viernes, 27 de agosto de 2010

Manuel va a su bola


Marjorie Murray ha realizado su tesis doctoral en antropología, en estudios de cultura material, haciendo su trabajo de campo en Madrid (Murray, M. (2009) “How Madrid Creates Individuality”, en Miller, D. (ed) Anthropology and the Individual Londres: Berg). Su informante ha sido Manuel Sierra, un conductor del metro de treinta y cinco años que está a punto de dejar su casa, donde convive con su familia en un piso de Vallecas de dos habitaciones. Su padre es fontanero y su madre asistenta y ama de casa. Manuel está a punto de trasladarse a un piso de protección oficial que le “ha tocado” a un precio inferior al del mercado. Recientemente “se ha echado” novia, y quizá se traslade al piso con ella, pero aún no habla con ella sobre cómo lo va a amueblar y decorar, aunque piensa mucho en ello. En su nuevo piso de dos habitaciones tendrá poco espacio y al menos quiere llevarse su historia del arte en varios tomos. Tiene claro, y su novia también, que no van a tener hijos, pero sí quizá adoptar una niña china: Hay demasiada superpoblación en el mundo, sostiene (Murray subraya que España es con Noruega el país con un índice más alto de adopciones, por encima de Suecia y a distancia del resto). Manuel es muy sociable: conoce los bares del centro y es conocido por muchos camareros. Malasaña, Huertas, Latina, Lavapiés son su territorio familiar. Ahora sale menos y sus conocidos en esos bares dicen que “desde que se ha echao novia pasa de ellos”. Está pensando comprarse un coche para sacar el perro al campo. Cuida su aspecto: no quiere ponerse lo que todos, elige con circunspección pero no se gasta demasiado. Valora más la calidad que la cantidad. Espera a las rebajas de los outlets del sur donde conoce un par de tiendas que se adaptan a sus gustos. En general va siempre arreglado fuera de casa, no dentro. Pasaría por tener una apariencia no lejana a la estética gay de Chueca, aunque nunca se reconocería de esa forma. Sabe qué ponerse y no sufre la angustia del “qué me pongo”, que el antropólogo Daniel Miller detecta en los londinenses, siempre obligados a parecer originales, pero al mismo tiempo fuertemente restringidos por reglas nunca explícitas que establecen lo que no sería conveniente llevar en según qué lugares y momentos. Los madrileños, nota Murray, son, pese a este imaginario individualista, gente notablemente uniforme en su vestimenta, fácilmente distinguibles en sus formatos de diferentes tribus. Manuel es simpático, sociable, pasa de políticos y puretas y en general quiere ir a su bola. Tiene una autoimagen fuertemente individualista. Su individualismo se ejerce en una voluntad de distinguirse de la masa: necesita lo sociable para su ejercicio. Tiene gustos y hobbies muy definidos: se ha comprado una cámara digital y fotografía las rosaledas, después pasa horas arreglando las fotos en el ordenador con programas que se ha bajado, y luego las cuelga en un blog que acaba de iniciar. Está orgulloso de sus fotos y las enseña a poco que se le pida. Le gustan los cómics, que se pasa con los amigos, y las películas, que también se baja de la red. En su casa, cena con sus padres y avisa si no va a ir. La ritualidad de la comida es muy importante: la cena, el cocido del sábado, las fiestas y sobre todo Navidad y los cumpleaños. No hablan apenas en la mesa, o comentan algo de las noticias que están viendo en la tele. Apenas emplean expresiones de cariño, y si lo hacen son sólo con el gato. Los Sierra aceptan el destino y no se plantean ansias por el futuro. Su madre no se queja de las tareas domésticas, pero sí de lo aburrido que es su marido. Consigue llevarle una vez por año al pueblo donde visita a su hermana. Manuel tiene una relación de dependencia/devoción con su madre que termina siendo la única cosa en la que declara creer. Aunque Murray no lo expresa, es fácil suponerle del Atleti. Madrid, como cosmos en donde se realiza una forma específica de individualidad diferente y similar en ciertos aspectos a las de Londres y París, dice Murray: una voluntad de sí que se ejercita, sin embargo, en una fuerte socialidad que, al mismo tiempo, impulsa un deseo de independencia y originalidad. Manuel realiza su individualidad a través de prácticas estéticas de vestido, de ejercicios artísticos, técnicas de autoconstrucción que le dan un fuerte sentido de independencia, a pesar de que a sus treinta y cuatro años sigue viviendo en casa y “queda” todas las semanas para salir con los amigos.
El individualismo que han teorizado filósofos y sociólogos en sus versiones más o menos conservadoras, más o menos “constructivistas”, no puede explicar la trayectoria de vida de Manuel, sus contradicciones y su imaginario, sus fuertes lazos y al mismo tiempo su voluntad de independencia. El yo de Manuel es un yo-en-Madrid que no puede ser descarnado de las vueltas y revueltas; del saber cuándo y cómo tomar cañas y cómo estar en la barra de un bar sin pasarse ni quedarse; del cómo diferenciarse sin ser “original”; del cómo mostrar sensibilidad y espíritu artístico sin que empiecen a mirarle como rarito. Modernidad tardía de un cosmos en el que los manueles y manuelas se autorrealizan en prácticas que construyen también un cosmos particular-universal. Hace poco en un periódico un crítico extranjero explicaba por qué el cine español no acabe de cuajar: los actores hacen de sí mismos, de español medio. Creen ser muy particulares, pero coinciden con un estereotipo único que los españoles reconocemos como familiar y el resto como extraño. El poder de la identidad.

jueves, 26 de agosto de 2010

Máscaras que nos hacen

En los años de tensión política antes de la democracia, uno de los rituales obligatorios de iniciación para un estudiante “comprometido” era “trabajar” política y en ocasiones materialmente en un medio obrero: una fábrica, un barrio. El trabajo implicaba necesariamente mezclarse en estilos de vida que, dependiendo de los orígenes, podían resultar completamente desconocidos si el estudiante pertenecía a la burguesía o, por el contrario, familiares, literalmente familiares por origen, pero en todo caso ya abandonados. Pues ser estudiante comprometido consistía principalmente en un ejercicio de ascetismo: humildad y pobreza en los vestidos, casi siempre vaqueros y guerreras de apariencia militar, boinas, barbas descuidadas. Varones y mujeres cultivaban por igual una apariencia ascética. Las mujeres abandonaban todo maquillaje, sólo se permitían pantalones cuando más gastados mejor, ropas holgadas que disimulasen sus formas, los varones se esforzaban en lo serio, adusto, militante. El estudiante comprometido ocultaba con pudor la sensualidad, junto con sus deseos, lo contrario que los varones y mujeres proletarios, quienes exhibían orgullosamente sus músculos y curvas, que en sus gestos y palabras tendían siempre a lo picante, lo insinuante, y que, desgraciadamente, veían a aquellos tontos como un sucedáneo de los curas que habían tenido que aguantar antes de la comunión. Sus ideales de vida chocaban como trenes: los realmente proletarios cuidaban mucho su aspecto, se arreglaban con cuidado para salir de fiesta, eran sobreabundantes en el consumo de comida y bebida, gastaban lo que podían, hablaban sin recato de sus deseos de consumo, ofrecían sus cuerpos y sus vidas con entusiasmo. El estudiante se encontraba distanciado precisamente por su imaginario de lo que era la vida proletaria. Muchos años más tarde, los años del grunge, los estudiantes repetían las mismas estrategias de distinción: zapatillas desatadas, camisetas y jerséis holgados y llevados abigarradamente unos encima de otros para manifestar descuido (un cuidado descuido).

Cuando se pasan varios años en la enseñanza universitaria no es difícil observar cómo va mutando la apariencia de los estudiantes desde la exuberancia que traen de la secundaria (no los de clase burguesa, que ya han aprendido en el bachillerato las formas de distinción) hacia una apariencia de seriedad y profundidad, pasando por una etapa de cuidado descuido desafiante. Es un efecto del cultivo material que tiene la cultura universitaria. En realidad sus hábitos pertenecen a lo que Nietzsche ya había calificado como ideal ascético:

“El sacerdote ascético tiene en aquel ideal no sólo su fe, sino también su voluntad, su poder, su interés. Su derecho a existir depende en todo de aquel ideal […] El asceta trata la vida como un camino errado que se acaba por tener que desandar hasta el punto en que comienza; o como un error, al que se refuta –se le debe refutar--- mediante la acción: pues ese error exige que se le siga, e impone, donde puede, su valoración de la existencia. ¿Qué significa esto? Tal espantosa manera de valorar no está inscrita en la historia del hombre como un caso de excepción y una rareza: es uno de los hechos más extendidos y más duraderos que existen.”

Tiene razón Nietzsche: los ideales ascéticos son uno de los hechos más extendidos y más duraderos. Porque también son una de los más eficientes estrategias de identidad. Nada da mejor la apariencia de profunda aristocracia que la humildad, la pobreza, la castidad en los arreglos de la existencia. Nada más alto que lo bajo, nada más profundo que la superficie. El desprendimiento como una cuidadosa estrategia de ordenamiento de sí. El estudiante que quería “integrarse” con los obreros descubría que no podía, pero no era capaz de admitir en sí mismo que era precisamente la distancia que establecía su ascetismo la causa sui, la razón de aquél. Deseos contradictorios: poder y ser amado.

domingo, 22 de agosto de 2010

Coprolalia y transparencia

Estoy leyendo entre carcajadas y distancia €®O$ de Eloy Fernández Porta, con la misma ambigua actitud que leí Afterpop y Homo sampler. Eloy Fernández Porta pertenece a la nueva generación de críticos culturales para quienes la cultura no tiene corralitos. Todo sirve (no todo vale). Todo es relevante: la distinción entre cultura popular y cultura elevada es un signo más de voluntad de distinción, no menos peligrosa que la distinción entre cultura científica y cultura humanística. El libro es, más que recomendable, obligatorio como ejemplo de un estilo que ya se está anunciando como la aportación propia del país al pensamiento contemporáneo. Con Beatriz Preciado, con Agustín Fernández Mallo, con... una nueva generación de autores que reivindican el sarcasmo en lugar de la ironía, la coprolalia en lugar de la jerga filosófica. Vale. De acuerdo. Estoy con ellos como estuve con el cine de Almodóvar. Son una conquista del lenguaje.
La tesis es simple: el capitalismo contemporáneo se ha convertido en un capitalismo de producción industrial de identidades emocionales a través de estrategias imaginístico-comerciales. El desarrollo es divertido: comics, anuncios, textos, caricaturas del lenguaje filosófico, etc. La industria cultural como constructora de identidades.
Sorprendentemente: el perro de los Baskerville no ladra. Exemplum docet, exempla confundit: faltan ejemplos cercanos precisamente sobre las industrias culturales que están conformando las identidades emocionales de los españoles medios: las culturas de los babelia, las culturas de los culturales, ... etc., las industrias editoriales como estrategias de identidad.
La coprolalia como sustituto de la jerga de la autenticidad: no hablar con términos elevados sino lo más bajo posible. La nueva autenticidad de la espontaneidad cultural sin reparos, un sobrino de Rameau que no tiene pelos en la lengua, un auténtico de nuevo cuño. La transparencia de quien ya no cree en la transparencia.
Es la tragedia contemporánea de la cultura española. Imitarnos a nosotros mismos, tan naturales siempre, tan auténticos que terminamos siendo ininteligibles. Como el cine español. Como la cultura española: todos coleguillas.

jueves, 19 de agosto de 2010

La pasión de Sorel


"
¿Dónde estamos cuando pensamos?" --se pregunta Hanna Arendt. En realidad deberíamos preguntarnos: ¿quiénes somos cuando pensamos?". Reflexionar es tomar distancia de sí, ponerse en lugar de otro: un otro generalizado que somos o deberíamos ser. Este ideal de reflexión es desde el Romanticismo objeto de una controversia con la que en algún momento tenemos que encontrarnos si, como Sócrates, pensamos que una vida no examinada no es una vida digna de ser vivida.
Stendhal construyó sus personajes sobre la tensión entre vida y reflexión. Sus personajes intentan ser naturales, seguir su verdadero yo en vez de seguir las convenciones (Julian Sorel en El Rojo y el Negro, se abandona a sí mismo cuando deja de pretender el triunfo social y se apasiona amorosamente). Más tarde, Nietzsche, en su Ecce Homo proclamó también como ideal "llega a ser lo que eres", ama tu propio destino. Paul Valery acabó cruelmente con este ideal romántico: en primer lugar, la división entre ser natural o seguir las convenciones es en sí misma ya una convención; en segundo lugar, pretender ser natural implica que tomamos a un yo ideal como referencia y nos ponemos en su lugar para comprobar que estamos avanzando hacia ese ideal. Sartre encontró en Valery la inspiración para su análisis de la mala fe, que no es otra cosa que el síndrome de Stendhal. No es difícil encontrar abundantes ejemplos de mala fe: cada vez que alguien nos dice que quiere buscar su propio yo, que pretende ser el/ella mismo/a, se aparece el fantasma de Sorel. Como si esa búsqueda no fuese una forma incoherente de dejar de ser lo que uno es y buscar un yo inexistente.
Pero examinar la vida tendría que incorporar el salir de sí, el mirarse con distancia, el querer no engañarse.
¿Es posible hacer compatible estos dos ideales? Vivir o narrarse, confronta el personaje de La náusea, que ha decidido llevar un diario y decide que es una tarea imposible.
Tragedia del sujeto contemporáneo.

jueves, 12 de agosto de 2010

Los mitos de la caída


Relatos de origen que como casi todos los mitos ejercen una fuerza oculta en las constelaciones del discurso. La caída es uno de los más viejos relatos de las religiones que han ido constituyendo nuestra trayectoria: la caída del ángel (
non serviam); la caída del hombre que comió del árbol de la ciencia del bien y del mal. Toda la historia de la cultura occidental tiene una tema dominante: el ser humano está en pecado por orgullo y debe ser redimido. Este relato de caída y redención ha operado en todas fuerzas filosóficas e ideológicas.
Relatos de salvación: necesitamos un salvador, un héroe, un mesías, etc. Necesitamos levantarnos ...
Relatos nihilistas: Nietzsche: el ser humano ha caído en la trampa moral de la debilidad; convencer a otros para que le levanten a uno. Heidegger: el ser humano ha olvidado el ser y ha caído aherrojado en el ente, un ser-ahí. Wittgenstein: el ser humano ha caído en el embrujo del lenguaje y en la metafísica.
Relatos de resistencia: estéticas de la resistencia a las que Brea dedica el último número de Estudios Visuales. Estéticas de la derrota que convierte la vida en un mientras tanto, un lugar de nadie en la espera del mesías y la salvación.
Relatos de identidad de los que no nos desprendemos sino haciendo versiones con nuevos personajes y tramas que apenas cambian lo que no es sino una forma de vivir el tiempo como tiempo de espera. No hay filósofo que no oculte un pequeño redentor en su baúl.
Orfeo, Cristo, Prometeo, Fausto,..., relatos de caídas, ángeles y redentores.
Freud tuvo razón en casi todos los mitos constitutivos, leídos como interpretaciones metafóricas de nuestros troncos emocionales, personales y colectivos, psicológicos y culturales. Sorprendentemente se olvidó de los relatos de la caída, mucho más sorprendentemente puesto que pertenece a una cultura donde Fausto es la forma en la que todo intelectual se sueña.
Tenía razón Borges: toda metafísica tiene un mito detrás. Y viceversa.

viernes, 6 de agosto de 2010

Miedo a las palabras


E
l día 3 de marzo de 1982 Michel Foucault habla ante un abarrotado auditorio que asiste a su curso en el Collége de Francia. El curso está muy avanzado, ha sido dedicado a los textos moralistas de la antiguedad, desde Sócrates a Séneca y Marco Aurelio. Foucault opone a la ascesis cristiana como renuncia a sí la ascesis filosófica antigua como subjetivación del discurso de verdad:

" Se trata de reunirse consigo mismo con un momento esencial que no es el de la objetivación de sí en un discurso de verdad sino el de la subjetivación de un discurso de verdad en una práctica y un ejercicio de sí sobre sí mismo. Ése es el tipo de diferencia fundamental que, en el fondo, intento poner de manifiesto desde el inicio del curso. Procedimiento de subjetivación del discurso de verdad: esto es lo que encontraremos expresado sin cesar en los textos de Séneca cuando dice, acerca del saber, acerca del lenguaje del filósofo, acerca de la lectura, acerca de la escritura, de las notas que se toman, etcétera, que se trata de hacer propias (facere suum) las cosas que sabemos, hacer propios los discursos que escuchamos, hacer propios los discursos que reconocemos como verdaderos o que la tradición filosófica transmite como tales. Hacer propia la verdad; convertirse en sujeto de enunciación del discurso de verdad; ése es a mi juicio, el corazón mismo de esta ascesis filosófica"

Las palabras de Foucault hablan por sí mismas mejor que yo, pero querría hacerlas propias para explicar y explicarme mi relación con el lenguaje y la cultura. A estas alturas ya voy entendiendo que el autoengaño es la forma de mentira más común. Nace más del miedo a las palabras que del miedo a la realidad. Apropiarse del discurso como sujeto que enuncia no como objeto al que se refiere un discurso. Entender como apropiarse del discurso.
Si, como Salomón, a uno le gustaría pedir en la vida entendimiento antes que cualquier otra cosa es porque lo que está pidiendo es que el miedo a las palabras acabe. Que la voz sea la voz propia. No como quien repite ilimitadamente lo que escucha, sino como quien al dar voz a un discurso es como si fuera enunciado por primera vez. En eso consiste ser autor, en ser original porque el discurso se origina en uno, no necesariamente porque sea nuevo.

viernes, 30 de julio de 2010

Teoría de la mariposa

He tardado más de un año en leer Deseo de ser punk de Belén Gopegui. Es una de las escritoras que más aprecio y respeto y me he dado tiempo para distanciarme de las usuales críticas que recibe su obra. Llevan mal los críticos sus discursos de izquierda radical. Se considera ya antiliterario sus abundantes alusiones y discursos anticapistalistas. Vaya, si tuviésemos que eliminar el didactismo de la literatura, no sé por qué no se meten en el saco también los rollos bienpensantes y políticamente correctos que nos sueltan escritores mejor tratados en los suplementos o los discursos pseudofilosóficos que adornan los más vanguardistas en sus novelas vanguardistas y, por qué no, también tanto texto prejuicioso de comentarista que te suelta un discurso político o antipolítico en vez de hablarte de la obra en cuestión. Lo que piense de los panfletos de Belén Gopegui es cosa mía, pero me irrita que a ella se la señale por un vicio general, en el que caen sobre todo los que creen haberse refugiado en la literatura pura.
En Deseo de ser punk experimenta un juego de ficción difícil, el de situar el punto de vista en la primera persona de una adolescente que pasa por un periodo de desorientación, expresado en la complicada relación que sostiene con el rock radical, metáfora de la complicada relación que sostiene con el resto del mundo, su familia en particular.
Belén Gopegui sigue realizando una cartografía de la psicología de la gente en nuestro marco económico y social capitalista, un cinturón que, según su punto de vista, estructura y condiciona las emociones y la afectividad en todas las relaciones humanas. Su tour de force es situarse en un punto de vista que para un adulto es posiblemente lo definitivamente otro: la etapa adolescente. Los adolescentes fueron tratados tantas veces en la tradición de la novela de aprendizaje, muchas veces con propósitos catecumenales, que cabría hacer un género del asunto. Pero Belén Gopegui intenta ser ella adolescente. Lo deja muy explícito su esfuerzo por encontrar un acuerdo aceptable entre un lenguaje adolescente disminuido, un mundo cerrado en las letras de las canciones, los paseos con amigas y los escarceos sentimentales y un impulso de visión general de las cosas. Se desdobla en tres personajes: el padre, el padre de la amiga, y la adolescente misma, como tres puntos de vista sobre el mundo, algo que se suele encontrar en sus novelas. El padre incapaz de entender a su hija e incapaz de entender la vida en el momento que ha quedado en paro. El padre de la amiga, muerto joven como corresponde a un buen rockero, que traza un hilo intergeneracional de rebeldía. La adolescente, que se descubre en contra, sin saber aún de qué. Así hila una novela que me interesa sobre todo por el esfuerzo de mirar desde donde no se puede mirar: el tiempo ido.
Es posible mirar, escribir, desde personajes otros en donde la distancia puede ser el género, la clase, la historia, la cultura, etc. Pero, ¿cómo escribir sobre el otro que fuimos sabiendo lo que sabemos? Es intentar ver el mundo borrando lo que hemos sido. Porque hemos sido adolescentes y hemos dejado de serlo. Porque el haber sido adolescentes nos ha marcado, pero el haber dejado de serlo nos ha marcado mucho más: es retirar las capas de identidad para hacer arqueología de un sujeto en ciernes. Hay una referencia en la novela a El extranjero de Camus (para mí también fue la lectura de mi adolescencia), pero Belén Gopegui debe estar pensando más bien en El hombre rebelde, en la arqueología camusiana de la rebelión contra lo real. Lo que ocurre es que debe buscar las claves en lo que se ha perdido por metamorfosis, como si la mariposa quisiera novelar su etapa de pupa en el capullo. Como quien traza un paisaje desde el fondo del mar, donde no se ve más allá de unos metros, pero sabe que el mundo es muy grande, y lo sabe porque ya ha recorrido muchas sendas.

Me ha enternecido la reivindicación del personaje contra la sociedad. Curiosamente, años atrás, cuando las cosas eran de otra forma, fue esa misma la reivindicación de muchos movimientos "jóvenes": dejadnos espacio.

"—Es una sola: locales para los adolescentes. No
bares ni cines. Sitios donde no haya que pagar. Locales
nuestros, como se supone que tienen los pijos que viven
en casas con garajes de sobra. O como los que se
okupan pero sin que nadie te eche después de un año.
Locales donde podamos juntarnos cuando nos parece
que todo es peor que lo peor y que lo único que esperan
de nosotros los adultos es que llegue un día en que
empecemos a vender y comprar todo. Como si no
importara que alguien se rompa, porque se supone que
habrá más. Cuando alguien se rompe, hay que
arreglarlo, ¿vale? Hay que dejar todo y ponerse a
arreglarlo. Pero, para eso, necesitamos sitios.
—¿A quién le haces esa demanda?
—A los adultos con poder. A vuestros jefes, a los
banqueros, a todos los cabrones que ni siquiera saben
que existimos, y también a todo el que pueda dar un
local para uso de adolescentes. Desde los quince a los
veinte, luego nos vamos y que vengan otros. "

lunes, 19 de julio de 2010

Palabras de otros


En http://salonkritik.net/09-10/2010/07/la_burbuja_cultural_y_la_econo.php#more

Pensemos con las palabras de José Luis Brea, ahora que estamos de vacaciones.

La burbuja cultural -y la economía improductiva -- José Luis Brea

Cuando Zapatero todavía era una esperanza creíble, anunció con discreción y casi timidez -en el programa electoral de la que resultaría su primera legislatura: tal vez valorando que no iba a ganarla los nefastos clientes de su acomodaticio clientelismo no habían hecho aún presencia- un giro para la economía de nuestro país cargado de audacia y promesa. Donde el peso de los flujos dinerarios inflaba imparable -apestosillo a corruptela popular: y de aquellos polvos estos lodos, nunca se olvide- la malhada burbuja inmobiliaria, nuestro socialista todavía visionario -antes de que los progres de su gabinete le abarataran la proclama en tontunas de corrección política- declaró un giro que pondría en cambio la carga de su proyecto-programa en la esp eranzadora economía del conocimiento.

Claro está que a muchos semejante promesa -aunque fuese electoral, y por lo tanto flagrantemente fraudulentoide desde su declaración- nos dejó encandilados, y aún votantes -qué cuernos el 14M, algunos sabíamos qué votábamos. Cuando además se vio que aquello no sólo se traducía en un querer invertir en serio en la i+d+i famosa a nivel (post)industrial, de genuina economía inmaterial -lo que viniendo de habermasianos atenazados por el sindicalismo obrerista del que eran rehenes ya era un puntazo-, nuestra simpatía se convirtió en -casi- pasión y hasta militante proselitismo.

Pero esa promesa quedó bien pronto en nada, pura agua de borrajas. Ni en primera ni en segunda legislatura el país ha invertido sensatamente -que se sepa y pueda demostrarse- un solo euro ni eneconomía de conocimiento ni en i+d+i, y el resultado es que ningún sector productivo -que se sepa y pueda demostrarse- ha aflorado o crecido de modo significativo en este tiempo. Toda nuestra economía -de especulación: tampoco y ni siquiera ella productiva- siguió anclada en el ladrillo: que lo que para la escena internacional se dice crisis tenga que para nosotros llamarse catástrofe nombra ahora -y de esto la culpa no puede hacerse infinitamente retrospectiva- justamente ese fracaso absoluto. El de haber sido -los socialistas del siglo 21- incapaces de sacarnos de ese enfangamiento fatídico -en el que ahora nuestro país ya boquea como pez varado, sin ser capaz de imaginar de dónde le llegará el oxígeno- y conducirn os, como se anunciara en proclama de inteligencia nunca cumplida, hacia ese recentramiento de la economía en una efectiva del conocimiento.

Queda en todo caso por hacerse la pregunta de qué fue del único “sector” en el que un cierto intento serio de “reconversión” -surgida de un esfuerzo de introducir en ella la potencia de la investigación como motorizadora de innovación- fue sondeado: a saber, el campo de las producciones simbólicas y culturales. Si hubo un espacio en el que cuando menos las declaraciones iniciales parecían apuntar a la transformación de una economía improductiva y puramente simbolizadora -del entretenimiento y el consumo de bajo nivel de productos basura- en otra de innovación incrustada en los potenciales del avanzado capitalismo cognitivo -ese espacio y territorio quiso ser el cultural. Pongamos que la justificación de inflación de la segunda burbuja a cuyo pinchazo asistimos ahora inermes -el de la cultural- tuvo como coartada y justificación de inversión pública el programa implícito que señalizaba como posible pol ítica de estado de gran alcance -pues insisto en que sobre su eje se quería hacer pivotar todo el proceso de cambio de nuestra segunda gran reconversión, la del conocimiento- nuestra entrada en el “capitalismo cognitivo” por la vía, acaso bajo la máscara, del “capitalismo cultural”, invirtiendo a manos llenas -y es mucho el dinero de las arcas públicas derrochado, para nada- en eso de las “industrias creativas” que a los ingleses parecía estar saliéndoles tan bien.

Claro que hacer las cuentas de cómo esa inversión ha sido un tal fracaso y ello puede leerse como segunda burbuja pinchada -y no menos grave, si nos atenemos a la enorme cantidad de población trabajadora a la que ahora mete en el desempleo más o menos encubierto- requeriría análisis más detallado -que lo que esta extensión columnista permite. A salvo de compromiso de retomar el tema con mayor exhaustividad más adelante, sí que quiero comprometer aquí la consideración de dos tiempos -pues la burbuja se ha hinchado y pinchado en efecto a lo largo de dos ministerios bien diferenciados en su proyecto y malgestionamiento- y dos escenarios también bien distintos: el del “arte” y el del “cine”, pues ciertamente ni en el del libro ni en el de la música se han tomado iniciativas particularmente significativas que hagan pensar que fueran tomadas en consideración como posibles escenarios para nuestra original manera de plagiar el recentramiento de l a economía en una cognitiva por la vía de transformación de las políticas culturales en inversión favorable al desarrollo de las industrias creativas.

Primera toma, en el escenario del arte y el ministerio del poeta-gestor César Antonio Molina. Digamos que su gran apuesta innovadora fue el mundo del arte-entretenimiento-espectáculo, con el Reina Sofía como buque insignia y la optimización del proceso de selección de director como herramienta principal de “innovación”, convencido de que con ello sería suficiente para hacer ingresar nuestro precario y empobrecido mundillo del arte en los niveles de primer rango internacional. Por supuesto, eso nunca ocurrió: para que el sector del arte pudiera transformarse en profundidad en una escena de economía productiva, su “industria” -por llamarla con un nombre por completo inapropiado- necesitaría verse transformado en un amplio espectro de subsistemas, desde la formación del artista hasta la generación de aparato crítico, desde la educación misma del ciudadano-receptor y las propias condiciones de establecimiento de un mercado real (y no una pura <>burbuja asistencial artificialmente alimentada por las compras y las subvenciones públicas) en su espacio. De todo ello, lo único que reformó el celebérrimo documento de buenas prácticas fue lo más espurio y superficial, el procedimiento de selección de los directores de los museos, esos vetustos almacenes de antiguallas por más que contemporáneas, a los que no se consintió en ningún caso variar de veras ni siquiera las políticas de adquisición.

Y claro está que sin haber podido tocar en lo profundo la colección y su consistencia interna, por ejemplo, y sin poder intervenir -salvo al estilo apabullante del elefante en cacharrería que quiere hacerse con la jefatura de todo, todo- ni la educación de artistas ni de críticos (si eso existiera), ni de reorganizar las mismas condiciones de producción, apenas el buen talantismo -de escuchar a la “sociedad civil” del sector presuntamente autoorganizada- podía aquí servir para otra cosa que un barnizado legitimante de último minuto, de cara a la galería -de esa misma escuálida “sociedad civil”. El resultado: toda la producción de arte contemporáneo en nuestro país sigue donde estaba -o sea, en ninguna parte, salvo casos contados de autogestión esforzada-, seguimos teniendo una educación de artista decimonónico-romántica (eso sí, ratificada a la boloñesa), nuestra capacidad de recepción inteligente o crítica de las producciones simból icas sigue sin mejorar un ápice … pero, eso sí, hemos mejorado enormemente nuestros grados de autocomplacencia -merced, claro está, al potenciamiento de los momentos dialécticos de la falsa conciencia que trajo el buenpractiquismo.

Y ello por obra de una inversión tendenciosa que pone el signo y la singularidad del proceso entre nosotros: lo que se predicaba acceso al capitalismo cognitivo por la vía de la producción simbólica es rápidamente reconducido y secuestrado por la ideología de la resistencia. En vez de un capitalismo cognitivo-cultural,nuestro buque insignia -y con él toda la política cultural- invierte en negar y dificultar que tal cosa emerja y pueda llegar a consolidarse entre nosotros. En vez de fuerza de innovación y creatividad basada en la investigación -lo que en efecto necesitaría de la consolidación de un campo intelectual para las artes entre nosotros, resultante de una correlación de fuerzas muy densa entre universidad, institución cultural yeconomía de innovación en el sector- toda la producción artística se consagra a beneficio de lacantamañanería antagonista (tardofrankfurtiana-situacionista ), ocupando (insistiendo en okupar: haciendo de precariedad virtud) el terreno figurado de la antitética, de la resistencia al demonio Capital, y a que -lo prometido era deuda- el capitalismo se transforme y despliegue en nuevos escenarios desde los que potenciar tanto la emergencia de un sector verdaderamente productivo y generador de riqueza colectiva, el del conocimiento, como la capacidad de reconfigurar toda su fuerza simbólica en receptividad crítica y no en la reiterada e improductiva proclamación tediosa de la resobada cantinela resistente.

Lo que de ello se sigue: el mantenimiento del quehacer productor de obras en el espacio de la economía artesanalista, el del trasnochado comercio de objeto singular y fundamentalmente -salvo la pequeñez de su libre mercado no destinado a la captura derrochadora de dinero público- improductiva. Y su consagración subrepticia a un valer como consuelo para esas grandes capas de la ciudadanía deficientemente integrada en el tejido económico-productivo -esa otra gigantesca bolsa de paro larvario-, al proporcionarles la narrativa fiduciaria de heroicidad por la que se autorepresentan su situación de desocupación como una de ejercicio práctico de eticidad y trabajo político. El de pertenecer a un sector creativo -pese a que su creatividad efectiva es nula, mera repetición cansina de lugares comunes- y a la vez a uno de la ciudadanía políticamente activo -aun cuando, de nuevo, la eficaci a política de este sujeto solazado en su autoimaginación de antagonista forajido-pirata siga también siendo exquisita e igualmente nula.

Pero, y como el sector de población afectado de esta psicopatía colectiva de conciencia falseada es tan amplio, lo que podría parecer que redunda en una economía puramente improductiva -y desde el punto de vista de la generación de riqueza lo es- tiene para bien o para mal un registro en el que rinde, en cambio, mucha eficiencia: a saber, el de la economía afectiva. Todo lo que no resulta en generación competitiva de innovación en la producción de imaginario -inmaterial ahora: resultado de aplicar creatividad a las producciones simbólicas en el escenario de las tecnologías electrónicas de producción y difusión de imagen- beneficia únicamente a la producción de esa afectividad consoladora de la que se sigue un deplorable bálsamo para sujetos autosatisfechos -que se embadurnan con la palmadita en el hombro del colega que les hace el guiño cómplice como “uno de los nuestros”, miembro compañero de la m ismacomunidad de “elegidos” para salvar el mundo.

Nuestro país sigue entretanto sin generar un sólo producto artístico de interés medio internacional -ni despliega creatividad alguna en el espacio de las producciones simbólico-cognitivas avanzadas- pero todos nos sentimos maravillosamente recompensados -esquema de la zorra y las uvas- decidiendo que el no-acceso a ese ahora redefinido como “objetivo lúgubre” -el de un capitalismo cultural- es por todos repudiado: nosotros no pertenecemos a esa caterva ferial-museal-bienalista de otros tantos establecimientos culturales vendidos a las lógicas del entretenimiento y el turismo cultural, sino que somos y seguimos siendo un pueblo de artistas todos y anarquistas más.

Y, voilá, lo que se prometía en papel mojado de programa electoral fue así en un birlibirloque truculento escamoteado ya para siempre, entregando a cambio la falsa moneda de, justamente, lo que ya antes había y en nada se había visto transformado.

Vamos ahora a imaginar que cuando Moncloa puso de patitas en la calle al ministro gestor-poeta no lo hizo por el quítame allá esas pajas de su conflicto con Exteriores -ni con las autonomías- sino por algo que lo mereciera de verdad: el haber fallado de una manera tan flagrante al anunciado compromiso electoral, tanto como para dar una larga cambiada que terminara en, precisamente, el extremo opuesto de lo prometido, de vuelta al hoyo mismo del que se nos tenía que haber sacado. Y vamos a imaginar también que el nombramiento en sustitución de la ministra-gestora-guionista quisiera reeditar el intento -de reconducir el sector de las industrias culturales al prometido escenario de la economía del conocimiento- en un campo en principio menos recalcitrante y cantamañanas, y más dispuesto a resolver la transformación de sueconomía propia en un modos de productividad no puramente afectivo-simbólico-ideológica, el del cine.

El desparpajo altoparlante de la ministra puso muy en claro y a toda velocidad -en esta segunda toma de la promesa electoral escamoteada, aunque ahora ya ésta se había revisado en captura clientelar, para complacer a los artistas y sus industrillas- que tampoco aquí podía esperarse mucho. Sus declaraciones contra la red y los internautas dejaron bien claro rápidamente y desde el comienzo que el compromiso que traía con el cine -y las entidades de gestión de derechos- la mantendría cautiva en la salvaguarda cortoplacista de los intereses de una industria que antes que saber de innovar -e innovar significa apostar por el progresivo desplazamiento de escenarios y modos de economía cultural, en la dirección de las tecnologías electrónicas- quería ver certificado el modelo subvencionista y de economía de regulación del acceso bajo la forma del consumo, y resueltas las diversas guerras “culturales” -la del cine, la del fútbol, la de las televisiones (en realidad una y la misma)- a favor de los socios mediatico-políticos del gobierno, sin ambages y de una vez. Y punto. Si todo ello requería de una gestión rápida y decidida, se eligió a la persona adecuada.

Muy pronto cualquier promesa de indagar las posibilidades de desarrollar nuevas economías productivas en el entorno de las industrias creativo-culturales se vieron entonces definitivamente descartadas, aquí a favor de los intereses creados -de unas industrias que organizaban su producción de riqueza bajo las condiciones de las economías de distribución, haciendo de la regulación exhaustiva de los derechos de autor y reproducción el caballo de batalla por excelencia, en el que tomar partido a favor de los intereses del grupo mediático que desde siempre mandonea -y Molina pagó bien cara la tentativa de distancia- y mangonea “su” ministerio, el de cultura, cuando gobiernan los socialistas.

De tal modo que también aquí la promesa de recentrar los núcleos de la economía productiva en el espacio cultural, por la vía de la investigación, la innovación y la creatividad, quedaron nuevamente aparcadas -vade retro, Internet- a favor del tradicional cautiverio de la producción cultural-basural en manos de los grupos de presión editorial-mediáticos y su modo tradicional de secuestro de lo político. Visto el ensanchamiento de la crisis y la rapidez con que la segunda burbuja, la inversora de gasto público en el espacio de la innovación cultural, ha debido someterse a recortes exhaustivos, todo lo que resta se redirige a donde siempre se dirigió: a la cooptación clientelar de los agentes mediáticos capaces de garantizarle al gobierno, ante la proximidad de unas elecciones ya casi dadas por perdidas, un desastre electoral lo más suavizado posible.

Claro está que para ello de nuevo era necesario -es necesario- mantener en la improductividad el sector -aquí de nuevo una inversión seria requeriría actuaciones simultáneas en formación, industria cultural y modelos de creatividad técnica innovadora, que por supuesto ni se ha planteado hacer-. Y en este caso ni siquiera a beneficio de una economía de afectividad socialmente compensadora, sino de la rentabilización instrumental -e instrumentalizadora en términos de ingeniería social, como capacidad de gestionamiento táctico de los estados de la opinión pública- de los pactos clientelares implícitos entre las industrias culturales asentadas -falsamente “culturales”, en realidad sólo mediáticas- en el antiguo modelo de siempre, de las economías de distribución, y el artero cálculo de rentabilización política que, en pago por los favores prestados, reciben de manera más o menos encubierta las formaciones políticas.

Por supuesto que éste -instrumental, donde la improductividad del sector como generador de riqueza competitiva se sacrifica a la satisfacción de los industriales afines y dispuestos a reciprocidad- no es un modelo particularmente exclusivo del hacer de los socialistas -no otra cosa hace el PP donde gobierna-, pero lo que aquí estamos lamentando es ver cómo una promesa -de concebir las políticas culturales bajo otra óptica: la de la innovación en el terreno de las economías de conocimiento- que sí hicieron ellos, los socialistas pretendidamente del siglo 21, se ha visto por dos veces traicionada, desde dentro, por ellos mismos, y en cada ocasión a favor de una improductividad cada vez más lamentable.

La primera, en el campo del arte, sacrificando toda investigación innovadora al altar de la producción ideológica de falsa y complaciente conciencia resistente (alimentada del voluntarismo ciudadano autosufragadas de la mera economía ideológico-afectiva). Y la segunda en la renovación del secuestro de la producción cultural por lo mediático-político, sacrificando aquí cualquier tentativa de innovación a la urgencia de negociar a la baja el control del desastre electoral que para el partido en el poder parece acercase cada vez más ominoso, fruto de su efectiva radical inoperancia no digo ya en el afrontar la crisis, sino en haber efectivamente reconducido la economía de nuestro país a algún territorio en el que hablar de economía del conocimiento fuera otra cosa que pura retórica y flatus vocis.

Cierto que esto nos hace perder ya casi toda esperanza -cuando menos a medio plazo- y desdibuja nuestra capacidad de respondernos a la sempiterna pregunta, del ¿qué hacer? -si ya ni siquiera sabemos a quien votar, en quién creer …

Dando por perdido el tren de la economía del conocimiento en el campo cultural, acaso -permítanme que cierre un poquito en broma- puede que sólo nos quede apostar por incorporarnos al aparentemente más resultón campo de un capitalismo esportivo.

No sabría yo -que de esto no entiendo nada- si podría aquí hacerse verdadera investigación, innovación y desarrollo -y abrir con ello un espacio de genuina economía productiva. Pero al menos estoy seguro de que sí tenemos un buen nucleillo de cabezas pensantes capaces de innovar modelos -cuando menos del estilo de juego: grandeza de Guardiola, Xavi e Iniesta- y que, bien mirado, hasta su rentabilidad en términos de generación de economía simbólica (y patriotera) es, seguramente, mucho mayor que la de gastar dinero en pagarle a Barceló toneladas de embadurne pintoyó para chorrear obscenamente la cúpula decorada de lagran narrativa zapaterista solucionaelmundo: la de la alianza benettoniana de civilizaciones.

Que Lissavetsky -o tal vez Iker Casillas-, nuestro con mucha suerte próximo Vicepresidente Primero de Economía y Deporte, en grado de sustituto del cabreadísimo Solbes, nos pille confesados (a los del sector cultural, digo) …

viernes, 16 de julio de 2010

Deseo de ser un piel roja

Vencido y derrotado mi cuerpo por los muchos trabajos y penas del curso, me retiro dos semanas a pasear en silencio. El diario cierra por vacaciones.

domingo, 11 de julio de 2010

Casi a (un) diario


Los soportes materiales importan. Pensaba que el diario no podría ser sino un cuaderno, objeto de papel encuadernado y cerrable, ocultable, escrito en la frontera del secreto y el deseo de ser leído, como el exhibicionista que mostrase su cuerpo en una cámara oculta en la que ha dejado un agujero por si alguien pasase por allí y se atreviese a mirar. Frida Kahlo pintaba y escribía con pincel una historia de desesperanza; el adolescente que fuimos deseaba atrapar con torpes palabras lo que creía una experiencia única (y acertaba, lo era; era lo que él habría de ser más tarde); el escritor estilizaba su brazo en la moleskine; el ordenado racionalista daba cuenta de nombres y sucesos por si acaso necesitase la historia de su testimonio. El teclado y la pantalla no cambiaron el diario sino al escritor de diarios: pantalla como piel transparente, cuando ya nada importa, cuando la privacidad es imposible y el ocultarse un sueño de los tiempos pasados; cuando las tripas y las neuronas están en los archivos del estado; y el curriculumvitae; y los mocos que uno se quitó en la puerta de Toledo de la Plaza Mayor; y los deseos que la mirada no sabe ocultar. Los blogs nacieron de la resignación.
Escucho a los jóvenes poetas del PAN nuestro de cada año que Fabio Rodríguez de la Flor y Manuel Ambrosio Sánchez milagrean incomprensiblemente en los eriales de Morille, y oigo sus micropoemas, y me quedo colgado del ingenio de Ajo y sus mordacidades, y entiendo que sean recurrentes sus desamores y pérdidas, y me río con Víctor Balcells y me pongo serio y sentimental con Ben Clark, y me pregunto por qué uno ya sólo tiene sus nostalgias para dejarse la piel en la pantalla, y me pregunto si mis humores serán sólo de bilis negra. Y aunque aborrezco la autorreferencia, me pregunto por qué quienes siempre ocultaban sus escritos en los fondos del cajón dejamos ahora que anden por ahí.
Y me respondo: porque somos de la generación de Willy, que sabía cómo ocultarse en una multitud.
Escribe y recita Ajo, con su pequeño sonajero de puntos suspensivos:
"¿Y si el corazón no fue más que el aumentativo de la palabra coraza...?

jueves, 8 de julio de 2010

Salidas del infierno

Cuando Blumenberg escribió Salidas de caverna estaba recobrando, quizá conscientemente, el tema barroco del mundo como teatro de sombras, producto platónico de la Contra-Reforma, necesitada de una urgente metáfora que equilibrase las potentes figuras del mundo-reloj, conciencia-mapa, etc. Algunas viejas metáforas envueltas en los viejos mitos quedaron apantalladas y eclipsadas por esta ola de ilusión, sueño y escepticismo. Una de ellas, a la que acabamos de dedicar un curso en el Círculo de Bellas Artes, bajo el título: De Orfeo a la música de las esferas, pertenece a una familia menor, pero no sin derechos de nobleza, que trató de mediar entre las dos culturas apolínea y dionisíaca, humanista y científica, racionalista y emocional. Es, claro, el mito del señor de las bestias que aplaca el griterío de las sirenas, mujeres-pájaro, con una inaudita armonía de nuevos órdenes donde lo matemático y lo emocional se tejen sin costuras. Aquél que baja a los infiernos por amor y vuelve sin su amada por no haber mantenido la mirada fuera del averno. Aquél que fue despedazado por las ménades que no consentían su poca entrega a Dionisos. Orfeo es la versión helenística del tema de David, músico, guerrero y profeta, y de Cristo, quien habría de completar la tarea que Orfeo dejó a medias, descendiendo a los infiernos para traer de ellos a los fantasmas condenados.
Hemos discutido la figura órfica desde todas las posibles ventanas. Pero ahora, ya cansado y casi dormido por los cantos inaudibles de la noche de julio, se me ocurre que todo el problema estaba en los infiernos.
El infierno es el añadido teológico a la caverna. La caverna es un mito laico: la caverna es, nada más, nada menos, la cuarta pared de la cultura del espectáculo.
El infierno es la realidad. De la caverna hay salidas, del infierno no.
De ahí la incomodidad teológica con el infierno: si el Orfeo cristiano descendió a los infiernos, no pudo realizar su labor de traer de allí los cuerpos castigados sin hacer que los infiernos perdieran sentido. Si, por otra parte, el infierno no es sino el Hades, la isla de los muertos de donde nadie regresa si no es como fantasma, la vuelta, sea en forma de resurrección o de aparición, no será sino algo muy parecido a un sueño. Después de su vuelta, el resucitado no puede ser tocado. Ya no es lo que era. El infierno-hades es la irreversibilidad. Quien vuelve ya lo hace transformado.
Orfeo-tiempo. Todos somos Eurídice en el momento de desvanecernos cuando la persona querida quiere volver a donde no se puede: al pasado.
El infierno son los otros, dijo un ilustre cínico contemporáneo. El infierno no es sino lo que fuimos.

domingo, 4 de julio de 2010

El pájaro en sazón






Pasan nuestros días ordenando y desordenando el mundo. Como niños con sus legos, construimos para destruir, clasificamos para malcomprender, calculamos para derrochar, subimos para bajar. La ciencia y el arte obedecen esta ley de ciclos: cuando ya parece acabada la obra, la teoría, el mundo, está llegando el momento de su destrucción. Y en la destrucción se entreven las nieblas de nuevas ordenaciones. Creativas destrucciones que terminan por dar sentidos imprevistos.
He ahí la obra poderosa de un conocido, muy conocido, artista plástico español, que había sido cedida para ser enterrada en en Cementerio del Arte de Morille. El sujeto ensimismado en su máscara de Yorik: meditando sobre el bufón que fue, que él mismo es en su desdoblada vida.




Camina en su catafalco portado en los hombros de poetas y artistas que se han adentrado alguna vez en los laberintos de la creación y saben ya que un autor se desdobla siempre en alguien que hace y deshace


Y ahí en su ya irremisible tumba alguien destruye la obra como discurso funerario: una obra que no sólo habrá de ser enterrada sino destruida para permanecer fiel a la ley de hierro de la creación artística. ¿Por qué alguien profana este presunto cadáver exquisito y lo veja y lo destruye?, ¿quién es él para tal atrevimiento? Pero "¿quién es el autor?" se pregunta Foucault, en un tiempo en el que ya hemos enterrado al genio con sus genialidades, sabiendo que el creador de hoy seguramente será cromo de pared mañana.




El nuevo Hamlet, sin cabeza ni sin cráneo de Yorik en las manos, medita ahora, más profundamente, (a metro y medio de profundidad), entre el polvo al que está volviendo por momentos, sobre quién es él, quién es el autor, qué es el arte, a dónde vamos y de dónde venimos.

He asistido a varios enterramientos de obras. En todas hubo siempre un gesto para pensar y recordar (esa es la función del rito funerario). En éste último, el gesto de destrucción, sorpresivo, emotivo, irrevocable, nos reveló en su acontecer algo muy profundo sobre el hecho de la creación y el destino de la fama.

Si alguien se cree grande, que mida su propia tumba, cantaba un tiento en The Limits of Control, la última película de Jarmusch. El tamaño de la tumba es el tamaño de lo humano. De su experiencia de su vida.

jueves, 1 de julio de 2010

El arte del silencio





"Negro, nada, infinito: el cuadrado negro de Malevich", nos explica estos días Fernando Rodríguez de la Flor en un encuentro sobre Arte y Muerte, a propósito del Cementerio del Arte, en Morille, una aldea de Salamanca donde se ha reservado un espacio entre encinas donde diversos artistas donan una obra para ser enterrada. Explica que el Cuadrado Negro no es, como tanta estética moderna ha entendido, fruto de un deseo nihilista de desaparición, fruto del agotamiento, sino fruto de la lógica de una fuerza y voluntad de expresión. Es una obra contemporánea del Tractatus, y quizá no por casualidad sean ambas goznes sobre los que gira la cultura del siglo pasado: un arte que sabe que la representación es solamente una de las dimensiones. Un arte en el que el silencio representacional no entraña ansias de desvanecimiento, sino todo lo contrario, de metamorfosis en pregunta permanente.

Wittgenstein tardará aún varias décadas en extraer toda la potencia que ya estaba en el Tractatus. Su obra tardía es una persistente reflexión sobre la mezcla de necesidad y libertad en la interpretación, en un continuo de prácticas sin esencias representacionales. También el arte, a punto de abrir innumerables sendas de exploración que habrían de dejar sinsentido el término "vanguardia", tan espacial, tan "dirigido a", tan grito de batalla: cuando las sendas corren a muchos lugares, cuando los espacios se han roto, las vanguardias dejan de tener sentido, sólo quedan exploradores. A la proposición acerca del silencio ("de lo que no se puede hablar....") que acompañaría desde entonces a la ética y la estética le habría de suceder la riqueza ilimitada de los juegos; al Cuadrado Negro, le habría de suceder un bosque de obras en donde la suspensión del significado sería el modo de señalar que la obra de arte no se agota en la interpretación. Días atrás señalaba la dificultad de pensar sobre el acto constitutivo: "Esto es arte". Simétricamente, habría que reparar en la vacuidad de la pregunta "¿qué significa esto?" ante un objeto de arte contemporáneo. No porque no tenga "significado", sino porque, como descubriría Wittgenstein en las Investigaciones Filosóficas, lo que signifique está a la vista, no hay nada oculto. No hay mucho que decir, la obra se muestra a sí misma y crea el juego de miradas que nos transforma.

Paul Nougè, en El nacimiento del objeto, parece haber fotografiado en 1929 lo que estaba ocurriendo en nuestra cultura: a la era de la interpretación le llegaba el tiempo de la pregunta. El resto es silencio:



domingo, 27 de junio de 2010

El programa de Bartlebooth


Una de las desgraciadas consecuencias de las guerras de las metafísicas del mundo contemporáneo ha sido el instalarnos en una suerte de paisaje después de la batalla que tiene la forma de un desierto logocéntrico. Cuando todo se ha perdido, parece haber concluido la cultura de los tiempos, nos queda la palabra. Hace años, muchos años, cuando aquello de la posmodernidad (¿os acordáis?) oía una y otra vez repetir a mi alrededor: "el pecado original de la filosofía está en la división sujeto/objeto" ¿cuántas veces lo escuché?, ¿bajo cuántos modos de expresión?
Todo había comenzado por el abandono de toda forma de "subjetividad", como si fuese un peligro para la "objetividad"; más tarde fue el sujeto mismo; después fueron, claro, los objetos, las cosas. Sólo quedaba la palabra. Bartleby el escribiente se fue convirtiendo en la figura de los tiempos: el que renuncia a la palabra. ¿Cuántos libros se han dedicado a la retórica del "preferiría no hacerlo"? Renunciar al lenguaje como forma de renuncia a lo real.
Imágenes y objetos yacían con restos del sujeto en aquél paisaje de destrucción: nada importa que no esté escrito.
Por eso gozo con infinita fruición del sarcasmo de George Perec, en La vida instrucciones de uso, donde hace vivir entre la parsimoniosa, exacta, completa, catalogación de los objetos de un edificio en la que consiste el recurso de la novela, a un personaje, Bartlebooth, quien dedica su vida a las cosas mismas.

"Imaginemos un hombre --escribe Perec-- "cuya riqueza sólo se pueda comparar con su indiferencia por todo lo que la riqueza suele permitir de ordinario y cuyo deseo, mucho más orgulloso, estriba en querer abarcar, describir, agotar, no la totalidad del mundo --proyecto que se destruye con sólo enunciarse--, sino un fragmento constituido por el mismo: frente a la inextricable incoherencia del mundo, se tratará de llevar a cabo un programa en su totalidad, sin duda limitado, pero entero, intacto, irreductible".

El programa de Bartlebooth recorre con sarcasmo la "carrera" de un escritor que no escribe:

"Durante diez años, de 1925 a 1935, se iniciaría Bartlebooth en el arte de la acuarela.
Durante veinte años, de 1935 a 1955, recorrería el mundo, pintando, a razón de una acuarela cada quince días, quinientas marinas de igual formato (65 x 50, o 50 x 64 standar), que representarían puertos de mar. Cada vez que estuviera acabada una de estas marinas se enviaría a un artista especializado (Gaspard Winckler) que la pegaría auna delgada placa de madera y la recortaría, formando un puzzle de setecientas cincuenta piezas.
Durante veinte años, de 1955 a 1975, Bartlebooth de regreso a Francia, reconstruiría, siguiendo su orden, los puzzles así preparados, a razón una vez más, de un puzzle cada quince días. A medida que se reconstruyeran los puzzles, se reestructurarían las marinas, de tal manera que pudieran despegarse de su soporte, trasladarse al lugar mismo en el que --veinte años atrás-- habían sido pintadas y sumergirse en una solución detersiva, de la que saldría una simple hoja de papel Whatman intacta y virgen.
Así no quedaría rastro de aquella operación que durante cincuenta años habría movilizado por entero a su autor"

La imagen como cura de la enfermedad del lenguaje, la vuelta al papel mismo para desentrañar el puzzle de la realidad. El programa de Bartlebooth, no hace falta muchas páginas para darse cuenta, era el programa mismo de la novela: levantar un alzado de la habitación de sus personajes en un edificio de París, en lugar de la vida misma.
Sólo Sebald, al menos desde mi conocimiento, y un poquito Javier Marías, han seguido el revolucionario camino de Perec: vuelta a las cosas mismas, que, como enseñó el mejor Heidegger, no son objetos, no instrumentos, sino "cosas a mano", formas de ser.
Como en La carretera, vagamos por un desierto de palabras, buscando un sur en el que volvamos a encontrarnos con las cosas. Y con otros sujetos. Fin de la posmodernidad.

jueves, 24 de junio de 2010

Cuando miramos


¡Qué misterio tiene el performativo "Esto es Arte"!

¿Quién puede y quién no puede usarlo efectivamente en el espacio social? Tendríamos que responder que el artista. Pero el artista es precisamente quien está investido de la autoridad suficiente para hacer que un objeto se convierta en arte. En virtud de su gesto, por ejemplo, enmarcar un trozo de realidad y situarlo en un museo, salir al escenario y mover su cuerpo, escribir unas cuartillas..., el mundo se transforma y aquel objeto, su gesto o palabra, se rodean de un aura que atrae la mirada de un modo especial que reservamos para el arte. El artista es quien tiene autoridad sobre lo visible.
Algunos piensan que la relación entre arte y política viene del "compromiso" del artista, o del significado de su obra. De ahí que cíclicamente aparezcan formas de arte "comprometido". Lamentablemente solo contribuyen a convencer a los convencidos y generalmente a estropear el gusto de todos. Porque el arte es político de una forma mucho más radical: porque su espacio de autoridad es siempre un espacio que no puede ser ocupado por el poder. Cuando el poder lo ocupa el performativo "Esto es Arte" no funciona. Como Stalin declarando arte los cromos neorrealistas.

El problema político de la estética es el performativo "Esto es Arte". El problema estético de la política también es ese performativo: los nazis pensaban que la destrucción del mundo era arte. Ocurre a veces, que el poder se ve a sí mismo como arte.

He aquí el misterio del arte: ¿de dónde viene la autoridad que convierte un objeto en arte?

No lo sé. Pero sí aventuraría algunas sendas para explorar: no puede venir sólo de la tradición artística, porque no habría vanguardias. No puede venir sólo del artista: cualquier adolescente convierte sus cuadernos emborronados en poesía. No puede venir de la sociedad: a veces somos ciegos.
Por eso el misterio del arte.

sábado, 19 de junio de 2010

Objetos puros




Después de dos días enclaustrado en una intensa discusión sobre artefactos y filosofía, de su epistemología y metafísica, necesitaba aire, imágenes, silencio y dejar a la mente vagar sola. Me fui corriendo a la muestra que el Reina Sofía acaba de inaugurar: Nuevos Realismos: 1957-1962. Estrategias del objeto entre readymade y espectáculo. Cinco años en los que el arte produjo la posmodernidad. Desde la muerte de Pollock hasta el umbral de lo que serían los años libres: situacionismo, etc. Otra forma de pensar sobre objetos. La muestra reúne a los más salvajes: Klein, Kaprow, Tinguely, Manzoni, Hains, Villeglé, Rauschenberg, Oldenbourg, ... Están todos. Están todas esas obras que acabaron con el "arte puro" y transformaron la obra representacional en puro acontecimiento, en instante que se convierte en arte por el hecho de su ocurrencia.
Paseaba entre los neumáticos de Kaprow o los azules de Klein y miraba sobre todo a las caras de los espectadores. Sorpresa: ya no había risas, ya no había comentarios chuscos sobre si eso es arte. Todos miraban(mos) con el respeto en interés que merecían aquellos humildes y orgullosos objetos que nos habían cambiado la manera de mirar.
Primero fue la forma de representar: los genios barrocos como Velázquez y Rembrandt dieron la vuelta a los temas: un viejo cansado era un Marte, un desarrapado un filósofo. Luego fueron los temas: un árbol en Friedrich, ya no como decorado sino como centro de mirada. Luego la mímesis: de Cezanne a Gris. Luego la materia pictórica: Tapies. Luego la misma pintura: Duchamp. Después, los años de la revolución. Los cinco años de la exposición dan cuenta de aquel tiempo en los que cualquier objeto pudo convertirse en arte como resultado de un gesto, el gesto del artista que hacía de aquello arte. Aprendimos qué era la performatividad: "esto es arte" Aprendimos del fin del "estilo" como disciplina del artista y aprendimos a mirar.
Cincuenta años después ya no importa esa voluntad de asombro. Una foto de la prensa de la época muestra a Malraux haciendo chistes ante una máquina de pintura de Tinguely. ¿Sabría el viejo héroe de pose intelectual que un día nos reiríamos de su risa?
Objetos puros. Objetos-acontecimiento.

domingo, 13 de junio de 2010

La edad del pensamiento


En los últimos tiempos ando enredado conmigo mismo (y a veces con otros) en explorar y debatir sobre el lugar de las humanidades, un término que abarca una región mayor que la de las disciplinas tradicionales, que se extiende hacia zonas del arte y la escritura, del diseño y, en general, de las prácticas que implican reflexión sobre lo humano. No me preocupa tanto lo externo como el lugar de mi propio trabajo (dejemos el resto a los ministerios y ministerias correspondientes) y siento las tensiones como estiramientos de mis tendones intelectuales más que como ejercicios de juegos de guerra académica. No me preocupa el futuro de las humanidades. Ni el pasado. Sólo mi presente tensión por qué y cómo escribir.
Miro hacia atrás y recuerdo la tensión de los científicos que conocí, que andaban angustiados porque llegaban a los treinta años y aún no habían logrado algún logro respetable. Y les envidiaba y me asombraba y sentía mi inferioridad ante una inteligencia que no me había sido concedida. Con el tiempo fui observando que los años les traían una paz que no habían tenido. Veían más o menos completa su carrera de la vida (mejor en castellano) y alcanzaban una autoconfianza que seguía envidiando. Porque con el discurrir de los años, la tensión, la mía, no fue desapareciendo sino que se incrementó: al principio todo era crítica ajena, todo desprecio del otro y confianza en que uno habría de hacerlo mejor, sin ninguna duda; después, una creciente angustia por no saber, por no tener clara la visión en la niebla, por saber que donde creías claridades ahora sólo había oscuros pozos de incertidumbre. Sé que a muchos de los que me rodean les pasa también, o al menos a la gente con la que mejor me entiendo. Su incertidumbre y desesperación por no encontrar las palabras adecuadas crece y no se apacigua.
Ahora comienzo a pensar por qué: hay una edad de la inteligencia para la naturaleza y hay una edad de la inteligencia para la experiencia. Es posible un casi adolescente genio matemático; es posible un joven descubridor de una profunda teoría física. Pero no es posible en otros territorios que tienen que ver con la elaboración de la experiencia: hay un tiempo que hay que pagar para poder mirar de cerca la trama humana de la vida. No se trata de haber vivido en más o menos lugares o momentos, o circunstancias, sino de haber vivido. El pensamiento, como la amistad, exige tiempo. Uno puede enamorarse en un instante, y vivir una vida en él. Pero si quiere vivir con la persona que ama una vida de intimidad y compañerismo necesita tiempo. El pensamiento también. Es la inteligencia de lo humano y necesita tiempo. Pero no es un tiempo fácil. Ahora lo sé. Querría no haber comenzado a correr esta carrera, querría tener más tiempo. Un poco más. Hay tanto que pensar...

jueves, 10 de junio de 2010

Clases pasivas


Un comentario de Carina a mi anterior entrada, sobre la pasividad de las clases frente a lo que ocurre en ciertos momentos, me llevó de las noticias (como casi siempre) a la reflexión filosófica y a la intrigante mezcla de epistemología, estética y política que introduce Jacques Rancière en sus escritos, y en particular en el que tengo por ahora entre las manos y entre los ojos: Le spectateur émancipé. Rancière comienza un enredo en apariencia inocuo sobre la oposición que hace Platón entre el teatro y el coro como formas de lo visible, o mejor, de la posición estética: en el teatro se establece una barrera (¿insalvable?) entre el actor y el espectador; en el coro, es el público el que se moviliza, pero lo hace siguiendo un guión preestablecido. Y he aquí que Rancière pasa a cuestionar varias dicotomías constituyentes de la tradición occidental: la que divide lo activo y lo pasivo, la que divide el actor y el espectador, la que divide la apariencia y la realidad. El romanticismo aspira a una nueva forma de verdad que nazca de la fusión. Pero ¿es posible la fusión? Hay que decir, y tengo que confesar mi profundo acuerdo, que Rancière considera que hay un profundo nexo entre estética y política. No por la "estetización" de la política como fruto del desencanto o de la sociedad del espectáculo, sino porque estética hace alusión a una distribución de lo visible: de quiénes son o forman parte, son visibles o no, en el espacio público, y de cómo política y estética (en el sentido kantiano de estética) tienen que ver con la afinación de la mirada. Pues bien, acaso la aspiración a la unidad, sueño de todas las vanguardias del siglo XX desde Brecht a Artaud, pueda replantearse en otros términos, haciendo de ciertas imágenes algo que hace algo con nosotros. Y entonces me fui a esta imagen de Alfredo Jaar:


Unos ojos. Simplemente unos ojos. La fotografía se titula: Los ojos de Gutete Emerita.
En realidad lo que aparece ahí es solamente un fragmento. El resto de la fotografía son palabras. Las traduzco y transcribo:

"Gutete Emerita, de treinta años, está frente a una iglesia donde 400 tutsi, hombres, mujeres y niños fueron sistemáticamente masacrados por un escuadrón de la muerte hutu durante la misa del domingo. Ella estaba en misa con su familia cuando comenzó la masacre. Asesinados a machetazos delante de sus ojos yacían su marido Tito Kahinamura, de 40 años, y sus dos hijos, Muhoza, de 10, y Matirigari, de 7. De algún modo Gutete logró escapar con su hija Marie Louise Unumararunga, de 12. Se ocultaron en un pantano durante tres semanas saliendo solamente por las noches para comer"

La fotografía es también fotografía del texto. A medida que la palabra nos inunda, los ojos de la imagen comienzan a cambiar y los nuestros también: comienzan a intercambiar (miradas): ¿qué mira?, ¿a quién mira?, ¿me mira a mí?, ¿mira lo que no puede ser mirado?, ¿mira lo que no puede ser dicho?, ¿quién es la víctima?, ¿quién el victimario?
La imagen no se ha unido con quien la mira. No puede. NO debe. Pero comienza la acción. Una acción que tal vez sólo el arte consiga despertar.

lunes, 7 de junio de 2010

Ser radical


Los seres radicales son seres que son o van a las raíces. No es mi caso, lo reconozco. Siempre me ando por las ramas. Vivo en ese lugar que describe el intraducible término inglés betweeness, un sitio nada apacible pues vives entre (y no en medio de) fuerzas que se oponen. Pero no olvido las raíces. Y si no, alguien me las recuerda. En este caso, Ignacio Castro Rey, en unas jornadas en Santiago, me ilumina y recuerda a gente realmente radical: el colectivo Tiqqun (Teoría del Bloom, Melusina). (En su página hay más: http://www.ignaciocastrorey.com)
Este grupo, heredero de una larga tradición ácrata que cuestiona sin obligar(se/nos) a las respuestas mete dedos en los ojos, pinta graffiti en la paredes de nuestros cuartos, señala la luna y nos corta el dedo. Nos llama a las raíces. Quienes nos andamos por las ramas más vale que nos agarremos.
Palabras de otros que merece la pena escuchar:

"Estamos
hartos (...)
de
la
economía.
Tras
generaciones
en las
que
se
nos
ha
disciplinado,
se
nos
ha
pacificado,
en
que
se
había hecho
de
nosotros
los
sujetos,
naturalmente
productivos,

satisfechos
de
consumir.
Y he
aquí
que
se
revela
aquello
que
estábamos
tratando de
olvidar:
que
la
economía
es
una
política.
Y
que
esta
política,
hoy,
es una
 política
 de
 selección
 en
 el
 seno
 de
 una
 humanidad
 convertida, masivamente,
 en
 superflua.
 De
 Colbert
 a
 De
 Gaulle
 pasando
 por Napoleón
 III,
 el
 Estado
 siempre
 ha
 concebido
 la
 economía
 como política,
 no
 menos
 que
 la
 burguesía,
 que
 obtiene
 beneficios,
 y
 los proletarios
que
 la
padecen.
No
 existe
más
que
 este
 extraño
 estrato intermedio
de
 la
población,
 este
 curioso
 agregado
 sin
 fuerza
de
 los que
 no
 toman
 partido,
 la
 pequeña
 burguesía,
 que
 siempre
 ha simulado
creer
en
la
economía
como
en
una
realidad
–
porque
así

su neutralidad
quedaba
preservada.
Pequeños
comerciantes,
pequeños patronos,
 pequeños
 funcionarios,
 cuadros,
 profesores,
 periodistas, intermediarios
de
 todas
 las
 clases
 forman
 en
Francia
 esta
no‐clase, esta
gelatina
 social
 compuesta
por
 la
masa
de
 los
que
 simplemente quisieran
pasar
su
pequeña
vida
privada
a
cubierto
de
 la
Historia
y sus
tumultos.
Este
pantano
está
predispuesto
a
ser
el
campeón
de
la mala
 conciencia,
preparado
para
 tener,
 en
 su
 somnolencia,
 los
 ojos cerrados
 a
 la
 guerra
 que
 causa
 dolor
 a
 su
 alrededor.
 Cada establecimiento
del
frente
está
señalado
en
Francia
por
la
invención de
un
nuevo
capricho.
Durante
los
últimos
diez
años,
éste
fue
ATTAC y
 su
 inverosímil
 tasa
 Tobin
 –
 cuya
 instauración
 habría
 requerido nada
menos
que
la
creación
de
un
gobierno
mundial,
su
apología
de la
 “economía
 real”
 contra
 los
 mercados
 financieros
 y
 su conmovedora
nostalgia
del
Estado.
La
comedia
duró
 lo
que
duró,
 
y acabó
en
una
 insípida
mascarada.
De
una
extravagancia
a
otra,
 llega el
decrecimiento.
Si
ATTAC
 con
 sus
 cursos
de
educación
popular
ha intentado
 salvar
 a
 la
 economía
 como
 ciencia,
 el
 decrecimiento pretende
salvarla
como
moral.
Sólo
hay
una
alternativa
al

apocalipsis en
marcha, decrecer.
 Consumir
 y
 producir
menos.
 Convertirnos
 en alegremente
 frugales.
 Comer
 bio,
 ir
 en
 bici,
 dejar
 de
 fumar
 y supervisar
 seriamente
 los
 productos
 que
 se
 compran.
 Contentarse con
 lo
estrictamente
necesario.
Sencillez
voluntaria.
 “Redescubrir
 la verdadera
 riqueza
 en
 la
 felicidad
 de
 unas
 relaciones
 sociales distendidas
 en
 un
 mundo
 sano.”
 “No
 abusar
 de
 nuestro
 capital natural.”
Avanzar
 hacia
 una
 “economía
 sana”.
 “Evitar
 la
 regulación por
 el
 caos.”
 “No
 generar
 una
 crisis
 social
 poniendo
 en
 duda
 la democracia
y
el
humanismo”.
Resumiendo:
convertirte
en
ahorrador. Volver
 a
 la
economía
 de
 Papá,
 a
 la
 edad
 de
 oro
 de
 la
 pequeña burguesía:
los
años
50.
“Cuando
el
individuo
se
convierte
en
un
buen ahorrador,
su
propiedad
cumple
por
completo
su
misión,

que
es
la
de permitirle disfrutar de su propia vida
al abrigo de la existencia pública o en la reclusión privada”

La insurrección que viene. Colectivo invisible. La fabrique editions. París 2007.

Tomado de

http://caosmosis.acracia.net/wp-content/uploads/2009/05/la_insurrecion_que_llega.pdf

Los del colectivo Tiqqun (como buenos ácratas) no tienen nostalgia del Estado. Quizá discrepemos, quizá nos andemos por las ramas si decimos que tenemos nostalgia de la política y de los tiempos en que la economía era economía política. Quizá uno pertenezca, haya pertenecido siempre a la pequeña-burguesía. Quizá. Pero andarse por las ramas no exime de columpiarse en las raíces y saber que las palabras radicales, más allá de tanta bullshit como nos llena, son acontecimientos a los que atender en este espectáculo que nos habita. No se olvide la fecha en que está escrito el panfleto: 2007.