerte hutu durante la misa del domingo. Ella estaba en misa con su familia cuando comenzó la masacre. Asesinados a machetazos delante de sus ojos yacían su marido Tito Kahinamura, de 40 años, y sus dos hijos, Muhoza, de 10, y Matirigari, de 7. De algún modo Gutete logró escapar con su hija Marie Louise Unumararunga, de 12. Se ocultaron en un pantano durante tres semanas saliendo solamente por las noches para comer"
La fotografía es también fotografía del texto. A medida que la palabra nos inunda, los ojos de la imagen comienzan a cambiar y los nuestros también: comienzan a intercambiar (miradas): ¿qué mira?, ¿a quién mira?, ¿me mira a mí?, ¿mira lo que no puede ser mirado?, ¿mira lo que no puede ser dicho?, ¿quién es la víctima?, ¿quién el victimario?
La imagen no se ha unido con quien la mira. No puede. NO debe. Pero comienza la acción. Una acción que tal vez sólo el arte consiga despertar.
lunes, 7 de junio de 2010
Ser radical
"Estamos
hartos (...)
de
la
economía.
Tras
generaciones
en las
que
se
nos
ha
disciplinado,
se
nos
ha
pacificado,
en
que
se
había hecho
de
nosotros
los
sujetos,
naturalmente
productivos,
satisfechos
de
consumir.
Y he
aquí
que
se
revela
aquello
que
estábamos
tratando de
olvidar:
que
la
economía
es
una
política.
Y
que
esta
política,
hoy,
es una
política
de
selección
en
el
seno
de
una
humanidad
convertida, masivamente,
en
superflua.
De
Colbert
a
De
Gaulle
pasando
por Napoleón
III,
el
Estado
siempre
ha
concebido
la
economía
como política,
no
menos
que
la
burguesía,
que
obtiene
beneficios,
y
los proletarios
que
la
padecen.
No
existe
más
que
este
extraño
estrato intermedio
de
la
población,
este
curioso
agregado
sin
fuerza
de
los que
no
toman
partido,
la
pequeña
burguesía,
que
siempre
ha simulado
creer
en
la
economía
como
en
una
realidad
–
porque
así
su neutralidad
quedaba
preservada.
Pequeños
comerciantes,
pequeños patronos,
pequeños
funcionarios,
cuadros,
profesores,
periodistas, intermediarios
de
todas
las
clases
forman
en
Francia
esta
no‐clase, esta
gelatina
social
compuesta
por
la
masa
de
los
que
simplemente quisieran
pasar
su
pequeña
vida
privada
a
cubierto
de
la
Historia
y sus
tumultos.
Este
pantano
está
predispuesto
a
ser
el
campeón
de
la mala
conciencia,
preparado
para
tener,
en
su
somnolencia,
los
ojos cerrados
a
la
guerra
que
causa
dolor
a
su
alrededor.
Cada establecimiento
del
frente
está
señalado
en
Francia
por
la
invención de
un
nuevo
capricho.
Durante
los
últimos
diez
años,
éste
fue
ATTAC y
su
inverosímil
tasa
Tobin
–
cuya
instauración
habría
requerido nada
menos
que
la
creación
de
un
gobierno
mundial,
su
apología
de la
“economía
real”
contra
los
mercados
financieros
y
su conmovedora
nostalgia
del
Estado.
La
comedia
duró
lo
que
duró,
y acabó
en
una
insípida
mascarada.
De
una
extravagancia
a
otra,
llega el
decrecimiento.
Si
ATTAC
con
sus
cursos
de
educación
popular
ha intentado
salvar
a
la
economía
como
ciencia,
el
decrecimiento pretende
salvarla
como
moral.
Sólo
hay
una
alternativa
al
apocalipsis en
marcha, decrecer.
Consumir
y
producir
menos.
Convertirnos
en alegremente
frugales.
Comer
bio,
ir
en
bici,
dejar
de
fumar
y supervisar
seriamente
los
productos
que
se
compran.
Contentarse con
lo
estrictamente
necesario.
Sencillez
voluntaria.
“Redescubrir
la verdadera
riqueza
en
la
felicidad
de
unas
relaciones
sociales distendidas
en
un
mundo
sano.”
“No
abusar
de
nuestro
capital natural.”
Avanzar
hacia
una
“economía
sana”.
“Evitar
la
regulación por
el
caos.”
“No
generar
una
crisis
social
poniendo
en
duda
la democracia
y
el
humanismo”.
Resumiendo:
convertirte
en
ahorrador. Volver
a
la
economía
de
Papá,
a
la
edad
de
oro
de
la
pequeña burguesía:
los
años
50.
“Cuando
el
individuo
se
convierte
en
un
buen ahorrador,
su
propiedad
cumple
por
completo
su
misión,
que
es
la
de permitirle disfrutar de su propia vida
al abrigo de la existencia pública o en la reclusión privada”
La insurrección que viene. Colectivo invisible. La fabrique editions. París 2007.
Tomado de
http://caosmosis.acracia.net/wp-content/uploads/2009/05/la_insurrecion_que_llega.pdf
Los del colectivo Tiqqun (como buenos ácratas) no tienen nostalgia del Estado. Quizá discrepemos, quizá nos andemos por las ramas si decimos que tenemos nostalgia de la política y de los tiempos en que la economía era economía política. Quizá uno pertenezca, haya pertenecido siempre a la pequeña-burguesía. Quizá. Pero andarse por las ramas no exime de columpiarse en las raíces y saber que las palabras radicales, más allá de tanta bullshit como nos llena, son acontecimientos a los que atender en este espectáculo que nos habita. No se olvide la fecha en que está escrito el panfleto: 2007.
